Carlos Calvo Muñoz
"Hemos aprendido a no aprender en la escuela"
Alumno de Paulo Freire, autor de "Del mapa escolar al territorio educativo"

Hablar de educación incomoda. La situación no es de agrado de nadie o, para no ser tan contundentes sin contar con una encuesta que avale nuestra opinión más que la que deja un cúmulo de sensaciones de contactos personales y laborales diarios, digamos que la situación del mundo educativo conforma a pocos.

Desde hace tiempo MDZ indaga sobre el particular. Los caminos buscados nos llevan a puntos extremos del problema que repercutirá en las futuras generaciones: desde la falta de aplicación de leyes, hasta el desmanejo oficial de las áreas del gobierno educativo; desde la violencia que ocupa la agenda de las escuelas hasta la formación de los nuevos docentes; desde la escasez de profesionales para poner al frente del aula hasta el retroceso de las políticas de Estado en la materia.

En definitiva, podríamos seguir enumerando, pero ya basta con lo dicho para comprender la dimensión de una situación que, directa o indirectamente, nos afecta (o bien nos afectará) a todos.

En este itinerario que nos lleva en la búsqueda de voces capaces de oficiar de guías en el problema, para encontrar soluciones posibles, el especialista Alejandro Castro Santander alertó desde aquí que se está fallando en el modelo educativo ya que –dijo- “tenemos escuelas del siglo 19, docentes del siglo 20 y alumnos del siglo 21”, que hacen imposible la concreción del objetivo educativo.

También un joven psicólogo sanjuanino, Lucas Malaisi, estremeció la modorra cuyana con un libro que habla de la “Educación emocional” como un fenómeno ausente en la escuela argentina y que provoca niños y jóvenes discapacitados en materia de sentimientos.

Ahora fue el turno de un pedagogo chileno de peso y trayectoria. Carlos Calvo Muñoz visitó Mendoza para presentar un libro que es el fruto de años de investigación y práctica. Concretó su cometido poniendo a disposición –gracias a la gestión del grupo CEGeSCO, el profesional dio una conferencia realizada en el MUCHA, el Museo de Chacras- su trabajo denominado “Del mapa escolar al territorio educativo. Disoñando la escuela desde la educación”, título cuyo fundamento y explicación logra resumir el pensamiento del autor.

Fue alumno de Paulo Freire y recuerda, que él “hizo conmigo lo que un maestro. Me mostró cómo aventurarme por caminos posibles, cómo descubrir los probables y de qué manera trabajar con las realidades”.

Es licenciado y docente de Filosofía de la Universidad Católica de Valparaíso, tiene un posgrado en Educación yuna maestría en Artes y Antropología de la Universidad de Standford (EE. UU.). Es académico posdoctoral de Standford y de la Universidad de Lovaina, Bélgica y docente invitado en universidades de Latinoamérica, EE. UU., Europa, India y China. Actualmente es académico de la Universidad de La Serena, en Chile.

Calvo Muñoz ha plantado una bandera, pero duele como una espina sobre la dermis. Critica y propone. Parece imposible cumplir con sus propósitos, pero, curiosa y descabelladamente, cuando leamos su libro o nos encamine en el tema con un breve y productivo diálogo, es muy probable que coincidamos con él.

- ¿Por qué ese título?, le preguntamos, con temor a cometer una torpeza y con la ingenuidad quien desconoce la materia abordada.

- Bueno, lo del mapa y el territorio lo tomé prestado de una fábula de Borges. Aquella en la que el autor habla de un geógrafo que es un fanático perfeccionista y que, frente al mapa que corrige insistente y meticulosamente de acuerdo a lo que sus conocimientos le indican, para buscar su perfección, termina cambiando ya no el mapa imperfecto, sino el territorio. Eso para entre la escuela y la educación. La escuela ofrece un menú gracias al cual no aprendemos.

- Ya ha dicho suficiente como para enredarnos en una larga discusión. Pero, antes de avanzar, ¿a qué se refiere cuando habla de “disoñar”?

- A, pues bueno, eso ya no es una frase robada, sino un término prestado. Es una palabra que usaron por primera vez en Colombia los miembros de la Asociación para el Desarrollo Campesino en La Concha, un pueblo internado en la selva que crearon el programa “Herederos del planeta”. La teoría que fundamenta la invención de la palabra “disoñar” por parte de León Octavio Osorno tiene que ver con que las personas estamos programadas inclusive para diseñar nuestros sueños. La idea es, precisamente, desprogramarnos y poder comprometerse con la preparación y ejecución de un proyecto de vida a la medida de las propias ilusiones; es recoger esas ilusiones y juntarlas con nuestros sueños para hacer camino con rumbo propio y seguro, porque por locos que parezcan nuestros sueños, jamás podrán tacharlos de irresponsables.

- ¿Es la escuela la que ayuda a cambiar las ilusiones, les da formas que programa de acuerdo a intereses que no son los de los niños? ¿Pasa por allí la idea?

- La escuela priva a las personas de las expectativas que se tienen a determinada edad de aventurarse en la vida, de arriesgarse. Por eso en la escuela no se aprende y, cuando lo hacemos, es a pesar de ella y en virtud de un tremendo esfuerzo.

- ¿A qué escuela se refiere? ¿Aquí, en su país…?

- Me estoy refiriendo a un modelo escolar aplicable en cualquier lugar del mundo. El modelo escolar es el equivocado, ya que la capacidad del cerebro humano es muy grande y en la escuela, con el menú que la escuela obliga a seguir, lo sobreesforzamos en la tarea más difícil que le podemos dar, como es el aprendizaje lineal.

- ¿Cómo actúa esa capacidad destructiva de la escuela?

- Dando contenidos rígidos e impidiendo la posibilidad de los niños de llegar por sus propios medios al resultado, aventurándose, equivocándose, haciendo otras y nuevas preguntas sobre el mismo tema. La pregunta inocente genera relaciones inéditas en la experiencia del que pregunta. Si se ewquivoca, no importa, pues la equivocación no es engaño ni error sino un momento en el proceso de aprender. El que está equivocado requiere de la experiencia para comprender el error, que no siempre puede anticipar racionalmente. La equivocación es educativa. Pero sin estas preguntas inocentes y con su rigidez, el proceso educativo simple y complejo, se transforma en superficial y complicado, de manera que confunde y altera tanto a los profesores como a los alumnos.

- ¿En lugar de aprender, unos y otros se traban en una disputa por determinadas definiciones?

- Siguiendo la idea del título del libro, al extraviarse en territorios inexplorados pierden la fe en si mismos y en los otros. Desconfiados, ya se desalientan y no gozan la aventura de enseñar y aprender. Les torturan las incertidumbres, en lugar de motivarlos a preguntar más. Sin percatarse, se refugian en la repetición rutinaria de contenidos y en la ilusión de creer que el dominio de algunas metodologías de enseñanza y de aprendizaje ayudarán en su tarea.

- ¿El ordenamiento temático de la escuela atenta, entonces, contra el aprendizaje? ¿No es esto una paradoja?

- Naturalmente, el aprendizaje se da en un ámbito conflictivo y desordenado. Fíjese que un niño que está aprendiendo a hablar necesita que le repitan un mismo término unas 800 veces en contextos distintos para comprender la polisemia que tiene la palabra. No aprende mecánicamente esto significa aquello. Lo que estoy sugiriendo en mi trabajo es un camino inverso al que se está desarrollando antinaturalmente desde el sistema escolar: propongo ir desde el territorio a establecer el mapa y no al revés. Un ejemplo práctico: yo acabo de llegar a Mendoza desde Chile. Le pregunto dónde lo ubico. Si usted me da por teléfono todos los detalles de su ubicación, me resultará imposible llegar a encontrarlo. Pero si me da algunos indicios, como el nombre de las calles o cierta referencia, el resto de las peguntas me las haré yo y mediante el ensayo y error es mucho más probable que llegue a su encuentro. Normalmente, la escuela no permite este proceso de arriesgarse y equivocarse. Yo estoy convencido de que si los profesores dejasen que los alumnos hicieran preguntas sobre un tema, sin tener que dictárselo tal como está programado, los alumnos aprenderían más.

- ¿Se estará produciendo un temor a perder ese poder que da el saber más que el otro, acaso, y por eso el docente insiste con los métodos tradicionales?

- No hacen más que cumplir, nada más y nada menos, que con lo que el sistema escolar les ordena. Pero atención: esto está produciendo un fenómeno del que ya se habla hasta jocosamente y es que “los alumnos se han vuelto expertos en profesores”. Les han tomado el tiempo a cada uno. No aprenden, no saben, sólo les importa aprobar y saben qué deben hacer y cómo actuar ante uno y otro profesor. Los profesores viven de la ilusión de que tienen poder sobre sus alumnos. Aquí yace esa supuesta superioridad del saber sobre la ignorancia. Pero cuando una persona, ese profesor, por ejemplo, se pregunta sobre lo que sabe, empieza a diluirse ese poder. Los docentes del futuro tendrán que conformarse con ser buenos guías de sus alumnos para que sean éstos quienes encuentren las respuestas, más que obligarlos a repetir las respuestas que ellos creen que son correctas. La escuela actual es castradora y cerrara, es pontificadota. Por ejemplo, me imagino ahora mismo a un profesor diciéndole a su alumno: “¡Cómo se te ocurre decir eso si ya Newton inventó otra teoría!”.

- ¿Por qué últimamente tantos expertos están alertando sobre los déficit de fondo que tiene el sistema educativo y se sigue avanzando en reformas que son un reciclaje o una actualización de lo que se critica, pero no se cambia?

- Detrás de todo, hay poder y dinero.

- ¿Cómo enseñar y aprender?

- El ser humano propende a aprender con solo abrir los ojos. Esa curiosidad es castrada en la escuela y por eso, hemos aprendido a no aprender en la escuela. Y si no, miremos experiencias anteriores o diferentes a las de la escuela. Los niños indígenas hablan 5 o más idiomas sin haberse esforzado en estudiarlos, sino por necesidad o curiosidad. Mientras que la “educación indígena” oficial que es promovida por muchas reformas educativas, asume que basta enseñar desde categorías occidentales a un aymara sobre su cultura aymara para que conserve su ethos cultural. Pero lo único que se logra es acelerar su aculturación al convertirlo en boliviano, chileno o peruano, dado que el Estado está más interesado en consolidad la “unidad e identidad nacional” que preservar la identidad étnica basada en la diversidad. En definitiva, esto solo ya nos sirve para comprender que un niño que tiene una dificultad, se detiene en su búsqueda por un tiempo, hasta que encuentra 2su” camino y retoma el aprendizaje. Esa es la estrategia del chico para señalar: “no me esfuerces, en este momento no puedo”. Pero luego regresa y toma el desafío de aprender.

Hay que partir desde la simplicidad hasta una complejidad y, desde allí, hacia una complejidad mayor. Es imposible enseñar y aprender desde la nada a lo complejo, por obligación. La escuela actual es más bien “sumativa” y está agobiada por el “asignaturismo”, y yo propongo una mirada más holística.

- ¿Cuándo hablamos de este déficit del sistema escolar, nos referimos sólo a la educación inicial y básica?

- ¡No! Esto ocurre en todos los niveles y con mucha fuerza en la universidad. Las cátedras universitarias buscan transmitir un conocimiento de parte de alguien que sabe a alguien que no suponen los demás que no sabe. Funciona como un robot al que se le aprieta un botón.

- Insisto: ¿Cómo enseñar, cómo aprender?

- La persona tiene que sumergirse en el misterio que le provoca el tema que está abordando y los estudiantes deben proponer más preguntas que respuestas, ya que el conocimiento es una “relación de relaciones”. En el esquema escolar actual, por ejemplo, no tenemos desde donde “agarrar” la Naturaleza cuando es imposible ajustar la vida misma al contenido de una asignatura, de una materia. La mejor forma de comprender esto lo dio esta Asociación colombiana de4 la que saqué el término “disoñar”. Ellos no querían que las futuras generaciones vendieran el bosque en el que vivían. Se dieron cuenta que enseñando a que no hay que venderlo, no lo lograrían. Pues entonces, les enseñaron a amarlo. De eso no hay vuelta. Están seguros que lo amarán más que ellos. No hace falta pedirles que lo conserven. Ellos hicieron popular aquella frase que dice: “La tierra que habitamos no es un regalo de nuestros padres sino un préstamo que recibimos de nuestros hijos”.

 

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21 de Septiembre de 2014|23:10
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