Oscar Funes

"Al maestro sólo se le puede exigir que enseñe a leer y escribir"

Maestro rural de San Carlos.

Luego de dirigir durante 30 años la escuela primaria de Pareditas, en San Carlos, Oscar Funes tuvo un reconocimiento que sólo unos pocos logran: pusieron su nombre al nuevo establecimiento de educación secundaria, a pedido de los docentes de la zona.

Hoy tiene 79 años, cinco hijos –cuatro de ellos son docentes- y 12 nietos. Nació en Rivadavia, pero la mayor parte de su vida como maestro rural la vivió en San Carlos.

En Pareditas, obviamente, Oscar Funes es mucho más que una figura reconocida. Es buena parte de la historia de este pueblo del sur sancarlino. Llegó a Pareditas en el año ’60 y se hizo cargo de una de las primeras escuelas nacionales de la provincia. En esos años, la escuela no ocupaba el lugar que ocupa hoy.

Oscar Funes no sólo llegó a Pareditas con ideas nuevas para la época, sino que encontró una comunidad dispuesta a acompañarlo. El resultado: 30 años al frente de una escuela que fue el centro del desarrollo de la zona.

Con don Funes es posible conversar durante horas. Anécdotas, recuerdos, historia y una base argumental que hace posible entender lo que está sucediendo hoy. Aquí, un breve recorrido por una vida cargada de sentido.

- ¿Cómo fue que decidió ser maestro rural?

- Me había recibido de maestro y quería trabajar. Un día llegué a la Inspección Nacional de Escuelas, en la ciudad de Mendoza, y el director me dice: “Funes ¿querés ir a trabajar a El Zampal, en Tupungato?” “Bueno, cómo no”. “Entonces, andá que te hagan el nombramiento”. Voy a una oficina, me hacen el nombramiento, vuelvo a donde estaba el director y le pregunto: “¿A dónde queda El Zampal?” “Ah, ¿no sabés dónde queda?” “No”. “Bueno, yo tampoco”. Entonces, me mandó a hablar con otro inspector que me dijo cómo tenía que hacer para llegar a la escuela. “Te tomás este ómnibus que va a Tupungato y le pedís que te bajen en el callejón Zampal”. Al otro día, con mi valijita, me tomé el ómnibus y en un momento el guarda me pregunta “¿hasta dónde va señor?” “Hasta el callejón Zampal” “Pero no pasamos el callejón Zampal…”. Así que llegué a Tupungato. Estaba el intendente en un acto en la plaza, porque era del año del Libertador General San Martín, 1950. Tuve que hablar con el intendente. Entonces me mandaron en otro ómnibus. “Yo voy a hablar con la policía para que lo vayan a esperar al callejón”, me dijo el intendente. Finalmente, me bajo en el callejón Zampal y me encuentro con un policía.

- ¿Y en ese entonces qué era El Zampal?

- Todo lo que es El Zampal era una sola propiedad, de un tal Antonio Iriarte. Ese hombre, que cultivaba más de mil hectáreas con el agua de vertientes que tenía en su propiedad, comenzó a lotear y a vender por fracción. Venía gente de Luján y muchísimos italianos. Y resulta que había una fracción –cinco hectáreas y una casa- que Iriarte había ofrecido al gobierno para que funcionara una escuela. Pero como nunca le habían llevado el apunte y había pasado mucho tiempo sin que se habilitara la escuela, finalmente, vendió la fracción.

- Una escuela para los hijos de los trabajadores…

- Claro, porque mucha gente preguntaba si había una escuela para mandar a sus hijos. Por eso querían hacer la escuela, para poder vender bien los lotes. Entonces, vendió la fracción aquella, pero le hizo firmar al comprador un compromiso de que, llegado el caso, debía ceder dos habitaciones de la casa para que funcionara la escuela.

- Y el policía lo llevó hasta allí…

- No. El policía me pregunta: “¿A dónde lo llevo?” “A la escuela”. “No hay escuela”. “Cómo no va a haber escuela si a mí me han nombrado en una escuela que hay acá”, le digo. “Acá no funcionó nunca ninguna escuela”, me contesta. Entonces nos hicimos amigos y empezamos a recorrer casa por casa hasta que dimos con la casa de este señor. Al principio no me querían ni ver, ni el dueño de la tierra, ni la señora, ni los hijos. Claro, yo llegaba y les entorpecía todos sus proyectos. Pero al poco tiempo era como de la familia. Yo tenía 21 años. Nunca me cobraron pensión. Entonces empezamos a hacer la inscripción. No teníamos ni bancos, ni escritorio, ni nada. Empezamos a pedir cajones y tablones y arrancamos con 15 alumnos. Pero como seguía llegando gente, al poco tiempo tenía 75 chicos. Teníamos sólo dos habitaciones, y al final empecé a dar clases a la mañana y a la tarde. Ahí trabajé un año.

- ¿Y de ahí fue a dar a Pareditas?

- De ahí me fui a Ñacuñán, en Santa Rosa, que tenía otra escuela. Ahí se hizo el primer concurso, de acuerdo al estatuto del docente, y resultó que, por puntaje, yo estaba en los primeros lugares. Los inspectores me decían: “Funes, con el puntaje que tenés, te podés pedir una escuela en el Gran Mendoza, una escuela nacional grande”. Y yo decía: “No, ya opté. Me voy a Pareditas”. “Pero estás loco, con ese puntaje te podés ir a trabajar a Mendoza”. “Pero yo no me animo a ir a trabajar allá”. “¿Por qué?”. “Porque, desde que me inicié, trabajé siempre en escuelas de personal único”. En El Zampal era maestro, director, portero y cocinero. Y en Ñacuñán estuve ocho años, y también era una escuela de personal único. Tenía todos los grados. “Yo nunca he trabajado en una escuela organizada”, les decía, “voy a tener que estar lidiando con gente que sabe mucho más que yo”. Yo pensaba: primero me voy a una escuela por ahí, en donde pueda hacerme, y después vuelvo.

- Y entonces se fue a Pareditas…

- Sí.

- Pero usted era de Rivadavia…

- Sí, pero estaba de novio con la Lita (Firpo), que es de San Carlos.

- Entonces, fue doña Lita quien lo trajo…

- A la Lita la conocí en un curso que se hizo para maestros rurales en Ezeiza (Buenos Aires), en el año ‘48. De ahí nos fuimos a Catamarca. Yo hubiera seguido en Catamarca, pero la Lita se peleó con la directora y no quiso saber nada más. Así que el tonto la siguió. Y entonces, vinimos a San Carlos. Nos casamos en el año ‘60. Y nos fuimos a Pareditas y ahí iniciamos la escuela de puertas abiertas.

- ¿Ahí había una escuela?

- Sí, la escuela cumplió 100 años hace poco. Una de las primeras escuelas nacionales que funcionaron acá en la provincia. Pero había problema con la comunidad, con las familias, así que la escuela estaba muy divorciada de la comunidad…

- ¿Qué quiere decir, exactamente, “de puertas abiertas”?

- Es lo que nos habían enseñado en Ezeiza. Llegamos a Pareditas y llamamos a todos los vecinos que quisieran venir, para colaborar con la escuela entre todos. Dentro de la escuela formamos la unión vecinal, la cooperativa de servicios públicos, el Club Pareditas también se reunía en la escuela, hacíamos bailes, beneficio y todo.

- Todo pasaba por la escuela…

- Claro. En aquel momento, Pareditas no tenía ningún salón en el que se pudiera hacer alguna fiesta o un acto. Así que dijimos, “señores, si lo quieren hacer en la escuela, lo pueden hacer en la escuela”. Por muchos años, no hubo ningún casamiento ni ninguna fiesta familiar que no se hiciera en la escuela. Los inspectores venían y me decían: “Funes, te van a hacer un sumario, te van a hacer un problema tremendo, esto está prohibido, no puede ser que se utilicen las instalaciones...” “¿Por qué?, si la escuela es de la comunidad”. Y eso es lo que nos habían enseñado a nosotros en Ezeiza, que la escuela fuera el centro de reunión de los vecinos. Así que seguimos y empezamos a luchar por la luz eléctrica, por el agua corriente y por todo lo que necesitábamos. Por muchos años, todo el progreso que tuvo Pareditas lo tuvo con centro en la escuela. No es que el director haya sido un héroe, sino que la que lo hizo fue la comunidad. Y el personal docente, claro, a esos yo les rindo homenaje.

- ¿Y cómo fue que le pusieron su nombre a la escuela?

- Fueron los maestros y la señora Elena de Góngora, que trabaja en la biblioteca, los que hicieron el pedido. La escuela primaria se sigue llamando Río Negro. Pero como ahora se hizo la secundaria, a esa le pusieron mi nombre.

- ¿Ellos pidieron que le pongan su nombre?

- Sí. Al principio les dijeron que no, porque no le podían poner el nombre de una persona viva. Había que esperar a que se muriera para reconocerle el mérito. Las maestras insistieron y, al final, le dijeron que sí.

- ¿Por qué antes los maestros eran figuras muy respetadas en sus comunidades y ahora no?

- Te pongo mi ejemplo. Yo llegué a Pareditas sabiendo algo de fotografía. Tenía un pequeño laboratorio que me había hecho en la cocina de mi casa, donde podía revelar y hacer ampliaciones. Así que me llamaban para todas las fiestas. Claro que muchas veces metía la pata hasta la manija. A varios los dejé sin fotos. Además, tenía una máquina de escribir. Yo aprendí a escribir con dos dedos, desde muy chico, porque mi padre tenía una máquina de escribir. Así que llegué a Pareditas con una máquina de escribir. Nadie tenía una máquina de escribir; nadie. Entonces, cualquiera que tenía que hacer un contrato: “Don Funes, no me hace el contrato...” Yo era un rey. Era una persona que sabía más que el resto de la gente. Pero los maestros se fueron quedando, quedando. Hoy resulta que tenemos alumnos que manejan una computadora mucho mejor que los maestros. Antes parecía que los maestros lo sabíamos todo y hoy nos encontramos con que los alumnos saben más que los maestros. Antes todo lo hacíamos nosotros, porque en sus casas los alumnos de escuelas rurales no tenían ni un libro, no tenían un padre que tuviera algo. La única persona que podía proveer de esos conocimientos era el maestro. Además, hoy a un maestro no le da el cuero para más.

- Antes la mayor fuente de conocimiento era la escuela, y eso hacía a los maestros respetables, y hoy el conocimiento está afuera de la escuela…

- Es lo que te digo. Entonces, ¿qué función le das hoy a un maestro? Hay que buscarle una función. Bueno, que enseñe a leer y a escribir, pero sin pretender sacar de ahí un escritor, ni un técnico, ni nada. El resto, el chico lo va a aprender solo o lo va a aprender en la calle. Es como decía un grafiti de por acá, “A los seis años abandoné mi educación para ir a la escuela” (famosa frase de Bernard Shaw). Ahora eso es cierto.

- Antes los docentes eran maestros respetados, ahora son trabajadores de la educación…

- Y sí… Cuando llegué a Pareditas, los maestros volvían a la tarde a la escuela. Se quedaban haciendo trabajos, había máquinas de coser, hacían los disfraces para los actos. Un maestro con un solo sueldo vivía. Nunca se hizo rico un maestro, pero sí podía vivir. Hoy, -y esto va en homenaje a los maestros nuevos-, con lo que gana un maestro no se puede vivir. Entonces, tampoco le podemos exigir.

- Entonces, ¿cómo se supera esta crisis educativa en la que estamos?

- No lo sé. Sinceramente, no sé. Mientras las autoridades educativas sean políticos que sólo piensan en ellos, no vamos a conseguir nada.

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