Monseñor Sergio Buenanueva

"Este año volví a escuchar la llamada de Dios"

Obispo auxiliar de Mendoza.

Monseñor Buenanueva, fue designado a principios de este año com obispo auxiliar en Mendoza, encargado de secundar en todo al Arzobispo José María Arancibia.

 

Buenanueva es sencillo, pero a la vez muy comprometido con su elección en la vida.  Sostiene que “los pastores tenemos que llevar tranquilidad a los fieles, pero para ello, tenemos que empezar a tranquilizarnos a nosotros mismos”

Es además docente, asegura que la educación argentina y mendocina está desorientada y confundida. También  se sorprende mucho,  en esta entrevista,  al hablar de la sociedad actual, porque dice que es extremadamente agresiva, individualista y que reduce todo al consumo de lo funcional, “si no servís, afuera”.

 

 

 


¿Cuál es su mensaje para esta navidad?

Más que un mensaje con ideas, lo que quisiera es mostrar a Jesucristo, el Hijo de Dios que nace, humilde y pobre, de una mujer. Dios hecho hombre. Invito a todos, especialmente a los que están más alejados, a tener confianza en Dios y a darle crédito a su Palabra. Dios nos da alegría, libertad y vida en abundancia.

¿Qué balance hace en este año 2008 en general?

No soy muy bueno para las evaluaciones demasiado tajantes. Tal vez porque como educador de adolescentes y jóvenes, he comprendido que la vida es un proceso continuo en el que se entremezclan trigo y cizaña, al decir del Evangelio. Uno aprende a ser cauto con juicios demasiado cerrados y absolutos. Se aprende a cuidar la chispa más pequeña, para que no se apague.

En lo personal, todavía me encuentro en el proceso de elaborar el cambio profundo que ha significado para mí ser designado obispo. He estudiado y enseñado lo que la teología cristiana dice al respecto. Cuando le toca a uno, en primera persona, no es tan sencillo aterrizar las viejas fórmulas de la fe en la propia vida. Como en todo, se requiere tiempo para tomar conciencia.

Un cura que me llamó para saludarme, me preguntó cómo me encontraba. Ante mis titubeos, me recordó sin anestesia: “Es una vocación de Dios”.

De este año 2008 es lo que rescato: un año en que volví a escuchar la llamada de Dios. Es muy fuerte. Se mezclan: sorpresa, temor, expectativas. Y también alegría y consuelo.

De todos modos, el sentimiento dominante a fin de año es de gratitud y entusiasmo. Soy optimista por naturaleza. No me desanimo fácilmente. Así que: ¡allá vamos! Hay una escena en el Evangelio en que Jesús invita a San Pedro a echar las redes, después de una jornada fatigosa e infructuosa. No habían pescado nada. Pedro confía y navega mar adentro: “Confiando en tu Palabra, echaremos las redes”, le dice con simplicidad. Bueno, eso es lo que estoy tratando de vivir.

Sin duda que el debe y el haber de mi balance se van equilibrando. Algunas cosas me pesan más en el corazón: personas queridas que han partido, hechos y situaciones en que he experimentado mis límites o la impotencia ante situaciones difíciles. Un capítulo especial es el deterioro de la salud de mi padre. Bueno, situaciones todas que forman parte del camino de una persona. 

¿Y a nivel social-económico?

Creo que la sociedad, las personas y los grupos poseen grandes energías de vida, de renovación espiritual y moral. Eso me anima mucho. Como sacerdote, y ahora como obispo, se tiene la oportunidad de hablar con muchas personas, en distintas circunstancias. A mí me sorprende siempre el entusiasmo por luchar por el futuro, por innovar, por salir al paso de las situaciones más adversas. En esto, las medallas se las llevan las mujeres. Al menos, lo que puedo percibir en los lugares donde me muevo.

Junto a esto, están los signos más negativos que todos vemos cada día. Sin duda que se observa un deterioro cultural grande. Quiero decir: una cierta ruptura en nuestro modo de vida que se vuelve cada vez más disperso, sin centro ni norte. Esto me preocupa, tanto o más que los aspectos económicos que, son, por otra parte, tan importantes.

Sin duda que la crisis económico-financiera va a ir afectando de modo creciente la vida concreta de las personas. En un país como el nuestro, con índices de desigualdad y pobreza que parecen fortalecerse con el paso del tiempo, eso supondrá desafíos grandes para todos. Tal vez sea una oportunidad para redescubrir el verdadero orden de las cosas. La doctrina social de la Iglesia ha enseñado siempre la naturaleza moral del quehacer económico y político. Es inhumano y, a la larga, ineficaz, poner entre paréntesis el carácter ético del trabajo, la producción, el lucro, etc. 

¿Considera que el mendocino este año fue más solidario de lo habitual?

Honestamente no sabría decirlo. Lo que sí me sorprende es que, ante una cultura ambiente extremadamente agresiva, individualista y que reduce todo al consumo y lo funcional (“si no servís, afuera”), siga habiendo personas que, con distinto índice de perseverancia, sostienen en el tiempo gestos de solidaridad, de apertura a los demás, de servicio y desinterés real. Es conmovedor ver esto en niños y jóvenes. Es un auténtico milagro. Todo dice: “relajate, despreocupate y, por encima de todo, gozá”. Sin embargo, uno se sorprende encontrando quienes tiran en dirección contraria. ¿Son más o menos? No lo sé. Solo sé que sin estos gestos ya habríamos vuelto a la época de las cavernas.

De todas formas, creo que no hay que bajar la guardia. En la tradición teológica del cristianismo hablamos de la “concupiscencia”. Es el peso del egoísmo que, cuando se hace dominante, se traga todo. Es como un agujero negro que todo lo devora.

¿Qué temas, a su juicio, debieron ser prioridad este año?

Depende el sector. Yo no podría señalar sino aquellos ámbitos en los que me he movido.
En la Iglesia: hablar más de Dios y de Cristo, que de nosotros mismos, nuestros proyectos o de lo que hacemos o dejamos de hacer. Estoy convencido que “Dios” es la realidad más real y decisiva para el hombre. Jesús hablaba de trabajar por el Reino y su justicia, lo demás es añadidura. Es trabajar para que se despierte la fe en los corazones de las personas. La fe nos dice: la vida no es absurda, tiene sentido, porque viene de Dios y a Él retorna.

Jesús, es el “Logos” de Dios hecho carne. Logos quiere decir, entre otros múltiples significados: sentido y razón. En Jesús se desentraña el misterio de la vida. ¡Como no vamos a hablar de Dios! ¡Cómo reducir el cristianismo a pura ética o compromiso social! El pesimismo antropológico que parece dominar un buen sector de la cultura de Occidente solo será contrarrestado por una fuerte renovación espiritual. Dios es el garante de la libertad del hombre.

En el ámbito de la sociedad: creo que necesitamos caminar hacia un consenso en un proyecto de país que tenga como prioridad fundamental terminar con la pobreza. No podemos estar tranquilos hasta que logremos esta meta. Eso implica políticas públicas sostenidas en el tiempo, y sustraídas a los vaivenes del humor de las autoridades de turno. En este sentido se han expresado los obispos argentinos en su documento sobre el Bicentenario. Aquí en Mendoza tenemos la ilusión de hacer una buena presentación del mismo y de hacer una difusión lo más amplia posible de sus propuestas.

El otro aspecto es la educación, sobre todo en los sectores más vulnerables. Y cuando hablo de educción quiero decir: aprender a leer y a escribir; sumar y restar, multiplicar y dividir; por supuesto. Pero también: a gozar de la literatura y de la música, del arte en todas sus formas. Aprender a aprender, y esto siempre. Seguro que estoy diciendo cosas obvias. Otros habrá que puedan precisarlas con mayor ciencia. Me sorprende ver adolescentes y jóvenes que ni siquiera saben hablar. No digamos nada de escribir o redactar. Esas cosas tienen que ver con todos los aspectos de la vida. Influyen en todo.

Veo que crece el protagonismo de la sociedad civil y de los ciudadanos. Esto es bueno. Aquí está el futuro. El Estado ni es Dios ni es una especie de Papá Noel al que hemos de recurrir. El Estado está al servicio de la sociedad o no tiene sentido. La persona, la familia y la sociedad son siempre el punto de partida. Somos los ciudadanos los que organizamos el estado para que proteger y favorecer nuestra vida. No al revés. De la vitalidad, dinamismo y buena salud de la sociedad y de las familias depende en gran medida la buena salud de las instituciones. Es importante desarrollar la conciencia ciudadana. En la Iglesia católica hablamos de pasar de habitantes a ciudadanos. Eso también lo considero una prioridad. Es además uno de los grandes objetivos del Plan de Pastoral de nuestra Diócesis de Mendoza.

¿Cree que vamos en el camino correcto en la educación argentina  y mendocina?

Francamente veo una gran confusión y desorientación. Idas y venidas. Proyectos educativos marcados por una especie de pedagogismo que obliga a los docentes a aprender y desaprender toda una serie de neologismos que no sabemos bien a qué conducen.

Tal vez yo soy muy tradicional al respecto (o conservador, si usted quiere). Creo que la educación supone una fuerte presencia del maestro que introduce en el misterio de la vida y de la verdad. La tradición cristiana conoce una hermosa expresión: “mistagogia” (como pedagogia) que quiere decir el arte de introducir en el misterio de Cristo a las personas. Vale también para la educación que tiene como meta la humanización de las personas en un sentido integral. El niño, el joven o quien está en situación de aprendizaje tiene en sí mismo muchas posibilidades, energías y condicionamientos para ello.

Pero debe ser ayudado, y aprender a escuchar la voz de la realidad. En última instancia: de la verdad. Por eso, necesita del maestro. 

Hay que desarrollar habilidades y competencias, es cierto. Pero, sobre todo, hay que enseñar a ser muy humildes, disciplinados y pacientes en la búsqueda de la verdad. Siempre he visto al trabajo intelectual como integrador. Supone poner en juego lo mejor del hombre. No solo su cabeza. Es fundamental desarrollar la capacidad de escuchar, de aprender de los demás, de repensar las propias posiciones. Yo he aprendido más como docente, que como alumno. Estar frente al aula y conducir un proceso de aprendizaje implica una apertura interior que se va desarrollando con el paso del tiempo. Por eso he hablado de “aprender a aprender”.


Considero fundamental tener como punto clave de referencia una visión adecuada de la persona humana. Una visión integradora de las distintas dimensiones que constituyen al ser humano, incluida -por supuesto- la dimensión espiritual y religiosa.

¿Cuál es la función de los medios en esta educación?

Creo que los que tenemos alguna actividad docente tenemos, frente a los medios, una posición oscilante: amor y odio, aceptación y rechazo, uso y sensación de impotencia.
Sin duda que su influjo es grande. Condicionante de conductas, si se quiere. Considero, de todas formas, que es fundamental desarrollar en las personas una actitud de discernimiento crítico y de uso razonable.

La Internet, por ejemplo, se presta para lo mejor o para lo peor. Como a muchos docentes, he tenido que devolver trabajos enteramente pirateados de algún sitio. Me ha pasado incluso en cursos universitarios para profesionales. Pero -seamos justos- también he visto un buen aprovechamiento de los recursos que brinda la red.

No veo mucha TV. Tengo, sin embargo, la impresión que, salvo contadísimas excepciones, hay un nivel muy bajo de contenidos. Comparto, por ejemplo, lo que Jaim Etcheverry ha escrito en varias oportunidades al respecto. De todas formas, me parece importante ayudar a las personas a reaccionar frente a propuestas que deforman, por no decir que idiotizan a los consumidores.

¿La gente se acerca a la Iglesia buscando soluciones?

En un país como el nuestro (y lo mismo vale para Mendoza) sigue siendo muy fuerte la identificación con la Iglesia católica, sus símbolos y fiestas. Solemos hablar de un “catolicismo popular”. Cada vez más gente se acerca a los santuarios de todo el país. El 8 de diciembre, por no ir más lejos, moviliza a varios miles de personas en cada parroquia, capilla o celebración en honor a la Inmaculada.

 Algunas décadas atrás, desde la Iglesia se veía con desconfianza esta religiosidad popular. Se la distinguía de la fe pura y verdadera que, por su propia naturaleza, sería de unos pocos. Hoy tenemos una mirada más equilibrada y no tan elitista. Siempre me sorprendión el cariño que un hombre como Jorge Contreras tenía por la religiosidad de la gente. Jamás observé en él aquel sentido de superioridad ilustrada del académico que desprecia lo que califica sin más como barbaridades y disparates. Jorge tenía una intuición del misterio del hombre que es uno de sus legados más fuertes.

Sí, mucha gente se sigue acercando a la Iglesia, a las parroquias y otras formas de vida cristiana. Como Iglesia de Mendoza estamos preocupados por desarrollar un sentido misionero más fuerte. No tanto esperar que vengan, sino salir al encuentro. Seguimos siendo muy cómodos y muy dependientes de lo que diga el “Señor Cura”. Por otra parte, los curas somos pocos y -esta es una impresión personal- me preocupa una cierta soledad del que está recibiendo en su persona todo el fragor de la lucha. “Los curas están en la trinchera”, me decía un obispo más grande que yo hace muy poco, a la vez que nos preguntábamos cómo podemos ayudarlos, sostenerlos y animarlos.

¿Qué busca la gente cuando se acerca a la Iglesia? Hay de todo.  Creo que, en el fondo, hay una búsqueda fuerte de sentido para la propia vida, ante una cultura pesimista y depresiva, más bien nihilista. Se intuye que Dios es, ante todo, plenitud de sentido para la propia vida.

Es una búsqueda vital, no tanto intelectual. Y eso es lo que la Iglesia tiene para ofrecer. El cristianismo es, ante todo, una forma de vida que surge del encuentro con Cristo, Dios con nosotros.

 El Arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, dijo en noviembre que la "vida política argentina falta a la verdad y que es una característica de la decadencia cívica y cultural". ¿Usted cree que pasa eso en Mendoza también?

Mons. Aguer es un hombre cultísimo y muy inteligente, con una rara capacidad de decir cosas importantes en pocas palabras, siempre precisas y bien elegidas.

No quiero caer en el lugar común de criticar a los políticos. Aquí estamos ante un mal que nos afecta a todos. Aguer habla de una cierta costumbre a ser engañados y a engañar que caracteriza no solo a la vida política, sino a la entera vida en sociedad.

La veracidad como contraria al vicio de mentir es una virtud humana fundamental. No hace falta ser cristiano para darse cuenta de ello. Crecer en ciudadanía supone desarrollar y fortalecer todo un conjunto de virtudes humanas que oxigenan la vida política y social.

La veracidad está vinculada a la justicia. Decir y hacer la verdad es una forma de hacer justicia.
En el Evangelio Jesús criticó con términos muy fuertes la hipocresía religiosa: decir una cosa y hacer otra. Invitó siempre a la unidad de vida. Sigue siendo una enseñanza valiosa para nosotros. Los mendocinos tenemos muchas virtudes y algunos defectos.

Un cierto gusto por la figuración parece ser uno de ellos. En última instancia, fingir un poco es apostar por una ilusión. Como toda mentira, tiene patas cortas. Pero no generalizo. Nunca me ha gustado decirles a los demás lo que tienen que hacer. Es mejor mostrar la belleza de la virtud para entusiasmar a las personas. 

La Iglesia en algún momento planteó la necesidad de que los católicos participen más en política. ¿Es una solución para evitar esta "falta de verdad" en la política argentina?

La Iglesia está animando una mayor presencia de los católicos en la vida pública, no solo en la política. Creemos que una mayor presencia de la ciudadanía en los temas que nos importan a todos es decisiva para sanear nuestra sociedad y trabajar por un proyecto de país que sea integrador. Debemos cambiar el chip de nuestra relación con lo político, con el estado y sus instituciones.

Darnos cuenta de que están al servicio del bien común, y de que su funcionamiento correcto no puede ser graciosamente delegado en algunos pocos. Votamos, elegimos y nos desinteresamos. Creo que la democracia representativa debe abrir espacios a una mayor participación de los ciudadanos que ejercen un rol de atenta vigilancia sobre la cosa pública.

Los católicos no queremos imponer nuestra visión de las cosas. Somos conscientes de cuánto ha contribuido la tradición católica a formar ese conjunto de valores morales y espirituales que nutren toda la vida social. Es nuestra responsabilidad mantenerlos vivos. No se trata de imponer la fe, sino de proponer a todos una visión de la persona humana y de la vida social que creemos verdadera, justa y enriquecedora. Por eso, una tarea fundamental de la Iglesia es formar la conciencia de los fieles católicos para que sepan actuar con madurez en los delicados problemas que enfrenta la sociedad de hoy. 

  ¿Para usted cuáles fueron los "gestos de grandeza" para solucionar el conflicto del campo más destacados?

A medida que pasaba el tiempo, y el conflicto se acentuaba, el grueso de la gente apostó por el diálogo, el consenso y los canales institucionales. Es lo más valioso que -a mi entender- dejó aquel conflicto. 

¿Qué piensa de la situación de pobreza en Mendoza?

Es la gran deuda que tenemos como sociedad. No podemos perder un minuto. Hay que concentra todas nuestras energías en superarla. Es, por otra parte, una tarea que requiere una grandeza de alma particular.

¿Cómo debería ocuparse cada mendocino de este tema?

Ante todo, salir del propio encierro e involucrarse. Creo que todos los mendocinos tenemos cerca o conocemos iniciativas solidarias, de desarrollo social o educativo en los que podemos ofrecer nuestra aportación.

Un sistema tan perverso como el capitalismo salvaje, que centra todo en el lucro y descree de la condición humana, se cambia por fuertes opciones de vida.

¿Cree que el año próximo será peor la pobreza?

No soy especialista en ciencias sociales o en economía. Pero lo que uno lee o escucha parece indicar que tendremos un año difícil. Y eso significa: especialmente difícil para los más pobres y excluidos.

Opiniones (1)
19 de octubre de 2017 | 23:34
2
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19 de octubre de 2017 | 23:34
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  1. Que este señor escuche más la llamada del pueblo y cada vez que cobre su sueldo de obispo auxiliar (regulado por la ley 21.950 de la dictadura militar de Videla), rinda cuentas de su destino por cuanto es dinero del Estado y sale del erario público.
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