Liliana Bodoc

"La literatura infantil no es un género menor"

Escritora "mendocina", autora de "La saga de los confines"

El territorio de la magia es su dominio. El precioso trabajo con la palabra escrita, su pócima. Creadora de mundos completos y complejos, dueña de un estilo único que la ha llevado a trascender todas las fronteras, Liliana Bodoc se ha convertido una de las más brillantes y poderosas voces de la narrativa contemporánea argentina.

Esta "mendocina" -nació en Santa Fe pero desde los cinco años creció, soñó y escribió en Mendoza- con la publicación en 2000 de Los días del Venado, primera entrega de la exitosa trilogía La saga de los confines revitalizó un género poco frecuentado en nuestro país.

Entre la alegría, el arrebato y el gozo de su lírica, viejos y nuevos lectores redescubrieron los placeres de la épica fantástica, en donde con una maestría implacable Bodoc construyó personajesy situaciones tan inolvidables como inquietantes. Celebrada por la crítica nacional e internacional, multipremiada, desde entonces la trilogía ha sido varias veces reeditada y traducida a decenas de idiomas.

Acaba de terminar de escribir la esperada segunda parte de Memorias impuras, su siguiente y estupenda saga. A Los padres, como se llamó la primera entrega, le seguirá Los huérfanos, que se publicará en septiembre.

Entre un mundo y otro, Liliana Bodoc también se ha convertido en un importante referente de la literatura infantil y juvenil con títulos como Sucedió en colores, Reyes y pájaros, Diciembre Súper Álbum (ilustrado por el maestro Luis Scafati), El mapa imposible y el recién editado Amigos por el viento.

Invitada a esta nueva edición de la Feria del Niño y el Libro de Mendoza, brindó ayer una charla ante un nutrido y entusiasta grupo de seguidores en el Museo Municipal de Arte Moderno. En diálogo con MDZ habló de sus necesidades verbales, de los prejuicios que rondan a los autores de literatura para chicos y adolescentes y repasó los éxitos de su carrera con honesta prudencia.

- ¿Por qué abordás realidades tan duras, como la mendicidad infantil o el secuestro de personas en tu último libro, Amigos por el viento?

- Acá se juntan dos cosas. Por un lado, una intención personal. Vos sabés que lo mío hasta ahora no ha sido el realismo ni siquiera en los cuentos. Y desde mi desarrollo como escritora me interesó ver qué pasaba con el cuento realista. Ver cuál era el registro que yo encontraba, en qué lugar del realismo me sentía cómoda y ver si es que podía. Lo tomé como un desafío personal y me gustó hacerlo. Y por otro lado, y esto me parece muy importante, es que creo que los adultos en general tenemos que empezar a observar cuidadosamente qué mensajes les estamos llevando a los chicos. Esos mensajes son mayoritariamente lenguajes alienantes, lenguajes enajenantes, mediocres, individualistas y estúpidos. Todo eso junto. Esto se pone muy en la palestra ahora, en las vacaciones de invierno. Ves los teatros, por ejemplo, saturados de un modo patético de remedos patéticos de una televisión patética. Y los adultos acceden a esa comodidad de llevar a los chicos adonde quieren ir, a un lugar donde no hay pensamiento, donde todo está premasticado y predigerido, sin darnos cuenta de que en realidad les estamos quitando una de las etapas fundamentales del aprendizaje que es el contacto con el arte. Me parece que donde pulsa el arte, donde llega el arte no llega ningún otro registro ni lenguaje de este mundo. Si un ser humano crece sin contacto, al menos aceptable, con el arte, va a ser un humano deficiente. Deficiente en su capacidad de razonar y de emocionarse. Porque esa es la gran tarea del arte, te enseña a trabajar las emociones.

- Concretamente, ¿qué te propusiste en este libro?

- Siempre le he tenido mucho miedo al planfleto, mucha aversión al dedo admonitorio del que se sirve muchas veces la literatura infantil y juvenil, tipo decálogo del buen niño y todas esas cosas. Mi desafío fue intentar tomar temas actuales, coyunturales incluso, como el de los niños en la calle o de los adolescentes complejos, procurando no perder el lirismo ni la puesta escénica que es fundamental. Creo que en literatura nunca hay que sacrificar lo estético por lo ético. Eso da muy malos resultados. Por eso, manteniendo la fuerza estética me interesó tomar temas actuales, cosa que yo nunca había hecho en mis libros.

- ¿Qué te imaginás que pasa por la cabeza de un chico de 12 años cuando lee estos cuentos?

- Tengo lecturas muy distintas e interesantes. Por un lado, tengo la devolución de chicos de una cierta condición social que se identifican con Amigos por el viento porque tienen una historia semejante. Pero mirá cómo me equivoqué. Fui al Instituto Inchausti, en Buenos Aires, es de menores y donde hay delincuentes de delitos leves hasta muy graves. Empecé a leer Amigos por el viento pensando que era una problemática que no les iba a importar. Y vi que sus caritas se iluminaban, que tomaban partido por un personaje o por el otro. Les gustó y me pidieron que leyera otro. Empiezo a leer Caramelos de fruta y ojos grises. Leí dos frases y se paró una chica. Cuatro frases y se fueron dos. Yo leía y ellas se levantaban y se iban. No podía terminar el cuento. Y las pibas se iban con todo el derecho porque habrán pensado "qué me viene a contar esta señora lo que a mí me pasó". Fue como ponerles un espejo y yo me quería morir. Me equivoqué al leer ese cuento en ese lugar.

- Comparando este trabajo con tus libros anteriores, decididamente en el registro de la magia, ¿qué es lo que rescatás a partir de la recepción de los lectores?

- Está muy buena esa pregunta porque una diferencia esencial en la recepción. Sucedió en colores va más en busca de la fantasía, del cuento oral, de la leyenda y se recibe desde otro lugar. Se recibe de un lugar más infantil, y no me refiero a la edad cronológica, sino a la captación como más primaria de las cosas. Como un encantamiento. Y con éste, el último, se lee desde un lugar más racional, se piensa y la recepción es más autorreferencial. La lectura es más intelelectual e incluso más psicológica en el sentido que obliga a cierta introspección. Yo como lectora prefiero el encantamiento.

- ¿Los chicos necesitan más literatura de fantasía e imaginación que temas reales y situaciones urbanas?

- A veces uno le pide a la literatura que te muestre lo otro, que te muestre un lugar diferente, extraño, algo que a mí me gusta mucho como lectora y como escritora. Esto no invalida que esa literatura sirva para el propio conocimiento porque desde el otro se conoce. Y hay un pedido, aunque no sea explícito, de que la literatura genere ese extrañamiento. Eso es necesario y salva.

- ¿Cuáles eran tus lecturas cuando vos tenías doce años?

- Todo lo que tuviera que ver con otros mundos, distintos, fantásticos. Siempre. Recuerdo que una vez yo estaba enferma mi mamá me trajo dos libros. Me dio el primero pensando ingenuamente que no me iba a gustar. Lo recuerdo perfecto. Era un libro grande, en papel grueso, con dibujos en blanco y negro. En la primera página estaba el dibujo de una taza de café con leche con un duendencito sentado en el borde. Lo amé al instante. El otro libro, que mamá me dio como diciendo "este es el que te a va gustar", era uno de Disney, en colores. Ni lo miré.

- Un informe reciente elaborado por Ediciones SM revela que la literatura infantil y juvenil es el motor del sector editorial. ¿Qué opinás al respecto como escritora exitosa?

- Me parece que, en general, las editoriales deberían trabajar más con catálogos y menos con novedades. Las librerías se atiborran con novedades, que muchas veces no valen la pena, y no le dan tiempo al libro. No le dan tiempo al catálogo y no le dan tiempo al lector. Pasan, pasan, pasan como cualquier otra mercadería. Eso desluce la literatura infantil y juvenil, la descuida. Incluso descuida al lector niño porque no tiene tiempo. Lo aplastan las novedades del mes siguiente. Excepto algunos autores que por calidad se hacen notar y permanecen. Hay una ansiedad por sacar novedades que es contraproducente.

- Cuando te referís a trabajar más con el catálogo, ¿incluís a los clásicos?

- A los clásicos y que le vayan dando tiempo a un libro a permanecer, para hacerse conocer, para hacerse querer. Tratándose de literatura infantil y juvenil, que vos sabés bien que tiene poca o ninguna crítica en los medios, si le das tiempo al boca a boca, a la recomendación, no pasa nada. Al quedar un libro, la editorial también puede cuidar más la calidad de lo que se edita.

- ¿A qué creés que se debe que, excepto en publicaciones especializadas, la literatura infantil y juvenil tenga tan poca crítica?

- Se subestima. Más allá de los discursos, porque si preguntás te van a decir que está muy bien y que la literatura infantil es literatura con mayúscula y sanatas por el estilo, pero en la práctica es absolutamente diferente. En lo académico, casi no hay cátedras de literatura infantily juvenil. No hay crítica. Hay un preconcepto de los escritores calificados como escritores para adultos de que el escritor para niños y jóvenes es un escritor menor. Que trabaja un género menor y esto se trasluce apenas vos rascás la cáscara. En expresiones, gestos, comentarios, evaluaciones. Hay mucha hipocresía de la academia, de la crítica, de los colegas escritores para adultos. Hay mucha hipocresía, mucha. Muy dificílmente traten con el mismo respeto a un escritor de literatura para niños que a un escritor de literatura para adultos.

- Que Graciela Montes, Emma Wolf, Antonio Orlando Rodríguez, ganadores del Premio Alfaguara de Novela, y Norma Huidobro, ganadora del Premio Clarín de Novela, provengan de la literatura infantil, ¿significa que puede estar cambiando esta valoración?

- Es posible. Es verdad que este es un fenómeno que hay que rescatar, que saludar. Sobre todo habla muy bien de esos concursos, de su transparencia, ya que se podría haber pensado que para los organizadores hubiera sido conveniente que surgieran otros nombres. Todos estos autores ganaron muy merecidamente esos concursos y todos provienen de la literatura infantil y juvenil. Yo siempre tengo la sensación de que quienes hacen literatura para chicos se ven obligados, si quieren hacer literatura, a bucear por lugares marginales del lenguaje. Tenemos que llegar a un lector que está en formación, y sabemos que tenemos que tener cuidado con eso. Pero queremos hacer literatura, queremos hacer estética, buscarle la vuelta al lenguaje, a sintaxis, al narrador, al punto de vista, a la estructura. Eso nos obliga felizmente a desembarazarnos de un montón de prejuicios, a escribir con más libertad. Y eso, llevado a la literatura para adultos puede ser una ventaja. No estamos tan encorsetados, nos animamos más por la escuela de escribir para chicos.

- ¿Cómo funciona tu cabeza cuando escribís para niños y cuando escribís para adultos?

- Uno se ubica como en una melodía diferente. De hecho me pasa, incluso me pasa con registros diferentes en cada uno de los libros. Es como que uno busca y busca hasta que encuentra la melodía, la nota correcta. La encontrás y te suena. Es como un sonsonete que tenés en la cabeza. Una vez que encontré el registro, ya estoy un lugar del lenguaje, del universo, diferentes y no se me mezclan.

- ¿Qué opinás del lema de la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Buenos Aires, "Ola libro", "ola" sin hache?

- Me parece que esta idea se tiene que justificar mucho, mucho, pero mucho, por el contenido de la feria, por el logo. Se tiene que justificar muy bien la falacia ortográfica. Y no es el caso. No crearía un ambigüedad ortográfica por tan poca cosa como un lema. No me parece que se justifique de ninguna manera. En esto soy muy clásica, muy profesora. Me sale solo. Me parece que tiene que ver con el rigor del pensamiento. Nadie le pide a las profesoras de matemáticas que resignen la exactitud de la matemática, lo cual sería una atrocidad, ¿pero a nosotros sí? ¿Por qué habría que resignar la correción de la lengua? Tiene que ver con la clase de personas que queremos formar.

- Terminaste la segunda parte de Memorias impuras. ¿Cómo ha sido la escritura de esta saga?

- Ahora está todo bien porque la terminé, pero ha sido ardua porque me costó, como corresponde. Con devoluciones de lo más disímiles, gente que dice que es muy superior a La saga de los confines y otra gente que no pudo leer Los padres.

- El protagonismo de las mujeres es ascendente en tus novelas. ¿Esto se debe a una voluntad formal, racional, de trabajar desde el género?

- No. Es cierto que hay un crecimiento de los roles femeninos. Pero en esto no ha tenido nada que ver una decisión voluntaria. En mi juventud tengo una historia casi misógina al respecto, y no me pesa decirlo porque es la realidad. Yo decía cosas como que "a mí no me opere una mujer", "que una mujer no me saque una muela", "las mujeres no sirven para escribir novelas" (risas). En serio, mis padres lo pueden corroborar. Después, dije, bueno, sí, Marguerite Yourcenar. Desde esa historia, que tiene que ver con un crecimiento personal, seguramente de una autoestima reforzada que me hizo revalorar el género, estoy escribiendo. Y ahora creo que las mujeres llevan la delantera en casi todas mis novelas.

- ¿Qué opinás de los estudios críticos de La saga de los confines que hacen una lectura ideológica de la trilogía?

- Me parece que desde mi lugar de autora de ninguna manera es posible una homologación directa entre La saga de los confines y un posicionamiento ideológico frente a la Conquista, más allá de que yo lo tenga y de que lo haya explicitado hasta cansarme. De que alguna manera mi concepción de que la conquista de América fue un genocidio subyace en La saga... Pero lamentaría mucho que me digan que se termina ahí, porque en todo caso mi intención fue hacer una creación ficcional que soportaba como referente la Conquista y las culturas originarias para hacer una propuesta literaria más amplia totalmente diversificada de mi pensamiento ideológico. De ninguna manera creo que se puedan tender líneas directas de ida y vuelta entre la La saga de los confines y la historia, entre La saga de los confines y mi posición. No es un ensayo. Es más, tiene riquísimas lecturas que ni siquiera registran el referente de la Conquista.

- ¿Qué te ha pasado a vos, en lo personal, a partir del éxito de esta trilogía?

- Indudablemente, mi día a día cambió mucho. Porque hay muchos viajes, muchos compromisos, ahora estoy participando del Plan Nacional de Lectura por ejemplo. Y eso te cambia lo cotidiano. Pero lo más impactante, lo más bello, si querés, es siempre el encuentro con los lectores. Hay tipos que te dicen cosas totalmente increíbles, que decís ¿cómo puede pasar esto con algo que yo escribí? ¡Qué bueno!, pero ¡qué raro! también. Ese camino que hacen los libros, de llegar a lugares insólitos en momentos insólitos. Hay lectores que me han contado anécdotas tremendas, otras preciosas, de saber que literalmente acompañan a enfermos, a moribundos. Un hombre me dijo que no podía podía morirse hasta no leer la segunda parte de Memorias impuras. Pero después decís, sí, claro, si a mí me pasó con este escritor y con aquel y con aquel otro. Es impresionante. Y si todo esto de algo sirve es para ir aceptando más tranquila la idea de la muerte. Es algo directo en mí. Porque la idea de la muerte siempre me ha rondado pero desde que cumplí 50 años, me ronda más. Y vos sabés que pasa a ser como un alivio inmediato. Y pienso qué pasó con este pibe, qué pasó con aquel señor. Creo que es una estrategia de supervivencia.

- ¿Cuántas fichas le ponés a Memorias impuras? ¿Más que a La saga...?

- Sinceramente, te lo digo con toda honradez, creo que Memorias impuras y quizá ninguna otra cosa que yo escriba, lo lamento pero creo que es así, va a superar en el buen sentido el fenómeno de La saga de los confines. Al principio esto me molestaba, pero después empecé a convivir con ello. La saga... se ganó su lugar, la escribí y la quiero con toda mi alma, se vende y se sigue vendiendo. Ahora se va a traducir al inglés, que era el idioma que faltaba. Y a mí se me hace que todo lo demás va a estar en segundo lugar. Cuando me di cuenta de esto, me enojé mucho porque pensé que me impedía el crecimiento. Pero después entendí que nada me impide nada, que yo tengo que seguir escribiendo y aceptar que Memorias impuras se va a leer menos, va a gustar a menos gente, que se va a traducir menos. Creo que tiene otro público y que tiene otro destino, pero creo que es difícil que le haga sombra a La saga...

- ¿Qué le aconsejás a un escritor joven?

- Un consejo que me animo a dar, porque no me siento de verdad en condiciones de dar buenos consejos, tiene que ver con lo que percibo. Tienen un apresuramiento por la obtención de resultados que no está en consonancia con el trabajo. Porque convengamos que hay dificultades para publicar, que las puertas de las editoriales apenas se entreabren, pero es cierto que hay gente que quiere editar cuando todavía a su libro le falta mucho trabajo. Incluso hay gente que me pregunta cómo editar y todavía no ha terminado el libro. ¡Pará! Terminá, trabajá. Trabajá. Hay muñeca, hay talento, hay ideas pero no hay constancia y conducta de trabajo. La novela demanda mucho trabajo, es muy lenta, tiene su tiempo, necesita madurar. El gusto por el trabajo, la alegría por llegar hasta la última instancia de la calidad de la que somos capaces es lo que veo que falta.

Patricia Rodón

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