Alberto Laiseca

"El arte empieza por la mentira"

Escritor.

Se había cuidado muchísimo antes de su presentación en la Feria del Libro de Mendoza –"ni un vaso de cerveza he querido tomar", confiesa tropezando con una insistente tos- a causa de un fortísimo resfrío con el que batalla para poder hablar. Sin embargo, su charla, titulada "La importancia del monstruo en los niños" fue impecable y nada impidió que su cavernosa voz capturara la atención del público el sábado pasado en la sala Elina Alba.

Autor de una veintena de títulos, Alberto Laiseca dice que inventó el "realismo delirante". El escritor, que llegó a una audiencia masiva gracias a sus programas de televisión Cuentos de terror, sabe que el suyo es un caso especial de "mucha admiración por mí y poca lectura de mi obra". Hace de la excentricidad su marca de estilo, con naturalidad subraya el carácter de personaje de sí mismo, un personaje vivo que recrea y amplía en cada gesto y puede decir sin aparente rencor que ninguno de sus libros ha sido traducido a ningún idioma.

Conoce la Argentina "sin asfalto", dice, ya que tuvo diferentes trabajos en distintas provincias. Hace 43 años que no visitaba Mendoza y se mostró complacido de regresar. "La Mendoza que yo conozco no es citadina. Yo conozco el campo que es donde he trabajado. Maipú, Las Carreras, Campo Los Andes, Tupungato. Esa es la Mendoza que conozco porque es donde yo trabajé de peón de campo. En la cosecha. Trabajé dos temporadas en la vendimia y en la cosecha de papas, aceitunas, zanahorias. Toda clase de trabajos duros", recuerda.

- ¿Por qué elige la oralidad para sus presentaciones?

- Si su pregunta indaga en el por qué de que a un escritor le interese la oralidad, es que en la oralidad empezó la literatura. Ha sido nuestra primera literatura. La tribu, todos reunidos alrededor del fuego, y uno, yo, que soy un miembro de la tribu, me pongo a contar historias y se divierten mientras comemos o tomamos algo. No hemos aprendido a escribir todavía. No hemos descubierto la escritura. Entonces lo único que tenemos es la oralidad. Contar historias alrededor del fuego. Decir: "cuando venía para acá se me apareció un dinosaurio". Y es mentira, todos saben que es mentira pero me escuchan porque les encantan mis historias y mis mentiras. Y bueno, ahí empieza el arte. Como decía Oscar Wilde, "el arte empieza por la mentira".

- ¿Cómo elige los cuentos que cuenta?

- Los elijo primero por lo que significan para mí. Entiendo que si significan para mí, como no soy una persona tan especial, van a significar también para los otros. Hay otra cosa, si significa para mí y logro internalizar el cuento, seguro que me las voy a ingeniar para dar lo mejor mío y brindarlo a los demás. Ese es el asunto. Ya que usted lo va a contar, usted tiene que ser el primero en amarlo. Después va a conseguir que la gente lo ame. Pero primero tiene que amarlo usted, sino no hay cuento.

- ¿Los recrea, los reinventa, los corrige cuando los va relatando?

- Sí, sí, bastante (risas). Les agrego cosas, les saco otras. Un poquito. Y las correcciones que hago son sobre todo correcciones ontológicas.

- ¿Qué tiene que tener un cuento para que usted lo elija?

- Pues no sé. Mil cosas. Hay cuentos que me han conmovido desde que era chico. Otros no, a medida que he ido aprendiendo a leer me he encontrado con grandes escritores a los que admiro. El cuento más admirado por mí, el que me parece más completo es La caída de la Casa Usher, de Edgar Alla Poe. Curiosamente no es el que más le gustaba a Poe. El decía que el mejor de sus cuentos era Ligeia. A mí Ligeia me gusta muchísimo, pero sigo prefiriendo La caída de la Casa Usher. Este es un cuento muy especial, muy completo. Muchas de las cosas que hay en el cuento no existían en la época de Poe y ahí se anuncia la pintura abstracta, la música abstracta. Tiene muchos elementos maravillosos. Desde chico amo ese cuento. El gato negro, por ejemplo, también. Y ya de más grande mi admiración por Poe como escritor está en Usher. Como profesional.

- ¿Qué es lo monstruoso para usted?

- El diccionario dice que monstruo significa "único en su especie". Esto no necesariamente implica que sea feo y malo. Puede ser lindo y bueno, pero monstruosamente lindo, monstruosamente bueno. Por ejemplo, en El Golem de Gustav Meyrink hay un rabino que se llama Shemajah Hillel que es monstruosamente bueno. Cuando cobra su mísero sueldo, los mendigos de Praga se pasan la voz: "Hillel cobró su sueldo" y le hacen el vacío, nadie se le acerca porque saben bien que si alguien le pidiera una limosna le daría todo el sueldo y morirían de hambre él y su hija. Hillel es monstruosamente bueno. ¿Cómo se puede ser monstruosamente lindo? Ella, She, de Henry Rider Haggard, también el autor de Las minas del rey Salomón, Ella o Ayesha es tan bella que tiene que ir perpetuamente velada, como si fuera una talibán porque simplemente que deje una mano visible ya basta para que los hombres se enamoren y vengan en tropel y ella que es muy poderosa se va a ver obligado a matarlos. Entonces para que no la fastidien prefiere ir perpetuamente velada. Es monstruosamente bella. Es única en su especie. El polo opuesto de Ayesha sería El fantasma de la ópera. ¡Qué obra esa, de Gastón Leroux! Siempre la recomiendo a todo el mundo.

- A propósito de su charla, sobre los niños, los monstruos y el mensaje aleccionador de los relatos infantiles tradicionales, ¿qué opina de la actual literatura para chicos?

- Cuando usted intenta mejorar enormemente las cosas, lo único que consigue es empeorarlas. Los que tratan de negar lo terrible lo único que van a conseguir es algo más terrible.

- ¿Cómo fue su experiencia de contar cuentos en la televisión?

- Muy buena. Me hizo crecer mucho porque sacó de adentro mío al actor. Todo escritor tiene un actor adentro, lo sepa o no. Porque hace actuar a sus propios personajes, entonces de ahí a actuar él hay un paso muy pequeño. Yo bendigo el hecho de que estar en la televisión me permitiera dar ese pequeño paso. También muchísima gente se me acercó, gente desconocida. Es muy lindo ver cuando algo de uno es bien recibido.

- ¿A qué atribuye usted que la literatura argentina tienda a la literatura fantástica?

- No lo atribuyo a nada en especial. Es así. Se nos da. Lo que sí, es que somos muy flojos en terror. Podemos hacer muy buena literatura fantástica y ciencia ficción, pero en terror andamos mal los argentinos. Yo mismo que admiro tanto el terror muy pocas veces pude escribir un cuento de terror. Generalmente, empiezo una idea y me sale otra cosa. Y el terror, cómo género, tiene lineamientos muy estrictos, muy claros. Se desvió un poquito y chau, a la mierda.

- No puedo dejar de preguntarle por Los Sorias, su gran proyecto literario. ¿Cómo fue persistir en su escritura durante diez años?

- Es mi obra fundacional. Eso no quiere decir que no ame otras obras mías, pero esta es la más grande, la de mayor aliento, donde he expresado de manera suprema mi cosmovisión. Es mi cosmogonía personal. La escritura duró tantos años porque yo tenía que crecer. Hubo tres Sorias antes de éste. Y los tiré. Todas las veces decidí empezar de cero. Esta es la cuarta versión. En realidad Los Sorias es la obra de mi vida. La estuve escribiendo, sin saberlo, desde que tenía nueve años, cuando empecé a inventar historias y mundo completos para defenderme de mi padre. Mi padre estaba totalmente loco.

- ¿Conoce a algún escritor mendocino?

- No (risas). Para qué le voy a mentir. Además qué mal quedaría yo si le dijera me gusta Juan y Juan no es mendocino. Es una mentira de patas cortas como decía Carlo Collodi en su Pinocchio. El que tiene una nariz larga tiene mentiras de patas cortas. Eso decía. Ultimamente leo muy poco. Salvo las cosas del trabajo, no leo nada.

Patricia Rodón

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