John Carlin

"Por favor, démosle un poco más de dignidad al periodismo"

Periodista. Es autor de muchos libros, pero uno destaca más: El factor humano sobre Mandela, Sudáfrica, el rugby y la reconciliación de un país fracturado por el apartheid. Clint Eastwood dirigió la adaptación cinematográfica, Invictus, protagonizada por Morgan Freeman.

El periodista británico visitó Chile como invitado internacional del Premio Periodismo de Excelencia 2014 que entrega nuestra alma máter. En cuatro días Carlin dio entrevistas, dictó una charla magistral, reporteó sobre nuestro país —la corrupción, el fútbol— y aprovechó de conversar con Puroperiodismo (el portal de la Universidad Alberto Hurtado de Chile) sobre el ADN de nuestro oficio, de Twitter, de su trabajo de corresponsal y del proceso de escritura: “Es uno de los trabajos más difíciles que hay”, dice.

Es fanático del fútbol: el día de esta entrevista sólo ansiaba el pitazo inicial del Barcelona vs. París Saint-Germain por el pase a la semifinal de la Liga de Campeones de Europa. Resultado: triunfo por dos goles a cero de los blaugrana, su equipo predilecto.

Es autor de muchos libros, pero uno destaca más: El factor humano sobre Mandela, Sudáfrica, el rugby y la reconciliación de un país fracturado por el apartheid. Clint Eastwood dirigió la adaptación cinematográfica, Invictus, protagonizada por Morgan Freeman.

Y se define, sobretodo, como un corresponsal: un periodista que se mueve por el mundo y que desconfía de quienes ven a Twitter como un equivalente del periodismo.

Pero ese comentario —polémico, taxativo— fue al final.

Porque al comienzo, justo cuando empezamos a grabar nuestra conversación, John Carlin reconoció que cuando concede una entrevista lo hace como un acto de solidaridad con sus colegas: “Me han ayudado tanto a mí”, dice. Y agrega una prevención que, obviamente, desechamos: “Pero yo nunca considero que tengo mucho valor que decir. Yo soy el que entrevista, ese es mi trabajo. Lo hago, pero…”.

—¿Te gusta dar entrevistas?

Ni me gusta ni me disgusta. Pero digamos que podría pasar de ello olímpicamente y mi vida no sería más pobre.

—Cuando te ha tocado por tus libros imagino que tienes que dar muchas entrevistas y responder siempre las mismas preguntas…

Es una obligación, incluso está en el contrato con la editorial. Es muy frustrante. Casi la mayoría de las veces los periodistas me entrevistan sobre un libro nuevo y no lo han leído, con lo cual se vuelve todo un poco absurdo. Me acuerdo cuando salió la película Invictus en España, ufff… me llevaron a un hotel y me hicieron una entrevista tras otra, no sé, duró como seis horas, como quince entrevistas. Acabé agotado. Y claro, me sentía como un loro, repitiendo siempre lo mismo.

—¿Te has arrepentido de algo que hayas dicho?

No tengo un recuerdo traumático de nada en particular. Además, las entrevistas que hago no las leo. Prefiero mantener la ilusión de que lo que dije fue algo que valió la pena y no estropearlo leyendo o escuchándolo después. O sea, vivir en una especie de estado de negación de lo que puede ser la terrible realidad.

"No sabía nada de Sudáfrica"

Carlin llegó a Sudáfrica en 1989, como corresponsal del periódico inglés The Independent. No sabía casi nada del país, sólo datos aislados: “Que había un tal Mandela en la cárcel y que había algo muy terrible que se llamaba apartheid y poco más”, declara.

El corresponsal anterior del diario le dio algunas coordenadas para moverse, cosas básicas, “cómo pagar las cuentas”. Al poco tiempo contrató a un fixer, un productor local. “Él fue empleado del diario, un tipo de ahí, un zulú que había estado en la misma cárcel de Mandela un tiempo y que hablaba todos los idiomas. Eso no lo tuve en otros lugares”.

Era una época, dice, en que el periodismo tenía dinero.

—¿Cómo era la rutina en Sudáfrica? ¿Tenías que enviar reportes semanales?

No, era mucho más que semanal. En esa época hubo muchísimas noticias en Sudáfrica, me tocó un periodo espectacular. Un año después de llegar liberan a Mandela y ahí empieza todo el periodo de transición. Hubo simultáneamente un diálogo muy civilizado y muchísima violencia en las poblaciones negras. Escribí una media de cinco historias a la semana. Y había días de locos. El día que liberaron a Mandela me publicaron como ocho historias. Nunca trabajé tanto en mi vida. Una histeria.

—En una entrevista mencionaste que te negabas a ir a Irak por tu hijo. Cuando estabas en Sudáfrica, ¿tuviste temor de que te ocurriera algo?

Por supuesto, había muchísimo peligro. En Sudáfrica entrabas en lugares donde había una violencia absolutamente anárquica, la gente no sabía si yo era, por ejemplo, policía. Y muchas veces me preguntaba ‘qué carajo estás haciendo, estás loco’. Una vez que tuve un hijo mis prioridades cambiaron. De repente le di bastante más valor a mi vida y cuando el director deEl País me ofreció que fuese a la guerra de Irak, le dije que no. La idea de que yo muriese y dejase a mi hijo sin padre, por lo que además era una causa absurda… por lo menos en Sudáfrica tenía una sensación de estar aportando mi granito de arena a una causa importante. Había motivos para jugarse la vida, nobles, mientras que en Irak eso no lo vi.

—¿Aún estabas en Sudáfrica cuando se jugó el Mundial de Rugby en 1995?

No, estuve en Washington y la embajada sudafricana ocupó un bar, consiguieron la señal de satélite y era como estar en Sudáfrica. Los 200 sudafricanos que había en Washington estaban ahí.

—¿Te gusta el rugby?

Sí y no. No sigo el rugby, no te puedo decir ahora quiénes son los grandes jugadores de la selección de Nueva Zelanda. Pero cuando hay partidos importantes lo veo, lo disfruto. Yo jugué al rugby cuando era pequeño en el colegio, lo entiendo, me gusta, creo que es un gran deporte, pero nada que ver con mi fanatismo con el fútbol. Ahí sí que estoy informado de todo lo que está pasando.

—¿Sudáfrica ha sido el momento más vertiginoso de tu carrera como periodista?

Sí, ha sido la clave de mi carrera. Me tocó una enorme suerte. El corresponsal anterior a mí se fue por voluntad propia porque estaba harto de escribir la misma historia todos los días, de “el horror del apartheid”. Y justo yo llego y se desata una dinámica tremendamente excitante y había historias diferentes todos los días. Me tocó un momento épico de la historia de ese país y por supuesto estar ahí presente, en primera fila como periodista, observando el fenómeno Mandela. Independientemente de si hubiera hecho o no un libro después, este libro El factor humano u otros libros, aunque no hubiera ocurrido y nunca se hubiera hecho una película Invictus ni nada de esto, igual te diría hoy que esa fue la experiencia más emocionante y en la que más me involucré personalmente, en la que dejé más de mi sangre, sudor y lágrimas.

Escribir para entretener, no para cambiar el mundo

Le preguntamos por su relación con la lectura. Recuerda un artículo sobre Cassius Clay-Mohamed Ali, publicado en un periódico de Buenos Aires. Tenía seis años. “Casi puedo ver la historia, casi puedo ver la foto de él”, dice al evocar su temprana relación con los periódicos.

Ese vínculo sería la antesala de su oficio de periodista.

—Estudiaste Lengua y literatura inglesa en Oxford. ¿Cómo sientes que contribuyó a lo que has hecho en el periodismo?

Obviamente me gustan las palabras y escribir es lo que hago. Yo soy periodista más porque me gusta escribir que porque me gusta investigar. En la universidad cada semana tenía que escribir un ensayo, te daban un tema, no sé, ‘Dickens y las mujeres’, ‘Shakespeare y la política’, y lo tenía que entregar en una hora fija. Había algo de esa presión de periodista. Lo curioso es que siempre dejaba la escritura de este ensayo hasta última hora. Si el encuentro con el profesor era a las diez de la mañana, me levantaba a las cuatro y lo acababa a las diez menos cinco, iba en bicicleta como loco, llegaba. Esa cosa del deadline, del cierre, lo tenía ya metido en la cabeza. Aunque, claro, no salía a entrevistar gente y tal, pero tenía que leer muchísimo, absorber mucha información y después comprimirla, reducirla. Hay cierto parecido en el proceso ese y el del periodismo.

—¿Crees que se mantiene una división obsoleta, quizás, entre literatura y periodismo? Pienso en las palabras de Leila Guerriero, de que el periodismo también es una “forma del arte”.


Periodismo es algo muy amplio, tiene muchas posibilidades. Hay muchos géneros. Tienes la noticia pura y dura: “Cayó un avión”. Tienes que decir dónde, cuándo. Cuando das la primera noticia de ese avión y te pones a hacer literatura, a adornarlo con bellas frases, sería de muy mal gusto. No es momento para exhibir tu brillantez literaria, es el momento para informar de la manera más seca, contundente y auténtica que puedas. Si te cuento de la caída del avión, hay básicamente una forma de escribir ese primer párrafo. Si voy a Bangladesh, estoy una semana, entrevisto a muchas personas, tengo que hacer un reportaje de cinco mil palabras, existen mil posibilidades de cómo arrancar la historia y en qué tono hacerla. Así se acerca un poco más a lo que uno puede llamar literatura.

—¿Qué crees que tiene el fútbol que lo hace tan fascinante?

En mi caso es que simplemente lo mamé desde la infancia. Me crié en Buenos Aires y es muy difícil ser un pibe porteño y que no te guste y fascine. Un partido de fútbol es teatro en directo; por eso las películas sobre fútbol casi nunca prosperan, porque nunca pueden competir con la emoción y la tensión de ese teatro en directo. No me considero periodista deportivo. Sé que tengo compañeros que lo son de verdad. Y cuando escribo mi columna no es sólo sobre fútbol. Suele haber un componente social, político, antropológico, pero lo que procuro hacer es entretener a la gente. No tengo ningún solemne propósito de cambiar el mundo. Mi objetivo se reduce a que cuando la gente se toma su café por la mañana un domingo, que pase tres minutos más o menos divertidos leyéndome y nada más.

—¿Le falta eso al periodismo, salir del tono de solemnidad?

Depende del tema. Hay ciertos temas muy terribles, muy trágicos. Los novecientos inmigrantes que acaban de morir. Ahí no te vas a poner listillo. Me acuerdo que cuando llegué a Washington después de Sudáfrica, tenía un compañero del Independent, un grandísimo escritor, que además era hermano de John le Carré. Seguimos muy amigos. Me dijo que para él era importante, con tal de que el tema no sea trágico y tal, que un artículo tenga dos o tres “smile lines”: líneas que te hagan sonreír. Hay que distinguir entre la solemnidad y la seriedad. La solemnidad en el tono puede ser algo bastante aburrido. Uno puede mantener la seriedad y al mismo tiempo provocar que la gente, no sé, responda con una leve sonrisa en el quinto párrafo del artículo. Y además, si una persona sonríe estás logrando lo que quieres: una reacción emocional del lector.

—Mencionaste que te gusta más escribir que la investigación…

Es lo que me llevó al periodismo. Yo no llegué al periodismo con ningún afán de conseguir exclusivas. Lo que me llevó es que tenía una necesidad de escribir. Para mí siempre lo más complicado es cómo armar la historia. Y siempre estoy pensando en el producto final, en lo que voy a escribir.

—¿El proceso de escritura te parece placentero o tedioso?

No, tedioso no. Pero difícil. Siempre. Pasan los años y nunca es más fácil. Siempre es igual, empezar de cero con la página en blanco. Yo creo que es uno de los trabajos más difíciles que hay.

Twitter y periodismo: mundos distintos

—No eres un tuitero muy frecuente.

Soy muy infrecuente. Lo hice con bastante frecuencia hasta junio del año pasado durante un año, algo así, y ahí tuve que empezar a escribir mi libro en serio. Y pensé: ‘Mira, esto me está consumiendo energía mental, me tengo que dedicar cien por cien a esto’. Y lo dejé.

—¿Pasabas mucho tiempo en Twitter?

No mucho tiempo pero el simple hecho de estar ahí me restaba tiempo, energía, del libro. Quería concentrarme en eso. Y no escribí ningún tuit en nueve meses. Había pensado dejarlo para siempre pero mi hijo me convenció que debía volver para, por lo menos, anunciar que salió un artículo mío. No pienso volver a Twitter como antes, haciendo comentarios sobre la política o el fútbol. Ya no quiero, no me gusta. Todo el mundo me dice: ‘Tienes que hacerlo, es bueno para tu carrera, incluso se puede traducir en más dinero’. Bueno, pues, estoy dispuesto a sacrificar el dinero, la fama. No me gusta mucho ese mundo tuitero.

—Tu biografía en Twitter dice: “Esto es Twitter, no es periodismo” (“This is Twitter, not journalism”). ¿Podrías precisar esa diferencia?

Periodismo es para mí todo lo que tú y yo hemos estado hablando aquí. Es armar una historia con todo el trabajo que eso conlleva, primero de investigación, de entrevistas y tal, y después lo increíblemente difícil que es estructurar un artículo que funcione. Y entre eso y escribir 140 caracteres, un pequeño comentario… pertenecen a dos mundos. Yo no veo realmente la conexión. Por favor, démosle un poco más de dignidad al periodismo, a lo difícil que es ser periodista. Twitter lo puede hacer cualquiera. Se supone que nosotros hemos desarrollado ciertas técnicas y habilidades. La gente que dice que Twitter es periodismo… me parece ridículo.

—Dijiste que te gustaban las palabras. ¿Cuál es tu insulto favorito?

No es un insulto, es una palabra que he aprendido acá en Chile estos últimos días. Es “emputecido”. Los chilenos están emputecidos. Eso me gustó. Lo voy a incorporar a mi vocabulario. Y también el verbo “basurear”. Voy a ver si lo meto en El País para confusión de mis lectores españoles.

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(*) Material cedido por Puro Periodismo, de la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Clic aquí para conocer más.

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