Sergio Osvaldo Buenanueva

"La pluralidad religiosa enriquece la vida social"

Obispo auxiliar de la diócesis de Mendoza

Sergio Osvaldo Buenanueva es conocido como un hombre de Dios por su rol de vocero del Arzobispado de Mendoza. Sin embargo, la semana pasada desde la diócesis se dio a conocer que este sacerdote será el obispo auxiliar que acompañará a monseñor José María Arancibia en la conducción pastoral.

Con 44 años, lleva más de media existencia al servicio de la Iglesia. Muy estudioso de la palabra y puntual en sus opiniones, Buenanueva se ordenó como sacerdote con 26 años. Un par de años, precisamente en 1989, junto a su padre –ya jubilado- recibió el diaconado permanente. Una dicha que pocos padres e hijos eligen vivir juntos, pero que los llenó de gracia de Dios, a quien siempre, como familia, le consagraron su vida.

Con la idea de hacer más fuerte la presencia del obispado en las comunidades parroquiales, el presbítero emprenderá la tarea a partir de setiembre, mes en que será ordenado. El nuevo cargo –ocupado por última vez en 1991 por Rafael Rey- significará un cambio radical en la agenda de Buenanueva, quien confiado en Jesucristo reconoce que asume la tarea con alegría y paz.

- Si a los 26 años recibió el orden sagrado, ¿a qué edad entró al seminario?

- Entré muy joven, a los 16 años. Terminé la secundaria, 4º y 5º año, en el seminario. Después arranqué con los estudios filosóficos y, después, teológicos en Córdoba.

- Una vida entregada a Dios...

- Sí y vengo de una familia católica. Mis padres son viejecitos y viven en San Martín, de donde soy oriundo. La fe de mi familia es muy grande y eso lo he vivido desde chico. Desde que tengo uso de razón quise ser sacerdote y tenía ese deseo en el corazón. Cuando empecé la secundaria me apareció la otra vocación: la docencia. La vida me ha llevado por un camino en el que las dos cosas puedo hacer y combinarlas porque soy sacerdote y estoy en un seminario, formando y educando jóvenes.

- ¿Cómo lo encontró esta noticia de que será obispo auxiliar de la diócesis?

- Una amiga religiosa me envió un mail y me dijo: “vi el diario y veo dos nombres mendocinos: Cobos y Buenanueva” (risas). Me sorprendió porque hace 15 años que estoy en el seminario, de los cuales 10 son como rector. Ya había hablado con el arzobispo sobre dar algunos pasos para completar mi formación académica. Hice la licenciatura en teología y tenía muchas ganas de hacer un doctorado. Tenía un tema divisado, pero este año metí las cosas en el freezer porque las actividades pastorales y académicas han sido muy intensas. En julio, cuando tuve que presentarme en la Nunciatura, me imaginé que algo de esto venía. Me estoy dando cuenta que me ha cambiado la vida en muchos aspectos. Es una misión y así lo tomo como hombre de fe. Una misión recibida de Cristo que implica un compromiso de servicio más grande con la Iglesia y más allá de esta, con la sociedad. Sorprende, inquieta, pero tengo dos sentimientos muy lindos en mi corazón: alegría y paz.

- Supongo que lo debe saber bien que cada decisión de Dios es un salto al vacío y que, para el que cree eso simboliza abandonarse en la providencia...

- Exactamente. En el año 2004, hice los ejercicios de San Ignacio que hacen recorrer la vida. Me di cuenta que ha habido momentos cruciales, en los que he seguido, un poco como Cobos, la voz de mi conciencia. Sigo la voz de Dios y saltó en el vacío. Así se han ido dando las cosas en mi vida y ahora estoy en esa actitud.

- El nombramiento del cargo se debe por la complejidad del trabajo pastoral de la diócesis de Mendoza.

- Es una de las diócesis más grandes, en cuanto a la población, de la Argentina. Son 1.300.000 habitantes. La distribución geográfica plantea un conurbano importante y una realidad pastoral que ha ido creciendo. Del año ’80 a nuestros días la cantidad de sacerdotes ha subido muchísimo. También el número pequeño de sacerdotes, lo cual es otro aspecto de la complejidad pastoral: crece la realidad social y cultural. La Iglesia también está creciendo pero a un ritmo que nunca es proporcionado al crecimiento de los desafíos. Por eso, Arancibia vio la necesidad de contar con una ayuda y así llegó la designación.

- Es una buena noticia para la comunidad, luego de una semana abrumada por el caso del cura valenciano que los estafó.

- Fue un momento difícil, pero con el obispo vimos claro que teníamos que explicar cómo fueron las cosas. Ser muy honestos, contar la verdad de los hechos y pedir disculpas por el error que cometimos. Hay que obrar con rectitud de conciencia ante Dios y ante el pueblo de Dios. La Iglesia tiene exposición pública. Es una institución visible que desarrolla una labor muy grande en la sociedad y es lógico que nuestros errores pesen. Pero, también es mucho el bien que hace y ese es su gran capital.

- ¿Usted considera que debe mayor equidad de las confesiones religiosas en nuestro país?

- Gracias a Dios, Argentina es un país que, por la inmigración y la convivencia de décadas de distintos grupos religiosos, tiene un clima de libertad religiosa conquistado, Creo que todo paso que demos para consolidar la libertad religiosa es importante. Hay que combinar la presencia de una religión católica –que es previa a la constitución de la Nación y que sigue siendo mayoritaria- con la presencia de otras creencias cristianas, como los protestantes, y con nuevos grupos religiosos. La pluralidad hace a la riqueza de la vida social. El disenso no nos tiene que asustar y lo hemos visto en estos días. Transformar el disenso en una pelea de enemigos no conduce a nada.

- Esto serviría para mostrar un panorama más real de la situación religiosa del país. Se dice que la mayoría en Argentina es católica, sin embargo, las mismas personas hacen una diferencia entre los practicantes (que van a misa, por ejemplo) con aquellos que no.

- El catolicismo sigue estando en las raíces de muchos de los valores espirituales y culturales de la sociedad. La Iglesia reconoce que es menor el porcentaje de católicos que participa en misa y activamente en nuestras comunidades cristianas. Pero, tampoco queremos descuidar a la inmensa mayoría de católicos que se reconocen como tal en los grandes centros de devoción popular: aquellos que van el 11 de febrero a El Challao, o el viernes santo al Calvario, ahora viene el 7 de agosto. La Iglesia siempre va a estar atenta aunque sea a una mínima expresión religiosa de las personas para sostenerlos y ayudarlos a madurar en su fe.

- No perder el rebaño...

- Exactamente. Porque si no lo hacemos, la Iglesia se convierte en una secta de unos poquitos, que son los puros, los que viven el Evangelio, los que tienen todo claro y miran con desprecio a los demás. En todos los grupos católicos, por derecha o izquierda, conservadores o progresistas, siempre ha habido esa tentación fuerte de convertir la Iglesia en un grupo selecto de puros y limpios. El papa Benedicto suele decir, comentando las palabras de Cristo, que la iglesia es una red con peces buenos y malos; un campo donde crece trigo y cizaña. De la Iglesia, forman parte los pecadores también. Una Iglesia sin fisura sería inhumana.

- Lo que pasa es que esto le plantea al ser humano lo difícil que es aplicar el Evangelio.

Es el gran desafío de siempre. Pensaba en estos días en qué tendría que centrar mi misión: anunciar la persona de Cristo que es la gran riqueza de los cristianos, haciéndome consciente de que el Evangelio es difícil pero, primeramente, es gracia. Ayer, me llamó monseñor Rey –quien ocupó este cargo- y me dijo: “La misión es difícil pero nunca te va a faltar la gracia de Dios”. La experiencia me lo dice, cuando he saltado en el vacío no me ha faltado la ayuda de Dios y de las personas.

- ¿Qué cree que le duele a la sociedad de la Iglesia?

- Dos cosas. Primero, la incoherencia y el antitestimonio. A veces lo negativo, en una sociedad como la nuestra, pesa más o parece que fuera más real que lo positivo, que es infinitamente más grande. San Pablo dijo “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Creo que lo que pesa mucho a la gente es percibir la coherencia, que decimos una cosa y hacemos otra. Lo segundo sería es que el cristianismo se ha percibido como un gran no: no al placer, no a vivir la sexualidad, no a vivir al amor. Es verdad que el cristianismo dice muchos no, pero porque dice un gran sí: sí a la vida. Este es un gran desafío como evangelizadores mostrar que esta religión es un sí de Dios al hombre.

- Cambiamos la pregunta, ¿qué le duele a la Iglesia de la sociedad?

- Creo que más nos duele, al menos a mí, la diferencia frente a Dios. El individualismo tan fuerte que vivimos expulsa a Dios de nuestras vidas. Para mí, la fe en Él es lo que me sostiene en la vida pero también en la muerte. Con la fe se vive y se muere. Cuando Dios desaparece de la vida de las personas o del horizonte de la sociedad, una gran tristeza y un gran vacío sobrevienen. Me parece que ese es el drama del ateísmo en todas sus formas. Lo digo con mucho respeto, pero también con mucha verdad.

- Desde el rol de rector del seminario, tiene que trabajar con los jóvenes. Tal vez, a ellos es a quien más cuesta mostrar que la Iglesia es también divina cuando la ven tan humana.

- La experiencia que tengo es grande y limitada a la vez. Los jóvenes entran con una gran ilusión al seminario, pero con el tiempo se encuentran con una confrontación muy fuerte consigo mismo. Apenas me enteré de mi designación, lo primero que pensé en los seminaristas, a quienes amo de corazón porque la vida me ha vinculado a la vida de ellos. Un joven es una riqueza, incluso cuando meten la pata. Creo mucho en ellos. La Iglesia tiene que renovar su trabajo con los jóvenes y plantearse, una y otra vez, como ayudarlos para acercarlos a Jesucristo. A mí me da rabia cuando presentan a la Iglesia como una especie en extinción. Hay una actividad tan grande en nuestras parroquias y colegios, donde religiosos y religiosas luchan contra la corriente para sustraer a los jóvenes de una cultura de muerte y desidia.

- ¿Qué es lo que más disfruta de su actividad pastoral?

- Tres cosas. Primero, por lo que me hice cura, que es celebrar misa. Apenas me ordené me impactó muchísimo la importancia que tiene para los cristianos la misa del domingo. Celebrar bien el culto es una experiencia de Dios muy grande. Lo segundo es el anuncio del Evangelio: en dos campos, en la homilía que es el aterrizaje de la palabra de Dios a la vida de las personas, y en, lo que hago con pasión, dar clases. Le dije al obispo: “esto no lo quiero dejar”. Vivo con pasión abrir a los religiosos y a los laicos el tesoro de la fe y la teología. Lo tercero es algo que nunca imaginé que sería tan fuerte: acompañar a las personas. Un muchacho que ingresa a los 20 y lo acompañas durante 8 años es muy intenso porque lo vas conociendo en todas las cosas: te cuenta lo que vive, las crisis que tiene, que entró al seminario con alegría pero se enamoró y no sabe si Dios lo llama y tantas cosas... Es una gracia enorme y todos los días agradeceré a Dios por esa experiencia humana, espiritual y sacerdotal que me deja vivir.

- ¿A qué le gustaría abocarse en esta nueva tarea?

- Quisiera dedicarme a animar a los laicos. El laicado de Mendoza es muy fuerte pero, creo, que necesitamos mayor presencia pública de los laicos en la vida social. Una intervención con respeto porque no queremos imponer la fe a nadie. Creo que los católicos tenemos una concepción del hombre y del bien del común de la sociedad que debemos proponer a todos.

- En esta misión que emprenderá, ¿qué le pide a Dios?

- Dos cosas: una fe grande y alegría para comunicar esta fe en Él.
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