Javier Cercas

Javier Cercas: "Cargamos con la herencia de la violencia"

El escritor español publicó "El monarca de las sombras", en la cual reconstruye la historia de un antepasado suyo como un testimonio de la Guerra Civil Española y sus repercusiones en el presente. Entrevista con MDZ

La guerra deja sus marcas, muchas veces imborrables, en las ciudades, los pueblos, las familias y las personas que la sufrieron en carne propia. Incluso entre los descendientes de esas víctimas. Ese interés, esa necesidad de comprender qué fue lo que sucedió en el pasado terrible, lejos de las idealizaciones y las leyendas que los recuerdos sesgados de la memoria intentan profusamente construir, fue lo que motivó a Javier Cercas a escudriñar en la vida de un antepasado que participó en la Guerra Civil Española como miembro de las Falanges, los grupos aliados a la causa de Francisco Franco, una versión hispana del fascismo. 

El monarca de las sombras libro

Ese largo proceso de planteos, dudas, búsquedas y revelaciones culminó con la publicación de El monarca de las sombras (Literatura Random House), donde el escritor español reconstruye no solo la historia de Manuel Mena, el tío de su madre Blanca que, apenas saliendo de su adolescencia, ingresó a las tropas militares leales a Franco y, al poco tiempo, falleció en combate; también indaga en la historia de su familia y de su pequeño pueblo extremeño Ibahernando, y de cómo las tensiones ideológicas y políticas eclosionaron en esos contextos de la época, pero todo ello desde una perspectiva del presente.

En ese sentido, con el uso de algunas fórmulas que dieron resultado en varias de sus obras, el escritor español manifiesta el peso de esa herencia en las sociedades actuales, y no solo entre los españoles. Se trata de una visión universal de la carga que ejerce las prácticas violentas y bélicas a través de las generaciones, y promueve la búsqueda del entendimiento de estos sucesos para mejorar como seres humanos y evitar las repeticiones negativas. 

La publicación de El monarca de las sombras cierra un círculo abierto de hace muchos años. "Si quedasen cabos sueltos, nunca hubiese publicado el libro", aseguró Cercas a MDZ en Buenos Aires, durante su visita a la capital nacional para participar en la Feria Internacional del Libro porteña. De hecho, recordó que "Paul Valéry decía que 'los poemas no se acaban, se abandonan'; entonces, cuando no puedes mejorarlo, entonces está terminado". "Los libros tienen vida propia, y con el tiempo van cambiando; por lo tanto, quién sabe dentro de un tiempo", añadió Cercas. 

Siendo uno de los escritores más influyentes de las letras del mundo hispano, pese a que su modestia y humildad no terminan por convencerlo de ello, Cercas dijo una gran verdad: "Un libro es una partitura, y cada lector la interpreta a su manera. Por eso los libros son enriquecidos por los lectores, sino terminan siendo letra muerta". 

- Más allá de la historia de Manuel Mena, en "El monarca de las sombras" habla mucho de la España rural y profunda, de una época muy particular de la historia de su país. ¿Cómo fue el abordaje del libro, teniendo en cuenta que ya había publicado "Los soldados de Salamina"?

- Esta obra es muy anterior a Los soldados de Salamina. La historia la tenía en la cabeza desde siempre, porque es una de las primeras que me contaron. También es uno de los primeros problemas y una de las primeras preguntas serias que me he hecho como persona. Tiene que ver con mi familia y su pasado franquista, y con este chaval que luchó con los falangistas. 

Lo he abordado de una forma íntima y personal porque tiene que ver con mi familia, y no podía plantearlo de otra manera. Yo he tardado muchos años en escribir este libro. 

Cuando me preguntan por el tiempo invertido, la respuesta correcta es "toda la vida", porque, desde el principio, esa pregunta y ese personaje estuvieron presentes en mi, y yo tengo la impresión de que he estado aprendiendo, como digo en El punto ciego, a formular esta pregunta de la manera más compleja posible.

- También vuelca en las páginas lo que ha sido su proceso interno y su relación con la historia de Manuel Mena que, a su vez, está muy vinculada a la historia de su familia.

- El libro no habla del pasado, sino del presente, o habla del pasado en la medida en que todavía es presente. El pasado del cual conservamos memoria y testigos no ha pasado todavía, es una dimensión del presente, sin la cual este presente estaría mutilado. Esta obra también habla no solo de la guerra civil sino de la herencia de la guerra civil o, más generalmente, de la herencia de violencia con la cual todos cargamos y, cuando digo todos, hablo de los argentinos, los españoles, los franceses, absolutamente todos. 

En el fondo hay dos historias. Una es de Manuel Mena, que transcurre en el pasado, con la historia de mi familia y de mi pueblo, a través de las cuales quiero contar la historia de toda la España de aquel momento. "Pinta tu aldea y pintarás el mundo", decía Tolstoi, y eso es lo que hace la literatura: convertir lo particular en universal, porque lo que me ocurre a mi nos ocurre a todos, aunque sea desde un pueblecito muy pequeño. 

Y, por otro lado, está la historia que atañe al propio proceso de hacerse la novela, es decir, la historia de mis perplejidades, mis dudas, angustias, de mis investigaciones, de todo lo que he hecho hasta llegar a escribir este libro. Eso es muy frecuente en mis novelas, y de hecho veces digo que escribo novelas de aventuras sobre la aventura de escribir novelas, o sea que, además de contar una o varias historias, cuento el proceso de hacerse la historia, que a menudo, como este caso, es tan o más importante que la propia historia. Eso me parece muy importante.

- Es algo que no suele ocurrir. Por lo general, si bien el escritor tiende a volcar ciertas experiencias o sentimientos en los textos, no lo hace tan abiertamente. Aquí usted forma parte de la obra, incluso poniéndose como narrador en primera y tercera persona de forma alternada.

- Son dos narradores distintos, algo que es un elemento fundamental en el libro. Uno es un historiador, casi un notario, muy frío y objetivo, que intenta reconstruir el pasado con la mayor precisión, exactitud y frialdad posible que aquí se trata de la historia de Manuel Mena, de mi familia y mi pueblo; es un hombre que no puede inventar, y lo dice a menudo: "No soy literato, no puedo inventar". También habla de mí en tercera persona y me corrige. 

El otro soy yo, o alguien que se parece mucho a mí, que se llama Javier Cercas, y cuenta el proceso de hacer la novela. Es un narrador que se toma algunas libertades con la realidad. 

La novela surge de ese diálogo entre el pasado y el presente, la leyenda y la realidad y la historia.

- En España, pareciera que, actualmente, la Guerra Civil Española y la dictadura de Franco son más abordadas desde la literatura, mientras que la discusión política y social, a nivel público, es menos frecuente, a diferencia de lo que sucede con el pasado dictatorial en la Argentina. ¿Lo percibe de esa manera?

- Hay paralelismos entre lo ocurrido en Argentina y España, pero también muchas diferencias. Hay que pensar en que la Guerra Civil Española no duró tres años, sino cuarenta y tres, porque el franquismo no fue más que la prolongación de la guerra, por otros medios, acabando más tarde que 1975. En cambio, la última dictadura argentina se mantuvo por siete años. Además que en España, la dictadura surgió de una guerra civil armada con todas las de la ley. 

Es verdad que el debate político sobre este asunto quizás es menos acusado que en Argentina, y la cuestión literaria en España es fuerte, algo lógico. Siendo así que tenemos un problema grave: no nos hemos puesto de acuerdo sobre el pasado, y como no estamos de acuerdo sobre ese pasado, tampoco lo estamos sobre el presente. Los países necesitan un mínimo acuerdo sobre su historia, sin ello no existe un acuerdo sobre el presente.

- Ello se advierte en la entrevista que hace con David Trueba al "Pelaor", personaje que es reticente a hablar de la guerra y Manuel Mena ¿Es un reflejo de lo que le sucede a los españoles que vivieron todo ese proceso?

- No solo eso, sino que además es un reflejo de todas las personas que han vivido guerra y violencia. La gente que ha pasado por situaciones realmente espantosas no quiere hablar de ellas. Eso explica que, sobre el pasado de nuestras familias (no me refiero solo a los españoles) y de violencia penda una especie de nube y flote una suerte de niebla. 

Nuestros antepasados y nuestros padres tienen derecho a callar, porque una guerra es espantosa, pero nosotros tenemos la obligación de saber, porque cargamos con esa herencia de violencia, pese a que no nos gusta nada, y si sabemos en qué consiste podemos manejarla, caso contrario ella nos maneja. Quien no sabe de dónde viene, no sabe a dónde va. Nuestros antepasados somos nosotros, es decir, yo soy mi padre y mi abuelo, como mi hijo será lo que yo soy. La materia no se crea ni se destruye, solo se transforma. Mi abuelo está en mí, y él hizo la guerra, pero no es que yo sea culpable de las cosas que hizo, pero sí soy responsable de mi herencia, por lo que tengo que saber en qué consiste para entender de dónde vengo y a dónde voy.   

Para mi siempre había sido una fuente de angustia y una preocupación qué es lo que había hecho mi familia durante la guerra, ya que solo sabía que había sido franquista, y que el símbolo de esa adhesión inicial al franquismo había sido Manuel Mena, quien combatió con ellos y murió muy joven. Durante la guerra y en la retaguardia ocurrieron cosas terribles: crímenes, asesinatos, de todo. Quizás es uno de los motivos por los que tarde tanto en escribir este libro, necesitaba madurar para dotar de un significado universal a una historia tan pequeñita y particular como la mía. 

El silencio del Pelaor es el silencio de la gente que ha hecho la guerra, habiendo pasado cuarenta años en los cuales ese señor no pudo contar lo que le habían hecho a su padre.

- Por otro lado, su madre fue quien le contaba primeramente las historias sobre Mena, dado que era su tío y una persona muy querida por ella ¿Piensa que la idealización de quienes nos transmiten las historias familiares es un factor determinante a la hora de la construcción de nuestra responsabilidad?

- Es determinante y por eso tenemos que saber lo que hay detrás de esas leyendas. Es normal que para mi madre ese chico fuera un héroe, dado que ella tenía cinco años cuando estalló la guerra y siete al momento en que Manuel Mena se unió a la guerra y murió. Para ella era el hombre valiente que había ido a defender la religión, la Patria y la familia. Por eso, yo quería saber su trasfondo, la verdadera historia que se escondía, y en el libro hay un desmontaje de esa herencia. 

Me angustiaba comprender por qué ese chico hizo eso, y mi madre no lo sabía muy bien, yo quería averiguarlo. Ahora creo que ese chico fue víctima de los adultos. Los niños son los que hacen las guerras.

- Y quienes las idean son los adultos.

- Cierto. Esto pasa desde que el mundo es mundo. Ahora mismo también ocurre lo mismo con los yihadistas que se inmolan y matan a cincuenta personas, son gente muy joven. 

Manuel Mena es un ejemplo perfecto de eso, porque fue a la guerra llevado, como todos los chicos, por una idea falsa de la guerra, que la hemos tenido desde la Antigüedad: como algo hermoso, capaz de solucionar problemas, como el lugar donde los hombres dan la medida de sí mismos. "Dulce et decorum est pro patria mori", un verso de Horacio, es el lema de este libro: "Es dulce y honorable morir por la patria". Así han pintado la guerra los grandes genios de la Humanidad, y los niños se han creído que se van a encontrar con eso.

- De hecho lo manifiesta en la comparación entre los cuadros de Velázquez y Goya

- El cuadro de Velázquez [La rendición de Breda] es una idealización total de la guerra, donde los vencedores son compasivos y los vencidos dignos. Eso creía Manuel Mena y los chicos que fueron a la guerra, pero se encontraron la guerra de Goya [Los fusilamientos del 3 de mayo, Los desastres de la guerra]: un horror total, la violencia sin sentido, una abyección perfecta, como lo que es. Pasa que, cuando lo averiguan, es demasiado tarde, y se dan cuenta que han sido engañados. 

Por eso lo describo como un soldado perdido en una guerra ajena, como una víctima de esa idealización de la guerra y de las ideologías tóxicas, totalitarias y absolutas, que prometen el Cielo y acaban creando el Infierno, como así también fue víctima de los hombres que las crearon. 

Hay una frase terrible de Slavoj Zizek que dice que "detrás de todo genocidio, hay un poeta"; en un sentido amplio, se refiere a periodistas, filósofos, escritores y novelistas que crean estas ideologías que prometen sociedades perfectas, como el fascismo y el comunismo, pero que acaban en infiernos.

- También el pueblo es víctima de ello. Ibahernando parece ser ejemplo: hay campesinos con tierras y sin tierras que, en el fondo, sufren lo mismo; muchos cayendo víctimas de la ideología franquista, como su familia, en la creencia de una salvación, aunque también eran creyentes, al principio, de la Segunda República. Tal vez no pasaba tanto por la lealtad a una ideología, sino hacia dónde está la salvación.

- Si, pero hay ideologías que prometen la salvación total. Soy un fanático partidario de la democracia, porque no promete el Paraíso, sino algo muy mediocre: intentar mejorar las cosas. Eso es la política. La mentira es la promesa de un paraíso, quienes dicen eso seguro están estafando. El fascismo sí prometía el Paraíso y la Segunda República nunca lo hizo, hasta que lo esgrimió en algún momento, y ese fue su error, pero nunca estuvo en su naturaleza. 

- Parece que, después de más de sesenta años, la historia se repite.

- La visión totalitaria del mundo pregonada por el fascismo es un poco lo que está volviendo ahora en Europa, sobre todo, con el populismo. Vivimos en una época muy rara, que sacraliza la memoria pero olvida más rápidamente que nunca, y se nos ha olvidado lo que fue el fascismo, como la vanguardia cultural del momento: proponía una política épica, sentimental, soluciones globales y mágicas. En cambio, la democracia era lo aburrido, el charlamentarismo, una cosa de viejos. 

Manuel Mena es un hombre que lucha del lado de los ganadores, pero es un perdedor por partida doble: primero porque luchó por una causa que no era la suya, unos intereses que tampoco eran los suyos, sino de la oligarquía y la Iglesia, y luego porque lo perdió todo, incluida la vida.

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