Relatos de viajeros 
Viaje a los orígenes del Perú
 
 
Los protagonistas de esta crónica se aventuran a cruzar la Cordillera Blanca por el túnel de Cawish, en Perú, para luego descender a las milenarias ruinas Chavín de Huantar. Un lugar lleno de belleza y religiosidad custodiado por sus monolitos esculpidos con formas de bocas atigradas y serpientes por cabellos.

Algunas notas atrás les conté de un viaje que hicimos a la provincia de Ancash, en Perú. Allí se encuentra el Parque Nacional Huascarán que ofrece decenas de englaciados cerros de entre 5000 y 6700 m, en la maravillosa Cordillera Blanca. Al pie de estas montañas se desarrolla la vida de centenares de villorrios y caseríos  laderas cultivadas hasta alturas increíbles aún para nosotros que vivimos al pie de los cerros.

Allí, a la manera de un verdadero “puzzle”, los terrenos exhiben  los distintos colores de sus frutos, como si un pintor hubiera aportado su paleta para este paisaje variopinto. Los campesinos son tímidos y muchos de ellos continúan hablando en su lengua madre Aymará. Las mujeres siguen usando sus coloridos trajes con los sombreros que indican de qué región peruana provienen y trabajan los campos con sus niños pequeños atados en una manta que llevan a sus espaldas mientras mastican su “acullicu”.

A un lado, el poderoso río Santa enriquecido con el aporte permanente de los arroyos que bajan de las cumbres nevadas y al otro, este verde remanso, nos acompañaron en el viaje hasta llegar a Huallanca después de recorrer el Cañón del Pato con sus cientos de estrechos túneles tallados bastamente en la roca: una ruta endiablada.

Tito (Magnani) había estado en esa región en el año ’65 y reconocía los cambios que el terremoto dejó en aquel mayo del ’70 donde, un fuerte sismo provocó el desprendimiento de una pared de hielo del Huascarán que, en su loco descenso, sumando piedras y lodo, cubrió la ciudad de Yungay sepultando en instantes, según los registros, a más de veinte mil personas que quedaron en esa tumba hermética e imposible de  penetrar. De regreso y, luego de la ansiada y obligada tregua en las termas de Monterrey, la ruta nos llevó a Catac un pequeño pueblo a 3.640 m desde donde arranca el camino que, con rumbo noreste, nos guió hasta Chavín de Huantar, una de las variadas metas del viaje.


Un “mate de coca” y una caliente sopa de trigo, fruto de la gastronomía local, nos llevaron de nuevo a la sinuosa senda que trepa con vueltas y revueltas del camino que transita el callejón de los Conchucos. Profundas quebradas encajonadas por la erosión fluvial y glaciaria exigían conducir con gran atención. Antes de entrar en esa casi trampa para distraídos, no nos resistimos a hacer un alto en la laguna de Querococha. Sin embargo, sus aguas heladas frustraron una zambullida en la calurosa y soleada siesta.

Cuesta arriba, llegamos al túnel de Kawish a los 4.550 m. Finalmente comenzamos el descenso a la zona de los “yungas”, la verde región con clima subtropical y una vegetación cada vez más abundante que nos fue mostrando corpulentos ejemplares. Así arribamos al pequeño poblado de Chapín, a los 3.140 m, que surgió a raíz de la permanente visita de los viajeros y está ubicado a escasos pasos de las ruinas. El santuario, construido entre los años 1000 y 300 a.C., es el más grande y antiguo de Perú.

Los aluviones de 1933 y 1945 enterraron parte de la estructura y se calcula que sólo ha sido excavado un 30% de los templos. Sacerdotes, agricultores, artesanos, altos dignatarios y el pueblo desarrollaron esta cultura que, con un fuerte sentido político y económico, logró tener influencia hasta Ica, en la costa, por lo que se habla del “fenómeno Chavín”. Por lo que he leído acerca de estas culturas originarias que poblaron Perú, curiosamente desaparecieron cuando los Incas llegaron a sus territorios. Seguramente un profundo conocimiento de la organización para subsistir, hizo que, mediante ritos ceremoniales y cultos al sol y a la luna, los sacerdotes fueran reconocidos como mediadores del clima. Señalando las fases propicias para sembrar y recoger, fruto de un “mágico” modo de interpretar las fuerzas de la naturaleza, se les permitió a los superiores un dominio político religioso respetado por los que estaban encargados de la producción, bajo la mirada atenta de la Pachamama.

Aprovechando el natural desnivel del terreno, el santuario está constituido  por tres pirámides truncadas dispuestas en forma de U, siendo la del medio, la principal y más alta, la que conecta con las laterales a través de terrazas a las que se llega por largas escalinatas. Rocas sin trabajar, pesadas y grandes, fueron usadas para construirlo. Algunos lugareños colaboraron en su deterioro por utilizarlas para levantar sus propias casas. Cerámicas y herramientas de metal fundido halladas, nos hablan de que fueron buenos artesanos. Decoraban los objetos en base a incisiones y, como en todas las expresiones del arte  que han dejado, nos encontramos con temas de felinos, águilas, serpientes, saurios y peces.

Pórtico - Chavín de Huantar

Los investigadores han interpretado que todo está impregnado de un sentido dual: lo oscuro y lo claro; la noche y el día; la luna y el sol. Teoría comprobable por el color de las piedras claras y oscuras de los dinteles y de las columnas. Describir todo lo que vimos excedería el espacio de esta nota por lo que trataré de reducir los detalles a los paradigmáticos ejemplos que hacen reconocer a Chavín de Huantar. Por el lado externo, un sinnúmero de callejas recorren el mundo subterráneo de los edificios. Estrechos corredores o pasajes interiores son iluminados a través de boquetes estratégicamente dispuestos para que no falte la luz.

El Lanzón

En la encrucijada de dos pasadizos se encuentra “El Lanzón”, un monolito de granito blanco, alargado, enclavado en la tierra y de cinco metros y medio de altura dispuesto para ser visto en todo su alrededor. Representa a un personaje antropomorfo -algunos creen ver en él un enano deforme-  con rasgos felinos, nariz gruesa, labios abultados y de cuyos extremos emergen sendos colmillos; lo que se denomina boca atigrada, característica de la decoración Chavín en cualquier material que hayan trabajado. Las cejas y los cabellos del “monstruo”  -así me pareció a mí porque tuve la intuición de que su fin era aterrorizar-  se transforman en serpientes. Su cuerpo humano está en desproporción con respecto a su cabeza y posee una especie de cinturón de donde también cuelgan serpientes.

Otro de los objetos, digno de admiración, es el “Obelisco Tello”, un pilar de granito de dos metros y medio de forma trapezoidal esculpido en las cuatro caras que representa un tema extraño como deidad: la unión de dos caimanes. Imposible describir el maravilloso mundo con que fue esculpido: hombres, aves, vegetales, felinos y la deidad con su característica boca atigrada y sus extremidades provistas de garras. La original piedra llamada “Estela Raimodi”  -los nombres de estas esculturas homenajean a sus descubridores- es una losa de  granito de 1.98 m de alto por 74 cm de ancho trabajada en una sola de sus caras. La que vimos es una reproducción ya que la original, después de ser rescatada de la cocina de unos pobladores que le daban uso doméstico, fue trasladada al Museo Nacional de Lima. Se supone que, originalmente, estuvo colocada como zócalo en el templo principal.



Por último, quizás la más famosa expresión del arte Chavín son las “cabezas clavas”. Aparecen en las paredes exteriores y son de distintos tamaños. Tienen una estructura alargada en su parte posterior, como un clavo, para ser insertado en los muros. Se trata de rostros de boca atigrada sin mandíbula con cabellos convertidos en serpientes. Algunos comentaristas del arte Chavín explican que son los rostros de enemigos del pueblo.

Infinidad de detalles se han caído de estas páginas. Para mi ha sido misión cumplida en otro de nuestros viajes. Ojalá pueda trasmitirles el respeto que me inspiran los rastros de estos americanos originarios. Raíces del mundo actual.

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