Roberto Ampuero

"Presento a un Neruda con luces y sombras"

Escritor, autor de "El caso Neruda"

La semana pasada fue muy intensa para Roberto Ampuero. Y en varios sentidos. Los primeros días estuvo entre Santiago y Valparaíso, ofreciendo reportajes, firmando ejemplares de su nueva novela y encontrándose con amigos. El martes, a la medianoche, como otros tantos millones, disfrutó la victoria de Barack Obama, a quien apoyó desde distintas columnas (“La Tercera”, de Chile, y el “New York Times”, de Estados Unidos). El jueves, en cambio, pasó por Mendoza, aunque volando, literalmente. Hasta que llegó a Buenos Aires y ya el viernes, por la tarde, presentó su novela, que mereció la introducción de Vicente Battista, en el corazón de Palermo Viejo (Boutique del Libro). Y el sábado se cumplió el centenario del natalicio del presidente de Chile, Salvador Allende, que fuera una de las pasiones de joven del entonces militante del Partido Comunista.

Roberto Ampuero nació en Valparaíso, hace 53 años, de la cual es Hijo Ilustre, aunque quizá a él no le haga mucha gracia. O sí, ya que no vive en Chile desde 1973. Allí comenzó un periplo sobre el cual el dará detalles, pero que, en síntesis, lo llevó a vivir en La Habana, las dos Alemanias y Suecia. Desde el 2000, sin embargo, su domicilio se fija en Iowa, Estados Unidos, ciudad que le permite, por ejemplo, disfrutar de buenos vinos argentinos. No diremos las marcas para no ofender a los bodegueros locales, siempre tan susceptibles. Pero sepan, señores de la vid, que Ampuero es un gran apasionado de los caldos locales y que no es fácil sorprenderlo con cualquier varietal o marca. En Iowa su actividad principal es la de enseñar escritura creativa y literatura latinoamericana . Y en estos momentos se encuentra abocado a la apertura de un nuevo taller de escritores hispano-parlantes . Cuando uno habla de Iowa necesariamente piensa en grandes nombres de la vitrina de las letras norteamericanas del siglo XX.

Sus libros han sido publicados en América Latina y España, y traducidos al alemán, francés, inglés, italiano, chino, sueco, portugués, griego y croata. En 2003, su novela “Los amantes de Estocolmo”, fue elegido Libro del Año en Chile). Es autor de la popular saga del detective privado de origen cubano Cayetano Brulé, que en Chile ha superado la barrera de los 200.000 ejemplares vendidos,  también editada en Francia, Italia, Alemania, Portugal y España.


- Antes que nada quería serle muy franco y decirle que apenas he leído la mitad de su nueva novela “El caso Neruda”, ya que el ejemplar llegó hace pocas horas.

- Oh, la la lá (risas).

- Y para continuar con la franqueza le confieso que desde la primera página el texto mantiene un ritmo de enorme agilidad, además del misterio que progresa en cada página, lo que lo hace más interesante aún.

- Muchas gracias. Es también un poco lo que me dicen los lectores. Esta es una novela de la saga de Cayetano Brulé, este detective que me acompaña hace un tiempo, ya. Esta es la sexta entrega. Y estas novelas ya están traducidas a varios idiomas.

- En Francia gozan de gran popularidad.

- Sí, allá hay una colección llamada Cayetano Brulé, dentro de una editorial. En Italia también. Tiene varios lectores en varios países. Y en Chile es un personaje muy popular.

- Continuando con el género escribió, en Chile, la primera serie policial para televisión: "Brigada Escorpión".

- Así es. Yo tengo dos versiones como escritor. Una, que es esta de Cayetano Brulé, que son novelas que yo diría que son de corte policial. No me gusta ajustarme al género policial como tal. Y la otra vertiente son las novelas que exploran las relaciones de la pareja moderna. Temas como los celos, la infidelidad, la incomunicación, el desamor en el amor. Aquí puedo citar “Los amantes de Estocolmo” o “Pasiones griegas”. Incluso estas novelas están publicadas en mandarín.

- Lo interrumpo para recordar esa novela suya acerca del aquel escritor que debe entregar su novela al editor, y que no tiene el texto, y comienza a escribir a partir de esa realidad, sabiendo que su mujer puede leer lo que está en la computadora, en donde se revelan traiciones, celos, fantasías…

- Esa novela es "Los amantes de Estocolmo", que es parte de la última vertiente a la que me refiero. Y también tengo otra, llamada “Nuestros años verde olivo”, que comienza a ser filmada el próximo año, que es un poco una novela autobiográfica, acerca del exilio de chilenos en Cuba.

- Aunque ya lo empezamos, quería comenzar con una historia referida al ex embajador de Fidel Castro en Francia, Fernando Flores Ibarra, al cual usted conoce bastante bien, y quien es considerado uno de los más duros fiscales de la revolución cubana

- ¿Lo conoce usted?

- Sólo de mentas. Y ya es demasiado.

- (Risas).

- ¿Desea que le pregunte acerca de él o prefiere contar parte de esa historia, que tiene mucho que ver en su vida? Flores Ibarra fue también hombre de Castro en otros países, como Yugoslavia, Suecia, Polonia y Ecuador.

- Yo preferiría reducir esa historia y concentrarnos más en Cayetano Brulé y Neruda (ríe).

- Sabe que es imposible no hablar acerca de Flores Ibarra.

- Claro, usted es periodista y tiene total libertad para preguntarme. Yo también ejercí el periodismo, en Alemania, así que lo entiendo.

- Uno de los personajes de la novela “Nuestros años verde olivo”, acaso el excluyente, es su ex yerno, llamado allí Ulises Cienfuegos.

- Ese nombre en realidad no existe y en verdad es un personaje de ficción. No existe nadie con ese cargo que se llame así en Cuba. Pero obviamente esta novela trata de un joven comunista chileno, que sale huyendo de la dictadura de Pinochet, para ir a vivir el socialismo real de Fidel Castro. Lo más interesante es que esta novela durante bastante tiempo fue muy mal vista por gente de izquierda. Pero en los últimos cuatro años ha habido un cambio de valoración por parte de esta gente. Y ha sido creciente el reconocimiento a la novela, como algo que ya expresa una verdad. Una verdad política, que yo diría que era necesaria de ser narrada. Escribí este texto como una especie de memoria para mis hijos, mis nietos, para mi mujer. Entonces tiene una carga de verdad, de honestidad y también de sufrimiento.

- ¿Por qué?

- Porque está orientada a esa vida más privada, familiar. Pero cuando la vio un editor de Planeta, dijo: “Esto tú no lo puedes ocultar. Es parte de la historia secreta chilena. Y también de una parte de los jóvenes de América Latina. Hay que publicarla”.

- Revisando sus movimientos, que no han sido pocos, escribir esa novela, ¿no fue como exorcizar un período de su vida?

- En realidad viví bastante tiempo con todas esas experiencias que tuve. Y también se cuenta allí la experiencia de otros chilenos. Porque aquí el tema, en verdad, es el del individuo frente al Estado. Tanto en la experiencia de este joven en el Chile de Pinochet, del que huye, como después en la Cuba de Castro. Por eso digo que es la impotencia de un joven idealista frente al Estado, a la policía política, de un orden que no acepta la disidencia del opositor. Y en ese sentido, a toda persona de convicción democrática, esa novela le dice mucho, ya que es muy crítica, tanto con dictaduras de derecha como de izquierda.

- Usted está considerado un enemigo de Cuba y por su nivel de influencias y conocimiento del régimen castrista, y publicando aquel libro, yo sentiría miedo en su lugar.

- Mire, si yo estoy considerado enemigo de algo, puedo ser considerado enemigo del régimen castrista. Pero no de Cuba. Los países y las naciones son una cosa y los presidentes son otra. Confundir al mandatario, ya sea democráticamente elegido, o que se arroga el poder, con un país es muy peligroso. Y eso también une a los dictadores de izquierda y derecha: siempre plantean que cuando se los critica, se le hace un ataque al país. En el Cono Sur hemos vivido esto y con resultados funestos. Yo creo en la misión del escritor en el sentido de ser honesto consigo mismo. Con sus novelas el escritor intenta arrojar una luz sobre la realidad, para que esa realidad se vea de forma más clara. Un escritor debe ser muy consecuente con su obra, no dejarse intimidar y decir lo que ha visto y pensar que su aporte está en publicar las cosas y dejar que los lectores saquen las conclusiones. Tampoco mis novelas son estrictamente políticas. Lo que me interesa es expresar a mis personajes a través de sus percepciones, sus sentimientos, sus temores, sus ambiciones, sus pasiones, para que el lector pueda tomar una decisión. Es lo que pasa también con esta nueva novela “El caso Neruda”. Allí no construyo un Neruda que pueda ser colocado en un pedestal ni tampoco lo demonizo. Presento a un Neruda con luces y sombras, el hombre contradictorio que fue, el de la grandeza pero también el de las mezquindades y las pequeñeces. Allí Neruda vive y respira, como nosotros, con nuestras mismas contradicciones.

- Déjeme hacerle unas preguntas para cerrar el capítulo Cuba. Puede ser incómodo pero es un aspecto poco conocido de su obra…

- (Interrumpe) Antes déjeme contarle que el mes pasado vengo de presentar esa novela sobre Cuba en Serrana, Italia, en el Festival de la Revista Internazionale. Esa es una revista progresista, liberal, de izquierda, muy prestigiosa en Italia. Es la más importante de política internacional que existe allí y una de las más importantes de Europa occidental. Y ellos han publicado la novela. Creo que en la medida que pasa el tiempo esta novela se hace más vigente, más actual y adquiere mayor peso moral. Cuando la publiqué fue objeto de muchos ataques, al igual que mi persona.

- Flores Ibarra, en ese momento, dijo algo que parece salido del juicio a Oscar Wilde, cuando afirmó que usted era “un proxeneta de lujo”. Y fue más allá, al opinar que su novela “es una historia chismosa y distorsionada de una parte de mi vida, de mi familia y mi país”.

- (Risas) Usted sabe que yo siempre me pregunto, con respecto a esto, y se lo pregunto al castrismo: “Nómbrenme uno, solamente uno, en estos cincuenta años, que haya criticado al régimen castrista y sea una persona honorable y que ellos celebren y estén dispuestos a escuchar”. No pueden nombrar a nadie. Todos los que critican al régimen de Castro son enemigos. Y además para ellos cualquiera que lo haga es gente despreciable, agente de la CIA, proxenetas, ladrones, estafadores.

- Leí un ensayo suyo acerca de los modelos culturales, en el cual se manifiesta muy crítico hacia la academia norteamericana en relación a su visión de América Latina. ¿Cómo calificarlo políticamente? ¿Es un hombre de derechas, de izquierda? Difícil, ¿no?

- (Risas) Tal como mis novelas, que no se pueden calificar de forma muy precisa, ya que escapan de los géneros. Las novelas de Cayetano Brulé tienen un fuerte contenido de policial, pero al mismo tiempo tienen elementos políticos, eróticos, amorosos. Y en esa complicación para encasillarlas a mí me sucede otro tanto. Desde un comienzo, de joven, yo era comunista. Y me fui de Chile al comenzar la dictadura de Pinochet. Después, cuando conocí el realismo socialista, lo critiqué, y pensé que no quería eso para mi país. Entonces ese tipo de actitud, curiosamente, es una actitud claramente anti-dictatorial. Y confunde a muchos. Si me tuviese que clasificar diría que, por ejemplo, en Estados Unidos, apoyé a Obama. Por lo tanto sería un liberal, político, no un neo liberal. Y en términos políticos y económicos sigue siendo lo que siempre fui, desde que me decepcioné del socialismo real: un socialdemócrata a la europea. A la alemana, mejor. Suecia, por ejemplo, me apasiona: el orden existente, donde el Estado juega un papel importante pero no es el único patrón. Y creo que Estados Unidos, bajo Obama, va camino a convertirse en un país más europeo.

- En cuanto a las clasificaciones, un enorme poeta brasilero, Mario Quintana, dice que “las definiciones sólo definen a los definidores”.

- (Carcajadas) ¡Muy bueno! Lo voy a adoptar. Yo creo que nosotros, los electores en una democracia, tenemos que cuidarnos que los partidos políticos no nos conviertan en militantes. El sueño de un partido político es el mismo sueño que tiene una cadena de supermercados: convertirlo a usted en un cliente cautivo.

- A todos estos comentarios suyos, a su paso por el PC desde joven, a su estadía en Cuba, ahora le agrega un libro, que se inmiscuye en la vida de otro ícono de la izquierda latinoamericana y especialmente chilena, Pablo Neruda. Para seguir confundiendo, ¿no?

- (Risas). ¿Sabe lo que me interesaba de Neruda? La visión que tenemos de Neruda, y antes de seguir quiero aclarar que lo admiro y que me fascina su poesía, como uno de los grandes poetas en habla hispana de todos los tiempos, es la de un triunfalista. Nos hemos acostumbrado a ver a Neruda como el hombre que lo tuvo todo: amigos por montones, mujeres, aventuras, dinero, casas, propiedades, reconocimento, libros, hasta el Premio Nobel. Y sin embargo descuidamos algo que es muy importante en Neruda y que demuestra que él no lo tuvo todo, y que en sus últimos días debe haber sido algo muy duro de sobrellevar. Y es algo que está expresado en su poesía, en versos, pero que, en realidad, nadie ha querido escuchar. Me refiero a su anhelo, su obsesión, por dejar descendencia, aunque fuese un hijo o una hija. Este hombre buscó siempre un hijo. Nadie ha reparado en eso. Y es importantísimo. Y mi novela apuesta a que ése es un grito al cielo, al mundo. Por eso escribí esa búsqueda hacia el final de sus días y la historia de Neruda que contrata a este detective para que procure a un supuesto hijo que hace treinta años tuvo con una amante mexicana. Y Neruda cuenta la historia al detective, diciendo que cuando ella le informó que estaba embarazada, él huyó porque no estaba dispuesto a asumir ninguna responsabilidad. Y ahora que se está muriendo, que se está acabando el gobierno de su amigo Salvador Allende, la única esperanza suya es que encuentren a la mujer mexicana para saber si tiene o no una hija. Y es la única manera que él tiene de morir tranquilo.

- Usted ha dicho acerca del libro: “Lo curioso es que la gente lee la novela como historia real, y ese es el poder de la literatura”.

- Es cierto. Es muy sorprendente lo que pasó en Chile. Vengo de varias presentaciones allí. Y muchas personas ya habían leído el libro. Y me preguntaban algunos lectores: “¿Cómo se enteró usted de la historia? ¿Adónde vive esta mujer? ¿Está muerta? ¿Es la que aparece en la portada del libro?”. Ahí respondía: “Momento: ésta es una novela”. Las circunstancias históricas son reales. Neruda es real. La casa es real. Valparaíso es real. Que mi detective Cayetano Brulé vive en Valparaíso es algo que ya está en mis novelas anteriores, y que calce en la historia es parte de las casualidades de la vida. Pero esto es una novela; no una realidad. Y ése es el poder y la magia de la novela. Pero hay otra cosa interesante: los libros de historia o biografías de Neruda, cuando se lanzan, alcanzan, en Chile digamos, una venta de mil quinientos ejemplares, lo usual para estos libros del género. Los libros de Cayetano Brulé llevan vendidos más de doscientos mil ejemplares. Ahora, cuando sale “El caso Neruda”, hace menos de tres semanas, en Chile se han vendido más de doce mil ejemplares. Lo que pienso que este mensaje de Neruda, que es ficción, o como dice Vargas Llosa, es una mentira, de pronto inunda los hogares de los lectores con una versión que es una novela. No intento contar la historia real. Nadie podría entrar a ese nivel de intimidad dentro de Neruda.

- En Chile ha sido muy criticado por ser, paradójicamente, un autor muy exitoso en ventas. Me parece hasta ridículo preguntarle acerca de las motivaciones de tantos ataques.

- (Carcajadas) Yo también pienso que es ridículo. No me pasa en Italia, ni en Francia. Pero en Chile sí. Y es interesante, porque en Chile hay una vieja tradición, lamentable, de ciertos sectores, que se representa en un par de críticos que critican a los escritores chilenos que les va bien. Isabel Allende, por ejemplo, aún no tiene el Premio Nacional. Roberto Bolaño tampoco. Sin embargo se lo han dado a personas que nadie conoce. Usted sabe que a Bolaño hoy se lo celebra por todas partes. Y en Chile se lo celebra como a un santo. ¿Usted sabe cuántos premios tuvo Bolaño en vida?

- Lo ignoro por completo.

- En Chile, uno. ¿Y sabe quién era el presidente de ese jurado? Yo. Y el reconocimiento era el Premio Municipal de Santiago de Literatura en cuento. El libro se llamaba “Llamadas telefónicas”. Y logré eso: junto con el apoyo de Jorge Edwards, en un jurado de cinco personas, nos costó un mundo a Jorge y a mí conseguir el tercer voto. Y luego de eso comenzaron a llamarnos, a los dos, protestando porque le dimos el premio a un escritor que supuestamente no era chileno, que era medio español, que vivía en Europa. ¡Una cosa terrible! Hay una tradición lamentable. Lo critican a Antonio Skármeta. A Ariel Dorffman no lo pueden ni ver. Y el caso de Gabriela Mistral. A ella, en Chile, le dieron el Premio Nacional después que ella ganara el Nobel de Literatura. Y hay un montón de otros casos. María Luisa Bombal, una de las más grandes escritoras de todos los tiempos de Chile. Jamás le dieron el Premio Nacional. Por eso creo que hay un problema para manejar el éxito de los escritores nacionales. A veces a uno lo pone muy triste, otras lo emputece y lo irrita. Por eso cuando voy a Chile a presentar un libro sé lo que me espera: un mar de personas agradecidas, lectores emocionados, conmovidos, y una situación con los críticos en la que sé que me subo a un ring y es como salir a pelear contra Ringo Bonavena (risas).

- Leí también, en "La Tercera", creo, hace un tiempo, una especie de recomendaciones que les hacía a los nuevos escritores chilenos. La recuerdo porque el primer punto era inolvidable: “Hay que irse de Chile”.

- (Carcajadas) Así es. ¡Esa es la escuela! Salgan, respiren, vean otros países, otras costumbres, olvídense de usar corbatas y andar vestidos de gris y aspiren el mundo. De esa forma van a poder escribir y cuando vuelvan a Chile los lectores van a querer leerlos, porque tendrán algo fresco. Si a mí me leen en Chile es porque yo no me ajusté a estos cánones que quieren establecer esta suerte de popes. Por eso siempre les digo a los escritores jóvenes: “Váyanse. Pero vuelvan. Tomen el viaje como algo iniciático”. No quiere decir que eso los transforme en buenos escritores, pero, seguro, que tendrán algo más interesante para contar.

- Usted hizo el colegio en un importante establecimiento alemán de Valparaíso. Incluso, sino me equivoco, comenzó a leer y escribir en ese idioma antes que en español. ¿Podría escribir un texto de ficción en ese idioma, hoy?

- Sí. Los primeros cuentos que escribí de niño eran en alemán. Y después, varios años después, cuando viví en Alemania, en los años ochenta, escribí una novela para jóvenes, “La guerra de los duraznos”, en alemán, igual que un par de cuentos. Pero a partir de 1988 tomé la decisión de escribir sólo en alemán textos relacionados con la escritura de ensayos. Y me sentí cómodo, tanto que lo sigo haciendo. Puedo escribir en los dos idiomas pero en un momento, y tampoco sé cómo ocurrió, creo que es el inconciente, me sentí incomparablemente más cómodo escribiendo ficción en español. Lo que es claro que la cosa alemana, la forma de ver el mundo, influyó en mí.

- Egresó de una prestigiosísima institución, el Taller Internacional de Escritores (IWP) de la Universidad de Iowa, sumando así un Master of Arts y el Doctorado en Filosofía…

- (Interrumpe) El último graduado más famoso, y subrayo lo de graduado, es el premio Nobel turco Orhan Pamuk.

- Más allá del dato, Iowa exhibe una larga tradición de escritores norteamericanos.

- Desde luego. Raymond Carver. Usted se refiere tanto a profesores como alumnos. Otro es Philip Roth, Kurt Vonnegut. Ahora, en el programa internacional de escritores, de Argentina, está Carlos Gamerro. También ha estado (Rodrigo) Fresán. ¿Sabe? Hay cada vez menos representantes latinoamericanos porque están invitando más a escritores del mundo árabe y musulmán. Ahora yo estoy creando allí el taller para el mundo hispano en Estados Unidos. Después de México, Estados Unidos es el país con mayor población de hispano-parlantes. Y el objetivo es traer a ese muy variado mundo que en Estados Unidos habla y escribe en español.

- Mencionó en un momento a Roberto Bolaño. Se trata de un escritor, básicamente, increíble.

- Así es. Tengo una profunda admiración por él, especialmente a partir de la lectura de sus cuentos, que me parecen lo más notable. Y sus novelas “2666” o “Los detectives salvajes”, “Nocturno de Chile”… Lo que pasa con Bolaño es que es un fuera de serie. Y el es como una suerte de ventilador de semillas porque, al leerlo, y preocuparse de sus temas, así como la forma en que los trata, uno va aprendiendo cosas nuevas. Y empieza a recorrer senderos y nuevos rumbos, que hasta ese momento nadie había explorado. Bolaño no solamente explora de una manera original formas de narrar, sino que además lo estimula a uno, lo influye, para buscar nuevos caminos. Ahora, para un escritor, el problema con Bolaño, igual que con Borges o García Márquez, es que si usted lo lee mucho después quiere escribir como ellos. Y eso es un fracaso total (risas). A mis alumnos les digo: “Si ustedes quieren ser un segundo Bolaño están jodidos" (risas). Y les repito: "Sé el primero tú mismo”.

- Es un muy buen consejo. La última pregunta para hacerle me pareció que debía referirse a su estado de viaje casi constante en la vida. Usted ya lo ha definido, diciendo que padece “el síndrome del exilio: la nostalgia perpetua por lo otro ya vivido”. ¿Cómo se sobrepone?

- Tengo la convicción de que soy un beduino nómada de la literatura (risas). Yo creo que viajo para escribir…

- ¡Como los ingleses!

- (Risas) Sí, como ellos. Cuando yo me fui de Chile, en 1973, pensé que me iba pero que regresaba al poco tiempo. Entre cosas porque pensaba que la dictadura iba a durar muy poco. De modo que me fui acostumbrando al desplazamiento. Y como escritor me fui acostumbrando a esto de pasar de país en país, quedarse un tiempo en ellos, tratando de absorber sus influencias. Escribir desde esa perspectiva es diferente a escribir como un turista que pasa una semana en un país, unos días en otro. Así como algunos escritores necesitan de un punto fijo yo necesito estar montado sobre el camello, con mi libreta de apuntes (ríe). Y el desplazamiento es mi punto fijo. Y en mis novelas todos los personajes viajan. Además, me parece que el desplazamiento, las geografías, los viajes, en este mundo de la globalización, es lo más usual, lo más común, lo más natural que existe. Hay que pensar que la literatura comienza con una Odisea, que es el viaje por antonomasia. Y tampoco hay que olvidar algo que alguien decía al momento de pensar en reducir las tramas de las novelas. Y hay diría dos tramas esenciales en toda la literatura universal. Son dos situaciones apenas. Una es: un personaje llega a un pueblo. La segunda es: un personaje se va de ése pueblo. Y esto es algo acentuado ahora por la globalización.

Ampuero leyendo en New York

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22 de agosto de 2017 | 06:39
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