Gregorio Manzur

"Vivir lo que hay que vivir, esa es la aventura"

Escritor, periodista, actor, director, bailarín y maestro de Taichi Chuán.

Gregorio Manzur es un ser extraordinario. Su vida es tan rica y su recuerdo tan pródigo, que no es posible acercarse a ella, si no es a través del largo aliento de las palabras. Escritor, periodista, director de cine, teatro y televisión, bailarín, actor, maestro de Taichi Chuan formado en Shangai, productor y poeta, este bello hombre nació en Mendoza en 1936 y vive en Francia desde 1965.

En la provincia, hizo teatro junto a la recordada Galina Tolmacheva y dirigió televisión en el Canal 7. Hizo televisión en Nueva York y de cine en Paris. Hizo radio en RFI Radio France Internationale y produjo radio en France Culture. Sus libros (novelas, poemarios, cuentos) fueron publicados en nuestro país y en Francia y España.

A veces, pocas veces, los periodistas sentimos que es un desperdicio dejar de lado fragmentos de una entrevista. Este es el caso. A los 72 años, Gregorio pone sobre la mesa todos y cada uno de sus recuerdos y se dispone, desde Francia, para una charla que va y viene vía electrónica y que quisiéramos fuera monólogo y que intentaremos sea eterna. Quien quiera entrar al mundo de Gregorio Manzur, que entre.

- Espero, Gregorio, que esté dispuesto a charlar largo, largo y tendido, porque su vida es francamente apasionante. Para empezar, cuénteme por favor de su infancia en El Algarrobal.

- El Algarrobal de mi infancia era un vergel de viñedos, frutales, surgentes de agua cristalina, chacras rebosantes, cielo visitado cada atardecer por miles de luciérnagas que sobrevolaban las viñas; yo pensaba que el cielo descendía con sus estrellas. Los vecinos eran de vieja raigambre y nos conocíamos todos. Compartiendo todos los acontecimientos importantes de la vida: nacimientos, casamientos, sepelios, los estudios que seguían algunos, las vicisitudes de la piedra que molía las cosechas, los años de bonanza motivando celebraciones de la cosecha, con nuevos proyectos bajo sus alas, viajes divorcios. Yo tenía, y sigo teniendo, varios ahijaditos, puesto que el padrinazgo entre nosotros nos acercaba más aún; los velorios duraban tres días en presencia del finado o la finadita. Se reunían los parientes y vecinos, pasando noches en vela, matizadas por el café caliente y alguna copita de grapa; cuentos de miedo que el círculo de hombres evocaba a soto voce, o algunas bromas con dejos de erotismo, cosa de darle la contra a esa muerte que merodeaba. Algunas viejecitas lloraban junto al féretro, animando a los deudos a dar cause libre a sus lágrimas. Alguna vez asistí a desgarramientos de un hermano, una madre, al ver alejarse la carroza con sus coronas, tirada por negros caballos y al mando de funebreros de rígida negrura. Los casamientos tenían lugar bajo las constelaciones, en algún claro entre frutales, con mesas repletas de comidas caseras y vino de la casa (hecho a pata). Yo solía llegar temprano, precediendo el regreso de los recién casados, cosa de saborear aquel ambiente sereno que precede la algarabía. Todo estaba hecho y ahora la nueva familia era promesa de felicidad, de nuevos hijos, nietecitos y un futuro a cielo abierto. Otras bodas tenían lugar en el Salón del Club Algarrobal, lugar casi sagrado que atesoraba sucesos vividos por tantas generaciones. Allí venían las orquestas de tango, made in Mendoza, o bien aterrizadas desde Buenos Aires, con ese sabor de auténtica garúa tanguera, es decir, nos traían la historia de una ciudad que pensó, sufrió, amó, vertió en sus acordes la nostalgia y la esperanza de recuperar algún día el paraíso perdido. ¡Ah! el tango porteño. Verdadera joya cultural, musical, humana poesía donde aún seguimos vehiculando nuestros sueños. Yo, niño aun, me subía al escenario y me escurría entre los bandoneones, cosa de oírlos con la piel, con la sangre fresca de aquellos años, y los músicos se miraban entre sí, sonriendo. También acudían los conjuntos locales de jazz (se decía “jas”), que más valía evitar. En ese antro de anhelos que era el Salón, años más tarde habrían de jugarse los primeros sobresaltos de mi adolescencia, cuando la muchachita ansiada vestía atuendos de diosa, sus ojos evocando, desde luego, el lucero del alba; bailando a tropezones los primeros valcecitos, previendo que la voz saldría adulta al hablarle al oído y no aflautada como lo imponía aquel paso crucial hacia la adultez. Luego llegó la hora del Balneario Algarrobal, con sus piletas de natación y su pista de baile (mosaicos amarillos). Escenario de tantas bravatas de mocetones atrevidos que éramos, o pretendíamos ser. Desde lejos mirábamos las chicas que sentaditas bajaban los ojos, custodiadas de cerca por madres que languidecían al “montar la guardia de la honra”. Allí nuestras primeras decepciones, o las súbitas alegrías, las de sentirse amados o las otras, negadoras del amor que ya vibraba en nuestros pechos. También explotaban, de tiempo en tiempo, peleas a castañazo limpio entre muchachotes, cosa de alimentar la hombría. Ese tiempo también marcó mi apego hacia el billar. En la cantina de don Elías Muzaber, las tertulias no faltaban entre billaristas afamados, salpicadas por taqueadores imberbes como yo. Mi profesor fue un tan Manuel (que yo evoco en mi novela “Sangre en el ojo”) Calzaba gorra a cuadritos y la visera le ocultaba los ojos. Callado, meticuloso, ensartaba las carambolas como rosario en misa, y acogía los halagos con parcimonia. Él me enseño ciertas pautas que me permitieron enfrentar a compadritos de los Cuarenta Billares, de la ciudad. Jugar al billar era visto por la gente honesta del pueblo como un desvío, haciendo que el chocar de las bolas cobrara aires de aldabonazos de protesta y libertad. Recuerdo que un día al oír le coro de la procesión, salí a la vereda enarbolando el taco y mirando altanero al sacerdote y a cada uno de los penitentes que discretamente se persignaban acelerando el paso tras la Cruz. Las  damas del catecismo, donde tantos premios yo había ganado, con pañuelito de seda se secaban las lágrimas. Pero vinieron los estudios secundarios en la escuela Martín Zapata, sumados al atletismo en YPF (donde Gustavo Nudelman, el entrenador, me gritaba cuando afrontaba los 400 metros: “largue las piernas, ¡vamos!, libere el paso, respire a fondo, alce la mirada!), también remar en el Club de Regatas y desde luego practicar Judo (con trabas y estrangulamientos que me asustaban). El billar se perdió entre el humo de los puchos, ahora jugaba al básquet, natación dos veces por semana, iba en bicicleta al centro, en invierno tiritando bajo un pasamontañas, excursiones con mochila a los cerros, hasta que llegó mi primera moto. Una Vespa nerviosa que me arrancó del ancla algarrobalina para lanzarme a pleno mundo. El último ómnibus de la línea 41, partía del Centro a las 21 horas. Si lo perdía tenía que venir hasta Bermejo y de allí patinarme tres kilómetros de negrura; perseguido por los perros, y mordido a veces. Entonces la motoneta cobró alas, cargando angelitos de frescas mejillas y pechitos en cierne, que me volteaban el seso. Alas que casi quebraron al llegar la guerra entre rockeros y tangueros. Añado que la Vespa era vista como adhesión al peronismo, ya que el jefe máximo regalaba esos juguetitos a sus acólitos o pupilitas (la mía fue pagada por mi padre, que Dios lo bendiga). Las calles del Centro veían llegar las bandas contrarias y cortando ramas de los plátanos darse garrotazos o trompadas en nombre ya de gaucha tradición, ya del próspero internacionalismo. Darienzo contra Elvis Presley; The Beatles versus Gardel. Yo evité esas contiendas y lamenté, por el contrario, mi alejamiento de las cuadreras en Algarrobal. Siempre quise ser jinete, pero a causa de los estudios, o de la moto o por aquello de que “al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen”, la cosa es que siempre me voltearon los pingos. Pero nada me impidió admirar a esos ganaderos que venían de tierra adentro, o de la sierra, con sus tropillas de un pelo y las paseaban con fingido desgano, antes que arremetieran las apuestas y el enturbio de las carreras. En Paso Hondo, a ambos lados de la cuadrera de mil metros de tierra pisada, se alineaban resoplando los Pegasos, al tiempo que billetes de variados colores vibraban junto al grito del apostador “¡Cincuenta pesos al Tobiano!” “Voy con ciento cincuenta al alazán1” “¡Pago!”, latigueaba la respuesta seguida del burbujón de patacones que golpeaban la tierra y que jueces contarían con calma y prolijidad. Y ahí se largó, ¡caraaaaaajo! Con el correrío de niñitos y el pueblerío detrás, tratando de descifrar entre polvareda y distancia el rostro sudoroso del vencedor. Algunas veces brillaron puñales, o se ensartaron en el montón de billetes hasta que se dirimiera el embrollo. Pasado el susto, los ganadores ofrecían chorizos y costillitas chirriantes, empanadas bien jugosas, vino a discreción y ya saltaban los cogollos en su honor al son de las vihuelas y no faltaba algún malambero estremeciendo el suelo, que esta es tierra de guapos, ¡Ahijuna!... En suma, El Algarrobal constituía un núcleo humano independiente. Soberano. Con límites establecidos y familias integradas al grupo que se conocía a sí mismo “con piojos y melindres”. Amores y amoríos sobraban, comadreos no escaseaban y hasta odios seculares martillaban las sienes, pero el poblado ocupaba su asignado lugar -con su dejo de orgullo- en el vasto mundo. Mis recientes regresos me mostraron el apagón del otrora lento transitar de inviernos y primaveras, con algún que otro pajuerano o algún raro emigrante, con aquellos que morían dejando tranquera abierta para las nuevas guaguas, cosa de perpetuar la especie, mientras que en lo alto no aflojaban el brillo ni Regina Astris ni el Astro Rey.

- Usted estudió Arte Escénico en la UNC, ¿cómo era aquella universidad que dirigía por entonces la recordada Galina Tolmacheva?

- Mientras proseguía mis estudios en la escuela de Comercio, participaba en montajes de obritas camperas en El Algarrobal. El director era Aroldo Montenegro y nosotros los torpes intérpretes. “Ilusiones del viejo y de la vieja” fue uno de aquellos atrevimientos, que nos hablaba del anhelo de los padres, emigrantes de Italia, de Polonia, de Valencia, por ver a sus hijos graduarse en alguna universidad, y no sucumbir al vicio naipe o de los burros. Terminado el estreno en el Salón, honrado por la presencia de maestros de la Escuela Nacional Número 82, del Presidente del Club y destacados moradores, una de las maestras, la Señorita Delia, me dijo “vos tenés talento de actor, ¿por qué no vas  a estudiar en la Escuela de Arte Escénico?” Ese fue el destello de la estrellita que me llevaría hasta doña Galina Tolmacheva. Mi primera verdadera Maestra, mi suplicio positivo, ya que ella me obligó a sacudir mi poltronería y mi cobardía congénitas,  para poder enfrentarme conmigo mismo.  Durante los cursos de dicción, de interpretación, o los ensayos en el teatro Independencia, fui descubriendo el mundo de Antón Chéjov.

En “El camino Real”, de Chéjov, dice el amante despechado contemplando el retrato de su amada: “Ah, que vivas y que seas feliz  pero que mis ojos no vuelvan a verte, y que pueda olvidarte ¡víbora!";

El universo de Shakespeare (cuando el rey Lear exclama): “Vientos soplad, rugid, forzad vuestras mejillas. Romped de la Creación los moldes todos y esparcid los gérmenes que forman ingratitud humana”;

El de Racine (« Le bourgeois gentilhomme »): "Monsieur Jourdain pense qu'il est amoureux d'une dame « de grande qualité ... Il découvre qu'il a parlé en prose pendant toute sa vie!"  ("El Señor Jourdain piensa que está enamorado de una dama « de gran calidad »… Y descubre que ha hablado en prosa toda su vida").

El drama quechua de Ollantay: “Venerable Inca, mi Señor, los guerreros y sus jefes marchan ¡oh!, aciaga hora, hacia la guerra contra Challanta…”;

Las tragedias de Esquilo: “¡Ay, dolor, ay, dolor de Troya toda devastada”;

Aquel sainete de los hermanos Discépolo : “… lo único que podría arreglarnos, es que una noche, cuando estemo todos apoliyando en esa cueva, se no caiga el techo encima y no podamo decir ni ¡ay!”.

Mi mundillo personal explotó. Mi mente se largó a volar entre aquellas almas maravillosas venidas de mundos lejanos. La poesía, los dramas, las farsas de la humanidad que aquellos creadores ponían al alcance de mi mano, hacían que yo viese a mi Maestra como el Ángel Guardián que me incrustaba alas para que nada, ni el tiempo ni las distancias, me separaran de la gran Humanidad; más aún, que tales alas fuesen contrapesadas por raíces nuevas hundiéndose en nuestro propio pasado.  Y estaban los actores de la Escuela: Amparo Arlandis, Aldo Braga, Pascali, Fernando Lorenzo, Elaskar, Rosaura Díaz, Luis Politi, Toto Gioia, Talfiti, la “Rata” Otero, que fueron señuelos indicándome el sendero a seguir. Ellos me llevaron a frecuentar pintores, músicos, poetas, bailarines, cantantes del medio mendocino, mientras doña Galina continuaba su buceo en mi alma de “muchacho puro”, como solía llamarme; creyendo en mí, obligándome a creerme yo también, entre estudios, entre otros de “La Vida es Sueño”: “Nace el pez que no respira, aborto de ovas y lamas, y apenas bajel de escamas cuando en las ondas se mira y hacia todas partes gira midiendo la inmensidad de tanta capacidad como le da el reino frío ¿y yo, con más albedrío, tengo menos libertad?”; saboreando “Las preciosas ridículas”, de un Molière que más tarde descubriría en su original;  reviviendo el drama tan nuestro con “Barranca abajo”; aprendiendo de memoria los poemas de Arturo Capdevila: “Porque ignoré que el humo es la vejez del fuego. Que nunca sea fuego quien tiemble de ser humo”. Y deleitándome con “Los siete locos” de Roberto Arlt; maravillado ante el gran Borges:

Cuando Juan Iberra vio
Que el menor lo aventajaba,
La paciencia se le acaba
Y le armó no sé qué lazo
Le dio muerte de un balazo,
Allá por la Costa Brava.

Una nueva vida, digamos, hasta que un decreto venido de Altas Instancias gubernamentales, troncó ese ahínco. La Señora nos reunió en el salón de la escuela y nos dijo: “A partir de este momento, por razones muy largas de explicar, yo dejo de ser la directora de esta escuela.”  Así fue el chaparrón, la manga de piedras, el terremoto que nos cayó encima. Nos mirábamos unos a otros sin saber qué decir o qué pensar. El bagaje acaudalado en todos esos años y que constituía mi único y verdadero tesoro, cayó por tierra, desbarrancándose.  Durante años seguí frecuentado a mi querida Maestra, allá en Chacras de Coria, donde nos recibía, siempre con su exigente afabilidad. A veces me ofrecía una copita de vodka “hecha en casa”, en medio de tapices y pieles venidas de su “Santa Rusia”.  En una ocasión aceptó mi ofrecimiento de hacer un paseo por los cerros en mi jeep, y ella me dijo, sabiendo que yo vivía en Francia: “Cada vez que regrese, hable con estas montañas. Ellas no mienten.” Quizás fue la última vez que la vi. En vida, digamos. Ya que ella sigue viviendo en mí. Fue mi Maestra espiritual, y su ideal del Teatro Sagrado lo llevo impreso en el alma.

- ¿Y ahora, con ese bagaje encima y viéndolo de lejos, qué le ha dejado su experiencia como actor de teatro y televisión?

- El teatro, universal –que incluye el Nô, japonés, el Katha Kali hindú, la Ópera de Pekín, etcétera– me hunde en las raíces del ser humano, en los cielos e infiernos de la condición humana. Gracias a los grandes dramaturgos, mi vida deja de ser un asunto personal, para hermanarse a la “comedia” de la humanidad. Hoy en día, más que nunca, la familia humana se ha hecho una, las barreras, idiomáticas, físicas, anímicas, se han desvirtuado. Los medios de locomoción y de comunicación hacen que una casi simultaneidad nos una los unos a los otros. Para bien o para mal. Entonces, lo que me llega de Ibsen, de Goethe, de Pirandello o de los dramas bailados entre máscaras en Nigeria o Nairobi, de Ionesco o de Copi, forman parte de mi noción de mí mismo; de mi persona (máscara). 

Las incursiones de estos artistas en la sangre del ser humano, en la carne de su mente y de su alma, me devuelven la imagen de lo que yo mismo soy, o quisiera ser. Y que no deja de ser la imagen del ser humano en su globalidad. Gracias a estos creadores mi estrecho y limitado mundo, explota; las barreras que crea mi confort individual se hacen añicos obligándome a ver cara a cara el drama humano. Lo que le ocurre a Prometeo por revelar el fuego a los mortales, el águila que viene cada día a roerle el hígado, también me lo está royendo a mí. El espectro que viene a revelarle a Hamlet que su hermano lo asesinó, hace que cada asesinato que leo en los diarios me recuerde que todos alguna vez hemos empuñado -o soñado hacerlo-  una daga, un fusil, o vertido veneno en la copa del ser odiado. Macbeth es un tirano cuya crueldad y bajeza se reencarna continuamente en cualquier déspota de nuestros países, la guerra de Troya no deja de encenderse y ultimar poblaciones enteras… Entonces, yo, en tanto que actor, he tenido la ocasión de vivir esos dramas, estas comedias, en carne propia. Ser actor es ofrendar su cuerpo y su mente a personajes soñados por otros; entregarles nuestra voz, nuestros gestos, nuestro sentimiento, como si esos llantos, bondades o escarnios, surgiesen de nuestra propia alma. Estas representaciones, venidas del fondo de la historia humana, buscaban en un principio reconciliarnos con el trueno, con el fragor de los volcanes, o con los dioses que regían estas fuerzas naturales. De allí el maquillaje, antiguo arte de pintarse el rostro con colores del crepúsculo, del rayo, del alba, del viento rojo, buscando que las divinidades o las fuerzas ciegas del mundo nos vieran como aliados. El hombre mimetizando los estados de ánimos del cielo y de la tierra, para no ser aniquilado; un ser, digamos, que reconoce su pequeñez y se adapta a ella, que reconoce los poderíos del maremoto, de la centella (recordemos que con solo levantar una ceja, Zeus desencadena un diluvio). Entonces actuar es encarnar múltiples vidas, morir múltiples muertes. Como fue el caso cuando interpreté el papel del Zorzal Criollo en “Tangos, el exilio de Gardel”, película de Fernando Solanas. En ella el director teje una metáfora alrededor de los emigrados en Francia a causa de la dictadura en Argentina. Y en medio de ellos, se hallan dos figuras tutelares de nuestro país: San Martín y Gardel, que también han tenido abandonar la patria. Para mí fue un placer visionar los filmes del Morocho del Abasto, a fin de captar sus gestos, sus emociones, su estilo. La escena en que Él llega en su coche con los dos guitarreros, fue filmada en el Palais Royal de París con catorce  grados bajo cero. Pero el frío se esfumaba cuando Gardelito cantaba “Volver”, o enlazaba a la hermosa Marie Laforet al son de un tango de mi flor.

Ésta y otras vivencias han marcado mi existencia. Por eso cuando escribo, sobre todo obras de teatro, el actor en mí dirige la pluma del dramaturgo. Cada diálogo de los personajes es vivido previamente en el silencio de mi mente. Luego, el autor consultará a esos personajes sobre el contenido de tal o cual declaración, de tal o cual actitud, ya que una vez vertidos en letra de tinta, esos personajes son ya seres humanos. Como Tartufo o Electra, el Maestro Puntilla y su valet Mati. Aclaro que en ningún momento mis intentos teatrales pretenden compararse con estas obras geniales.  Mis obras son sombras huidizas en medio de la dramática universal. Pero al no medirse con ella, esa sombrita no cesa en su andar.

Como dice Atahualpa Yupanqui en “El aromo”:

Hay un aromo nacido
en la grieta de una piedra.
Parece que la rompió
pa' salir de adentro de ella.

Está en un alto pela'o,
no tiene ni un yuyo cerca,
Viéndolo solo y florido
Tuito el monte lo envidea.
Pero hay que dir y fijarse
como lo estruja la piedra.
Fijarse que es un martirio
la vida que le envidean.

En ese rajón, el árbol
nació por su mala estrella.
Y en vez de morirse triste
se hace flores de sus penas...

¡Eso habrían de envidiarle
los otros, si lo supieran !

- Ha sido también realizador, ¿se formó solo? ¿Qué producciones suyas destacaría?

Como realizador de emisiones de televisión, podría mencionar mis primeros desvelos por montar obras de teatro en el Canal 7, Mendoza. Eran tiempos de pioneros que exigía a los directivos, técnicos y artistas, todo y lo mejor de cada uno. Yo comencé trabajando con un realizador que ponía en el aire las obras teatrales que montaba. Este diálogo con él me permitió descubrir la riqueza de la realización. Entonces, al cabo de unos años, solicité ser aceptado como ayudante de cámara, es decir tener el cable del cameraman evitando que tropiece con alguien o algún decorado; observando de paso la labor del asistente, el decorador, el iluminador, los locutores, los actores y maquilladores, los responsables del vestuario, etcétera. Y así fue que fui apreciando todos y cada de los elementos de debe conciliar el director desde su cabina. Hasta que uno de los realizadores partió hacia Buenos Aires y se me ofreció la oportunidad de iniciarme en la tarea. Tras largos meses de práctica pude al fin dirigir una publicidad comercial, “en vivo”. Ésta fue seguida de otras, hasta que, finalmente, pude “realizar” la puesta en el aire de mis montajes teatrales. Recuerdo que invitaba a actores venidos de la Escuela de Arte Escénico de la UNC, tratando siempre de poner en práctica las enseñanzas de dona Galina Tolmacheva. Y terminé viviendo, prácticamente, en el canal: los ensayos comenzaban a las ocho de la mañana, y duraban hasta mediodía. Almuerzo frugal y trabajo de realización por la tarde para difundir durante la noche. Nuestra tarea se veía enriquecida con los continuos progresos técnicos, viendo llegar un día el primer equipo móvil, que nos abrió las puertas a reportajes exteriores y a filmar escenas de la vida cotidiana. Hasta que un día recibí una proposición de trabajar como actor con Pedro López Lagar en el canal 7 de Buenos Aires. Así lo hice, colaborando con este gran actor en su “Ciclo de Arthur Millar”, que ganó el premio Martín Fierro. Luego hice el papel de Laertes, en “Hamlet” y de Teobaldo en “Romeo y Julieta”, seguido de otras actuaciones en teatro, televisión y cine. Tareas que alternaba con trabajos en Canal 9 de la Capital y en Canal 7 de Mendoza.

- El modo audiovisual lo hizo pisar estudios muy importantes de Estados Unidos y Francia, por ejemplo, ¿cuál es, al respecto, su mensaje para los jóvenes realizadores de, por ejemplo, Mendoza?

- Un día el Fondo Nacional de las Artes me dio una beca para realizar un curso de perfeccionamiento en la ABC (American Broadcasting Corpany) de Nueva York. Allí seguí diversas producciones, particularmente la serie “The Doctors”, difundida cotidianamente y luego emisiones culturales sobre pintura, música, teatro, danza, así como filmes de corto metraje. Hubiese podido quedarme a trabajar en ese canal, pero tenía que cumplir con el compromiso de regresar Argentina a fin de poner práctica las experiencias adquiridas. Pedí autorización al Fondo para viajar antes a Europa, agregando que podría incluir en mi informe de estudios algunos aspectos de la televisión europea. Mi pedido fue aceptado y comencé así mi periplo “mundial”, ya que fui invitado a Alemania, Noruega, Suecia y Dinamarca. La Unión Soviética me propuso una beca de dos años, que no acepté. En Francia fui becado para estudiar el sistema de producción y dirección en la Radio y Televisión oficial, que fue una de mis experiencias más enriquecedoras en este campo. En los años sesenta, la televisión francesa permitía realizar producciones experimentales, tanto en el campo artístico como en el científico. Se buscaba convertir medio televisivo en un laboratorio de ideas, donde artistas y pensadores de Francia y del mundo entero, pudieran expresarse. En gran parte, este intento fue logrado, y yo tuve la suerte de asistir y participar en esta especie de utopía. Finalizada mi práctica, monté una obra mía (“Crónica bufa de la guerra mundial”) en el Teatro de las Naciones, que funcionaba en el teatro Sarah Bernard, de París. Luego entré como periodista en Radio Francia Internacional, haciendo emisiones culturales para América Latina. Tarea que realicé durante largos años, hasta pasar a ser Productor de Programas en France Culture, la radio cultural francesa, oficio que desempeño hasta hoy.  En cuanto a los jóvenes realizadores, sólo podría decirles que dado el auge y el desarrollo mundial de la televisión, su responsabilidad es cada vez mayor. Lamentablemente, los canales televisivos responden mayormente a imperativos comerciales o políticos, relegando la imperiosa necesidad de cultivar al auditorio, de ofrecerle documentales sobre otras civilizaciones, sobre la protección de nuestro entorno natural, evitando el catastrofismo en los noticiosos (producto que se vende demasiado bien) que alimenta un difuso complejo de culpabilidad en el espectador. Poner al alcance de todos, niños, jóvenes y adultos, el patrimonio artístico, histórico, literario y social, que ayudará a destruir nacionalismos obtusos y retrógrados, a romper barreras entre pueblos de diferente origen, ya étnico o social. Ayudar a que el público cobre conciencia cabal del peligro que representa el calentamiento del planeta, la eliminación alarmante de especies animales, la destrucción de bosques y glaciares y la expansión catastrófica de zonas áridas o desérticas.  Estas podrían ser premisas válidas para alimentar nuevas vocaciones, aprovechando que los medios técnicos están prácticamente al alcance de todas las redes televisivas del mundo. Sin olvidar el Internet, que difunde y permite grabar largos y cortos metrajes, películas documentales de todo carácter, almacenar fragmentos de películas, o constituir archivos audiovisuales de gran alcance.  En suma, los jóvenes realizadores podrían situarse a la vanguardia de la defensa de valores éticos en un mundo que corre enloquecido hacia el lucro, donde todo, hasta los propios seres humanos son catalogados por su valor mercantil.

- ¿El guionista fue posterior al escritor que hay en usted, simultáneo o anterior? ¿Qué diferencias, si las considera, encuentra entre un guionista y un escritor?

- El principio fue el verbo. La tradición oral que yo empecé a practicar cuando nos reuníamos con los amigos alrededor del fogón, pasado el saboreo del buen asado y el vino bienhechor. Allí cada uno de nosotros contaba algo, un cuento, una anécdota, recitaba una poesía, cantaba alguna canción. Yo narraba historias a partir de una idea o algún recuerdo, que poco a poco, y a medida que el auditorio se interesaba, iba alargando. Así constituí un repertorio de puntos de partida, que se desarrollaban diferentemente en cada ocasión. También se me dio por practicar el arte de los payadores. Algo arpegiaba la guitarra y recitaba payadas famosas, o estrofas del Martín Fierro:

Cantando me he de morir
Cantando me han de enterrar
Y cantando he de llegar
Al pide del eterno padre:
Dende el vientre de mi madre
Vine a este mundo a cantar

O retazos de "Don Segundo Sombra":

“Mi reputación de dicharachero y audaz iba mezclada de otros comentarios que yo ignoraba. Decía la gente que era un perdidito y que concluiría, cuando fuera hombre, viviendo de malos recursos. Esto, que a algunos les hacía mirarme con desconfianza, me puso en boga entre la muchachada de mala vida, que me llevó a los boliches convidándome con licores y sangrías, a fin de hacerme perder la cabeza; pero una desconfianza natural me preservó de sus malas jugadas”.

O “El payador perseguido”, de don Ata:

Aunque mucho he padecido 
no me engrilla la prudencia. 
Es una falsa experiencia 
vivir temblándole a todo. 
Cada cual tiene su modo; 
la rebelión es mi cencia
.

Y con el tiempo compuse algunas coplas de mi propia cosecha. Es verdad que  yo imitaba o copiaba a dos cantores y payadores de Algarrobal: el Tenquito y el Zorzal,  pero más aún “El Rey del Bosque”, célebre por su imaginación sin límites. Estos atrevimientos míos me llevaron a escribir glosas para tangos, ya que un amigo era cantor de una “destacada” orquesta típica mendocina y me invitó a recitarlas durante las actuaciones. Así fue como empecé a saborear los bailongos de Las Heras, Guaymallén,  Costa de Araujo, La Paz, etc., donde veía mujeres que hasta ese día sólo admiraba en las páginas de Para Ti. También descubrí “finas artistas” que ofrecían sus favores antes y después del baile, o guapitos que las protegían, de variado tipo y color. Mi tarea consistía en presentar la orquesta como la máxima sensación del siglo XX, que tras exitosa gira “en el vecino país de Chile”, encendía los corazones de tantas parejas, que en la pista (piso de tierra con aserrín mojado) entrelazaban su abrazo entre tanto deseo, y ¿por qué no?, ¡al único amor!

Lo interesante era que los músicos (a los cuales me veía incorporado), gozaban de una sublime impunidad; como si desembarcaran de una nube o de algún indeleble paraíso. Alrededor nuestro solían relumbrar facones, o la cachiporra, o castañazo a lo limpio que alborotaban la asamblea, salvo a los virtuosos del fuelle que pacientes aguardaban el paso del vendaval para de nuevo incendiar el pulso de tanta humanidad. El arte de la glosa acabó el día que me impusieron el servicio militar. Pero una maña me quedó: la hilvanar palabras, o ideas, o imágenes. Hasta que una amiga que solía oírme contar cuentos, me dijo ¿por qué no los escribes? Es una lástima que se pierdan en la nada. Hice la prueba y ¡zás!, sucumbí al embrujo literario. Disciplina muy diferente, por no decir radicalmente diversa del arte oratorio. Cuando ya vivía en París, un pintor argentino me dijo que un editor español había leído algunos de mis cuentos y quería editarlos. Así fue como salió en Madrid mi compendio: “La garganta del águila”, publicado luego en Mendoza, gracias a los desvelos del Negrito Castillo. Desde entonces escribo, o trato de hacerlo, con textos que ven la imprenta y otros que guardan un respetuoso silencio. En cuanto al guionista, digamos que nació cuando mi novela “Sangre en el ojo” ganó el premio Sésamo en Madrid. La editorial Gallimard se interesó en publicarla en francés y un productor en filmarlo. Entonces empecé la adaptación hasta constatar que el productor me hacía escribir el guión sin pagarme y sin reconocer mis derechos de guionista. Luego adapté varios cuentos para France Culture, haciendo de ellos teatro radiofónico. 

Cito entre otros a  “Lucía la peluquera”: “Al fin de cuentas, son mis escapadas a Honfleur las que me han permitido ir hasta el fondo de mí misma. Y allí conocí a Luis. Mejor dicho me conocí a mí misma, ya que Luis y yo somos la misma persona.¡Qué extraño! sólo unas horas frente al mar, hipnotizada por las olas, y desciendo a lo profundo de mi noche. Donde me aguarda mi amado…. Mientras tanto, Luis, el admirado cantor, solo en su pueblo vacío, se dice : Lucía quiere que la bese, ¿qué habría de libar yo en sus labios de fresa? Lucía quiere que la acaricie, ¿qué hay de sublime en su piel para que vaya yo a desmayarme en ella? Incluso si sus pechos - temerosas palomas errabundas - incluso si su cuello - rama de almendro en flor - o la curva de sus hombros, o el tentador misterio de su vientre me arrastran hacia el vértigo final; incluso si su memoria, su presente y su porvenir me están destinados, ¿qué habría de hacer yo con semejante "tesoro"?”.

Y alzando la voz por los aires, canta:

"Estoy harto de morir
Por alguien como vos
Que siembra sombras en mi carne
Y si te vas
No vuelvas más
Que se hunda sin piedad
Nuestra pasión en el olvido
".

Luego vino “El ciego Lorenzo”, El Citröen escarlata”, “Encuentro post vitam con Julio Cortázar” (llevada también al teatro), “El andaluz” (sereno en el Louvre):

- ¿Sabes, Venus?, esta tarde caminaba junto al río y una colomba muy blanca vino a posarse en mi hombro. Murmuró algo, como las palomas suelen hacerlo, y al remontar el vuelo hacia el sol, vi que era yo quien volaba hacia ti...

- Andaluz, qué lindo es saberte todas las noches junto a mí. No puedes imaginarte lo sola que me sentía en este oscuro pasillo. Rodeada siempre de extraños, iluminada como un objeto curioso. Gracias a ti he vuelto a creer en la vida. Te quiero mucho, Andaluz, nunca amaré a nadie más que a ti.

No seguí cultivando el arte del guión porque prefiero la literatura. Allí todo lo que uno escribe es definitivo. No habrá ningún adaptador, o productor, o intérprete, que modifique el texto. Y eso tiene su precio… pero también su premio.

- Por favor, hábleme del Gregorio Manzur escritor y de su trayectoria.

- Mi predilección en un comienzo fueron los cuentos, cuanto más cortos y concisos, mejor. Es un género popular en América Latina, en Estados Unidos, Inglaterra y España, pero en Francia, no. La reina literaria en este país es la novela. Reino que aún perdura. A pesar de esto, la editorial Fayard me publicó “Doce estíos del Cuyún” (“Solstice du Jaguar”), compendio de doce cuentos que figuraban como capítulos de una novela. Seguidamente publiqué varios cuentos en revistas francesas y de otros países, para hacer por fin mi primer intento con una verdadera novela: “Sangre en el ojo”.  Mi amigo Fernando Aínsa, novelista y crítico literario me sugirió enviarla al concurso Sésamo, en Madrid. Es un premio que otorgan los críticos literarios, los autores y editores independientes. Como tuve la suerte de ser galardonado, fue  publicada en la famosa Série Noire (“Piqué sur la Rouge”), y la adapté para la radio, haciendo diez capítulos de media hora cada una, contando con intérpretes venidos de la Comédie Française y otros teatros parisinos.  Luego escribí: “Iguazú”, una novela que tiene como escenario el Litoral argentino, con su mestizaje guaraní-español, y que también publicó Fayard. 

Mi único intento poético fue un compendio de poemas cortos que editó la UNESCO en su colección de Obras Representativas, en coedición con el Harmattan. Se trata de un trabajo de síntesis, llevado al máximo; una reflexión sobre la economía en el texto y en su contenido. Influenciado quizás por el haiku japonés, pero de manera libre, no siguiendo los imperativos métricos de éste, ni sus códigos de espacio-tiempo.  Dados mis frecuentes viaje a Shanghai, donde estudiaba el Taichi Chuan, y fascinado por esta ciudad, escribí una novela titulada: “La segunda luna de Shanghai”. Aquí  tejo una intriga entre un periodista francés y una joven cortesana que recibe sus clientes en un Salón, dentro del más puro estilo de la China Imperial. Salón en que su madre borda la tela de araña donde caen uno tras otro sus antiguos torturadores, cuando ella, ex prostituta, purgaba culpas en un “Centro de reeducación”. En fin, hablemos ahora de lo que para mí significa escribir. Digamos que es como vivir dos vidas al mismo tiempo. Una encima de la otra, o bien entretejiéndose, motivándose la una a la otra, condicionándose mutuamente también. Escribir ficción es como soñar con ojos desplegados, como dejarse llevar por historias surgidas de algún mundo interior, a nosotros mismos ignorado. Y a medida que escribo, ir viendo como se despliegan esas vidas, que ni siquiera me consultan para decidir el destino de traidores, de genios científicos, de alpinistas o asaltantes de bancos. Yo les facilito mi puño y letra, para que ellos, o ellas, redacten su derrotero. Al menos esa es mi intención: reconocerles la libertad que merecen por el sólo hecho de ser seres humanos, puesto que sus nombres, pasiones, fisionomías, ideas o ideales, los validan como tales. Más tarde, pasadas las emociones, con cabeza fresca, regresar a ellos y parlamentar, cotejar, corregir, sin dejar de respetarlos, por supuesto. Esto tiene sus ventajes como también sus inconvenientes. Dando rienda suelta a los personajes se corre el riesgo de escribir demasiado, para verse obligado luego a tachar, cortar, sintetizar. Lo benéfico es que esos seres traducen y revelan lo que nuestros rostros intentan ocultar; lo que nuestro subconsciente atesora y defiende contra toda usurpación sale, por fin a la luz. Entonces aceptarlos en su complejidad, con sus contradicciones, miedos, aprensiones, cobardías y alguna que otra intrepidez, es desde luego aceptarse a uno mismo. Yo soy cada uno de esos destinos imperfectos, fallidos o logrados, que garabatean las páginas. Que sean publicada sus vidas, en buena hora; pero si no lo fueren, ¿quién me quita lo bailado? Vivir lo que hay que vivir, esa es su aventura. Publicar es compartir con otros su secreto; pero el autor ya está ausente. Recuerdo que una vez le dije a Cortázar que una amiga mía había pasado el verano con él, en la playa. ¿Cómo es eso?, me respondió sorprendido. Sí, le dije, ella leyó recostada en la arena tu “Rayuela”.  Ahí tenés, me dijo, esa es una de las pocas satisfacciones que te da la escritura, saber que alguien, alguna vez, compartió contigo tus locuras.”

- ¿Y el Gregorio Manzur periodista?

- Mi manía es llegar siempre temprano a una cita. De quince a treinta minutos antes. A veces hallo a la dueña de casa con los ruleros en la cabeza o temblando bajo la salida de baño; otras, el dueño de casa que corre a enroscar la manguera en el jardín, y tampoco falta el que me pone cara de perro. Pero si es una manía de periodista, les digo, sin resultado alguno. Y es verdad, en nuestro oficio de entrevistas aceleradas, en cualquier lugar y a cualquier hora, bajo lluvia o terremoto, hay que estar preparado a lo que venga. ¿Qué mejor entonces que llegar al terreno antes del entrevistado, o prever que no acuda y aprovechar de su ausencia para desarrollar otro aspecto del tema?. Y si se trata de alguna celebridad, repasar y sopesar su gloriosa vida antes de preguntarle pavadas. Recuerdo que mi jefe en Radio Francia Internacional nos decía: “Un periodista sigue siendo periodista aún cuando esté en la bañadera, cuando esté haciendo el amor, cuando se halle panza arriba en la playa de Cuba. Una radio portátil debe estar a su lado para saber si murió el último Nóbel, si cayó preso el asesino tal, si la central nuclear explotó, ¡o si parió por fin la Reina Madre!” Yo, como siempre me dediqué al periodismo cultural, traté y sigo tratando de saber qué ocurre alrededor de los libros, los cuadros, los museos, la biblioteca de Alejandría. O estudiar la obra de algún célebre novelista –tarea ésta que me gusta mucho. Para un escritor tener que interesarse en la obra de otros es muy benéfico. Centrados como estamos todo en día en nuestros fantasmas personales, descentrarse en páginas ennegrecidas por manos ajenas, no sólo nos hace aprender, sino aprender a desprenderse de uno mismo. Y si luego hay que entrevistar al autor, qué placer oírle relatar su vida con pelos y señales (tal como lo hago en este instante ante el cuestionario de Ulises). De allí que el arte de la entrevista me agrade y lo cultive. ¿no es acaso apasionante la vida de cualquier ser humano? ¿Y no lo es más aún la de alguien que aportó al género humano la riqueza de su invención, sus sinfonías, su descubrimiento, su cotidiano accionar?  Recuerdo, particularmente conversaciones que tuve con Atahualpa Yupanqui, con Julio Cortázar, con el profesor Galarza, revelador de los códices precolombinos, con Salvador Dalí en el barco “France” durante la travesía Nueva York-Londres, al compartir un par de tragos con él y su esposa ; o mis charlas con Julio Ribeiro, escritor peruano y entonces embajador de su país ante la UNESCO; con Susana Rinaldi, al finalizar su recital en el Teatro de la Ville de París; con María Casares, comentándome su vida en España y sus múltiples vidas en Francia, o su trabajo con Jorge Lavelli, director del teatro La Colina; Ernesto Sábato, que visité en su casa de Santos Lugares, o Borges tras su charla en la Sorbona, o Bioy Casares en el festival “Étonants voyageurs”, de Saint Malo; largas conversaciones también con Miguel Ángel Estrella, sobre su cautiverio en Uruguay y el piano sin cuerdas que le brindaron para enloquecerlo; con Fernando Solanas mientras filmaba “Tangos, el exilio de Gardel”, etc., etc.

- ¿Qué consideraciones tiene para los supuestos del periodismo objetivo y el periodismo independiente?

- No sé lo que significa periodismo objetivo. Apasionado por naturaleza y meterete por costumbre, siempre dejo mi huella personal en todo lo que hago. Lo que no siempre es sinónimo de eficacia, sino más bien de cándido egocentrismo. Cuando difundía entrevistas o las publicaba escritas, respeté el contenido, pero traicioné el objetivismo. Estoy cansado de escuchar opiniones lejanas, prudentes, falsas, que circulan por todos los medios de comunicación masiva, escondiéndose el autor tras su virtuosa objetividad. Alguien los llamó: “Lengua de palo; lenguas de yeso. Loros asalariados que sólo piensan con la panza y el monedero.”  Yo también creo que con la fuerza que tiene hoy en día la radio, la televisión, los periódicos, el Internet, ningún periodista tendría que olvidar que su texto o su voz han de influenciar millones de personas, de todas las edades. Hay una responsabilidad moral que siempre debería ser respetada. Ya hemos visto cómo las dictaduras de todo pelo construyen sabiamente su sistema de desinformación. “Son armas de combate”, declaran, para justificar la usurpación, el descaro, la ignominia. Un periodista realmente independiente no debería jamás aceptar ser el vocero de este tipo de gentes; o venderse a los órganos de prensa que ponen como condición la mordaza. El periodismo no es una religión, ni un dogma, ni un fanatismo, es una profesión como otra, pero que exige franqueza, honestidad, desinterés.

- Usted vive en Francia de comienzos de los años 60. Con los años, ¿cuál es ahora su mirada sobre El Mayo Francés, The Beatles y aquella Era de Acuario?

- El Mayo francés fue un grito de libertad. No por parte de jóvenes azotados por el hambre, el despotismo o el no poder expresarse. Francia vivía entonces lo que más tarde se llamó: “Les trente glorieuses” (Los treinta años gloriosos). La gran guerra quedaba atrás, la herida de la guerra de Argelia estaba cicatrizándose, la economía era floreciente y se traía mano de obra extranjera porque el progreso lo exigía. ¿Entonces por qué rebelarse? Si bien el gaulismo controlaba la radio y la televisión, los diarios y revistas eran libres, el habeas corpus seguía vigente, nadie era perseguido por sus ideas, ya fuesen de derecha o de izquierda;  el derecho de reunión era natural, en fin, nada tenía que ver la situación en el país que pudiese ser comparado con alguna de nuestras dictaduras. Y sin embargo, el grito creció, saliendo de las entrañas de la juventud, y al estallar se llevó consigo toda una época. Nada fue igual tras el torbellino. Reivindicaciones como la píldora anticonceptiva, la homosexualidad, masculina y femenina, el aborto legal (llamado desde entonces “Interrupción voluntaria de embarazo”); la reivindicación de la gratuidad de la vida (ver Dionisios), sostener que quedaba prohibido prohibir (“interdit d’interdire”), enarbolar el derecho a la mono paternidad (del hombre o la mujer), regresar a la aplicación cláusulas de los Derechos Humanos, en gran parte olvidadas pretextando las guerras, etcétera. Esto, como se sabe, dio lugar a muchos excesos. Entre ellos el saqueo de la Escuela de Bellas Artes, donde varias esculturas desaparecieron, el destrozo de calles pavimentadas para nutrir las trincheras, coches incendiados (la mayoría de las veces causados por provocadores), etcétera. Pero vimos el teatro Odeón, dirigido por Jean-Louis Barrault, abrir sus puertas y ser declarado tribuna abierta; donde se llevarían a cabo legendarias sesiones de controversia, autocrítica y críticas al gobierno y a las fuerzas vivas que regían el país. Las calles convertidas en foros permanentes reclamando el derecho a la pereza, y los muros cubiertos de leyendas, tales como:

- La poesía está en la calle.
- Seamos realistas, pidamos lo imposible.
- “Flic, je t’aime. Un pavé.”: Agente, yo te amo. Un pavimento.
- Tomen el deseo por la realidad
- Tengo algo que decir, pero no sé qué es.
- No me liberes, yo me encargo.
- Corre, camarada, el mundo está detrás de ti.

Jean Daniel, director del semanario Le Nouvel Observateur, escribe en el número 183 del 15 de mayo 1968: “La semana del 6 al 10 de mayo está ritmada por las manifestaciones, las asambleas, las barricadas. El país descubre sus hijos enfurecidos contra De Gaulle, contra el orden de “los viejos imbéciles”, contra la sociedad de consumo”. 

Y así fue la represión, los heridos, las bombas lacrimógenas; prohibidos los bailes en las plazas, las reuniones a cielo abierto, los amores fugaces y cuan intensos, aplastada la imagen de una juventud que reclamaba el aquí y ahora, sin sopesar ni el pasado ni prever el porvenir. Un grito de adolescentes, explotado por mil bocas felices y enardecidas. Hasta que el orden regresó. Se anularon las reuniones de más de tres personas en la calle, París fue castigada, apagados los festejos del 14 de julio (día patrio), cuando las plazas y jardines se atiborraban de jóvenes y viejos bailando al compás de cualquier murga, o las “soirées”  de disfraz de Bellas Artes, las bandas de jazz ante los cafés, o el desfilar de grupos cantando por cualquier parte. La mayoría de los mayistas partió de París, buscando en la naturaleza algún consuelo o justificación. Se hicieron y deshicieron parejas, y familias con hijos dispersados emigraban de grupo en grupo, por la Costa Azul, por los bosques de las Cebennes, de la Ardeche, o las islas españolas de Formentera y Palma de Mayorca. Y yo los vi, de pasada, y calculé la frustración, la tristeza, pero también admiré a grupos que habían logrado realizar sus sueños, viviendo en paz con ellos mismos y la gente que los rodeaba, organizando una economía de subsistencia que los hacía independientes. Recuerdo aquella pareja con tres hijitos que había levantado una ruina junto a un riachuelo en medio del bosque. En sólo un año habían dado a vida a un verdadero ¡Hogar!

Hoy en día, cuarenta años más tarde, aún se polemiza sobre aquel Mayo 68. Hay quienes lo acusan de causar la crisis económica actual, otros de la pérdida de valores morales, criticando a mayistas que se vendieron y ocupan cargos importantes, en la administración, en la industria, en la prensa. ¿Y qué? Fue una explosión y a esa explosión se le reconoce, por fuerza, que la sociedad francesa de antes del mayo dejó de existir, que hoy esta sociedad, modulada, delirada y motivada quizás por aquellos miles de muchachas y muchachos que previeron que la técnica, el progreso y la ciencia no darían la respuesta necesaria; y cuando vemos el despotismo que hoy reina, el de los bancos, de los grupos petroleros, armamentistas, de la bolsa mundial, domina el planeta, y que nunca han habido tantos hambrientos en el mundo…

- ¿Y cómo conviven tantas personalidades con el Gregorio Manzur maestro de taichi chuan?

- Cuando alguno de mis alumnos me llama maestro, yo le respondo que el Maestro está en Shanghai. A pesar de los 25 años de práctica continua de ese hermoso arte marcial, me considero siempre un debutante. Y pongo en práctica lo que me enseñó mi Maestro: “Si alguna vez uno de sus discípulos lo supera, conviértase en su alumno.”  Ahora, como parte de mi respuesta a su pregunta, me permito incluir la entrevista que me hizo Marc de Smedt, escritor, periodista y editor francés, con motivo de la publicación de mi libro “Movimientos del silencio” (“Les mouvements du silence”), publicado por Albin Michel: “El taichi ha sabido ganarse también el reconocimiento de los franceses, como lo demuestra su reciente incorporación como deporte en los programas del bachillerato y los cientos de libros publicados sobre este tema. Lo que significa que está siendo digerido por Occidente, como lo fue anteriormente el yoga venido de la India.  Periodista y escritor, Gregorio Manzur, que ha estudiado con fervor en Shanghai con sus dos maestros, publica actualmente un libro donde narra su historia. Veinte años de largos viajes a la China, para practicar esta disciplina, que es al mismo tiempo un ejercicio dinámico y una meditación: el taoísmo y toda la sabiduría china sobre las energías, recopiladas en las páginas de su libro titulado: Les mouvements du silence (Movimientos del Silencio): 

Marc de Smed: ¿ Qué significa Taichi? 

Gregorio Manzur: Algunas personas traducen taichi chuan por la expresión: La gran energía. Pero la interpretación tradicional habla sobre todo del arte de combate de la “piedra angular” o de la “viga maestra”. Evocando así la viga principal de una casa, que sostiene todo el edificio. Práctica gestual que incluye el aspecto filosófico como el aspecto marcial y la cultura de la energética china. Se la llama también “El arte de combate del principio de los principios”. El taichi no es un arte que conduce únicamente a una relajación y reforzamiento de las articulaciones, ni a un conocimiento más profundo de la mente, ni que lleva a transformarse en un experto en combates... Aquel que ama el taichi deberá íntimamente decidirse a estudiar diez años para comenzar a comprender de qué se trata y verse guiado hacia su verdadera identidad, definida por el taoísmo como “el hombre o la mujer verdaderos, sin condiciones, sin mérito, sin calidad, situándose más allá de la vida y de la muerte.” Lo que da una idea de la ambición de este arte. Aquel que lo practica trata de liberarse de toda dependencia de los objetos, del deseo de renombre, de fortuna, de influencia, de poder, etc. De esta manera, el taichi que podría desviarse hacia las proezas marciales, se convierte en un trabajo de interiorización y de conocimiento de sí mismo y sus energías. 

M. de S.: Descomponiendo los movimientos lentos del taichi se ve en efecto cómo esos mismos movimientos, practicados rápidamente, se convierten en gestos guerreros. Se dice asimismo que se trata de un arte marcial suave... 

G.M.: ¿Por qué se dice que los movimientos del taichi son lentos? En realidad son lentos con respecto a nuestros ritmos de vida, porque contrastan con nuestro frenesí de cada día. No hay que superponer un concepto externo a una actividad fundamentalmente interior. Lo que nosotros llamamos lentitud del taichi es el ritmo natural de la energía interna del ser humano. Como dicen los taoístas, el trabajo del taichi consiste en “ir desde cielo exterior hacia el cielo interno”, a pasar entonces de las actividades más o menos agitadas de nuestra vida cotidiana, hacia la calma interior, que siempre ha estado allí. Por eso es muy importante ser correctamente guiado por instructores calificados. 

M. de S.: ¿Cómo saber entonces? ¿No se corre el riesgo de hallarse frente a profesores imbuidos de su técnica y que dejan de lado el aspecto digamos espiritual de esta práctica? 

G.M.: Desde luego que ese riesgo existe. Y los verdaderos maestros son escasos. Entonces hay que observar al que practica: si una verdadera transformación se opera en él, si muestra menos angustia, una mayor apertura, si se expresa con mayor claridad, si su cuerpo se agiliza y su salud mejora, con un sueño y una digestión más naturales, si vemos que tiene la sensación de vivir una vida más vasta, integrando el flujo del yin y del yang de manera más armónica... entonces podemos decir que ese practicante está guiado por un buen instructor. 

M. de S : ¿Y no se debe todo esto a la fuerza de la propia gimnástica? El maestro zen Deshimaru nos decía: “El zen, es zazen” (la postura sentado de la meditación), queriendo decir que todo se halla en la práctica misma. 

G. M.: Sí, yo soy testigo, puesto que tuve la suerte de seguir varias de sus sesiones. ¡Pero él guiaba la práctica! ¡Y era un maestro calificado! En el taichi sucede lo mismo: un instructor puede mostrar correctamente la serie de movimientos encadenados, la postura inmóvil del chan (llamado zen en Japón) y el aspecto filosófico subyacente, pero si su peso moral no es lo bastante sólido, él puede desviar la práctica de su objetivo principal : la realización de nuestra verdadera naturaleza. Sabiendo que la transmisión real de la enseñanza tiene lugar de maestro a discípulo, de interioridad a interioridad, de Ser a Ser. 

M. de S.: ¿Esto significa que uno no se puede lanzar en el taichi hasta que no halla encontrado un verdadero maestro? ¡Esto me parece excesivo! 

G.M.: ¡Desde luego que se puede hacer taichi con un montón de instructores! Pero afortunadamente una insatisfacción interna se manifestará mientas no hayamos encontrado un profesor que posea la dimensión que buscamos. La necesidad de seguir una disciplina como ésta viene de lo más profundo de nosotros mismos. Se puede pasar por cuarenta instructores sin problema si esta urgencia interna no deja de empujarnos a descubrir, más allá de las técnicas, la enseñanza que nos corresponde realmente. Cito aquel proverbio zen: “cuando el discípulo está preparado, el maestro aparece.” Hay que desconfiar de los profesores improvisados, que pueden dar malos hábitos al alumno. 

M. de S: También hay numerosos libros sobre el taichi, con fotos de los movimientos que deben hacerse, como si fuera fácil practicar solo... 

G. M.: Ciertos libros son una buena fuente de información. Pero practicar solo, guiado por un manual con fotos, puede ser peligroso. Yo encontré recientemente una persona que me mostró sus movimientos, practicados durante siete u ocho años de manera solitaria, siguiendo únicamente los libros. ¡Una verdadera catástrofe! ¡Su manera de practicar bloqueaba todas sus energías! Me dio pena verlo encerrado en su sistema personal, destruyendo su energía interna en vez de acrecentarla. Por el contrario, cuando se sigue un curso correcto de taichi, un buen manual recomendado por su profesor puede ayudar a comprender mejor el encadenamiento de los movimientos y su sentido.

M. de S.: ¿Qué significa la palabra chi? 

G. M.: Los Chinos lo mencionan como el soplo vital, la energía creadora por excelencia. No es de ninguna manera una energía mecánica, como podríamos pensarlo en Occidente. Para los Chinos ¡el chi es inteligente! Es la energía universal, la que hace que nuestro mundo y el universo existan. Lo que ellos llaman la “espontaneidad cósmica” se basa en el chi. Desde hace casi un siglo, las búsquedas científicas de avanzada de físicos y astrofísicos coinciden con conceptos vecinos, vertidos por los taoístas hace milenios. Dicho esto, la verdadera cuestión para nosotros es cómo integrar esta dimensión impersonal, nosotros que tendemos a vivirlo todo en un plano personal. ¿Cómo aceptar que a partir de cierto punto, nuestro ego pueda ser superado? Hace falta una verdadera revolución interna para percibir y aceptar este impersonal en nosotros mismos. 

M. de S.: ¿Entonces uno se puede conectar con el chi? 

G. M.: ¡Nosotros somos el chi! Pero no somos conscientes. El consejo taoísta: “Vayan progresivamente del cielo exterior al cielo interno”, significa que hay que pasar de la energía muscular a la energía interna del chi. Esta energía es impalpable, pero constituye el elemento más íntimo de nuestro ser. En la práctica del taichi, los músculos, los nervios, los huesos... se ponen al servicio de esta energía inteligente que nos re-une, naturalmente, con la energía universal. Alguien, un filósofo hindú, creo, dijo que nosotros vivimos en “el gran pecado de la separatividad.” El ser humano, a causa de una serie de malentendidos, se ha puesto en un pedestal, por encima y fuera de todo lo que lo rodea. El taichi es una disciplina que propone eliminar esta separación con la gran fuerza cósmica a la cual pertenecemos y al interior de la cual estamos inmersos. Varios años de práctica nos permiten comprender, físicamente, que cada vez que movemos un dedo, es el universo que se mueve, que con cada pensamiento nuestro, es el universo que piensa. Uno de mis filósofos chinos preferido, Lin-Tsi (Lizi) dice esta frase asombrosa: “¡Ah, este universo, si vasto, si magnífico, si deslumbrante, que ocupa un lugar tan pequeño dentro del vacío!” Él quiere decir que todo lo que pueden revelarnos nuestros sentidos, nuestra imaginación, nuestras deducciones, todo esto no ocupa sino una pequeña parcela dentro de algo que nos escapa completamente y que los Orientales llaman la vacuidad, el vacío. Pero una disciplina como el taichi, u otras prácticas espirituales, nos dicen que si esta energía inconmensurable resulta inaccesible a nuestro intelecto, nosotros podemos aprender a vivir en armonía con ella. Es una gran suerte para el Occidente descubrir disciplinas como el taichi, el hata yoga o el zazen. Pero es preciso que la enseñanza sea de calidad y que sea bien digerida por el practicante. Y por último yo confío en el discernimiento de los seres que buscan una filosofía de vida, ya que sabrán hallar lo que es bueno para ellos.”

- ¿Cuál sería la lista de sus diez amigos notables? ¿Incluiría en ella a Draghi Lucero, a Julio Cortázar?

- Desde luego, don Draghi Lucero me inició al conocimiento de las Lagunas de Guanacache. Cuando leí su relato: “El hachador de Altos Limpios”, sentí que aquellas soledades me reclamaban. Y así fue como empecé a visitar los lagos resecos y la gente animosa y amable que los poblaba. Con los años supe que debía guardar algún testimonio directo, entrevistando a algunos puesteros, cosa de dejar por escrito una realidad que del día a la mañana podía desaparecer. Así fue como redacté “Guanacache, las aguas de la sed” ("Guanacache les eaux de la soif"), un relato etnológico, que publicó recientemente la Fundación Marañón.

Una vez más abuso de su paciencia, Ulises, rogándole me autorice a reproducir la Introducción a dicho libro: “Una población indígena, los Huarpes, vivía en el Piedemonte mendocino. Su hábitat eran las lagunas de Guanacache que cubrían 760.000 hectáreas, alimentadas por las aguas de deshielo de la cordillera de Los Andes. Se nutrían de pescado, de aves acuáticas, de avestruces, guanacos, frutos del algarrobo, etc. Eran ceramistas, fabricaban sus canoas de totora y comerciaban con los Mapuches, venidos del Sur y con los Incas, que bajaban del Norte. A la llegada de los españoles en el siglo XVI, venidos de Chile, fueron sometidos a la Encomienda, sistema que autorizaba el reparto de Indios entre los Conquistadores. Los hombres son enviados a las minas de oro y plata de la cordillera. Casi la totalidad morirá de fatiga, de malos tratos, de hambre. En su ausencia se desarrollará el clásico mestizaje hispano-indígena. En la actualidad la población cuenta con una cierta cantidad de Huarpes y, mayormente, de mestizos. A mediados del siglo XIX, la Argentina comienza a recibir un gran contingente de inmigrantes venidos principalmente de Europa. Entre ellos llegan agricultores que desarrollan el agro y la vitivinicultura, así como la cría de ganado. Dado que las lluvias son escasas en la región, las aguas del río Mendoza que alimentan los lagos son desviadas para satisfacer las necesidades de las nuevas industrias, produciendo el lento secado de las Lagunas. Actualmente, la región es llamada Desierto, a pesar de la existencia de muchos árboles y arbustos que han sabido adaptarse a la sequía. Los habitantes en su gran mayoría son Puesteros, es decir, criadores de cabras. Las vías de acceso son muy difíciles dado que lluvias esporádicas, muy violentas, destruyen los caminos, sumadas a crecientes intempestivas del río Mendoza que traza canales enormes cortando los caminos, destruyendo las casas y aislando a los habitantes. También azota el Zonda, viento frío que nace en el océano Pacífico, descarga su humedad al cruzar la cordillera y se vuelve cálido y polvoriento en Mendoza; crea luego una zona de baja presión atrayendo un viento helado que viene del sur. Otro peligro es la presencia de animales venenosos, tales como la serpiente Yarará, la víbora Cascabel, la Coral y el temido Matuasto, lagarto cuya mordedura “es mortal pa hombres y animales”. Debido a la caza intensiva de guanacos, avestruces y otros animales de la montaña, los pumas bajan hasta las Lagunas, causando estragos en los rebaños. A esto se suma la falta de agua potable -a pesar de los reiterados intentos por hacer perforaciones. Los Puesteros se resignan entonces a cavar pozos a pico y pala (pozo balde) para acceder a las napas freáticas, halladas a veces a diez o quince metros de profundidad. Los servicios sanitarios son prácticamente inexistentes, lo que hace que las personas gravemente enfermas no tengan ni tiempo ni medios de ser sanadas. Los puestos se hallan a veces a 10 o 20 kilómetros de distancia los unos de los otros y las fiestas patronales, que tienen lugar varias veces al año, facilitan los encuentros. La periódica llegada de las aguas, que llena en parte los viejos lagos, en vez de ser benéfica, produce a menudo catástrofes. Los animales entran en las aguadas para beber, pero al cesar el flujo la tierra se hace barrosa y mueren en el fango, mientras que miles de peces sucumben boqueando. Yo dialogué con el médico de la región, con el biólogo de la zona, con un viejo enfermero que ha sido partero durante treinta años, con un sociólogo y con un maestro de una de las escasas escuelas del sitio. Dialogo asimismo con el “Último Huarpe”, el cacique de la tribu Azaguate, etcétera. Son los Puesteros quienes me han contado historias maravillosas, tales como el “Gritón”, un alma en pena que grita por las noches, o aquella de las Salamancas, bacanales que organiza el Diablo en medio de los campos. O la ceremonia de la lluvia: los gauchos bailan durante noches y días en honor a San Vicente, patrón de la nubes, a fin de que haga llover. Esta inmersión en el Desierto lavallino es un regreso a mi raigambre, a los olores de las chilcas, las huellas de los guanacos, al vuelo del picaflor. La tierra salitrosa con su simulacro de helada blanca, con sus golosos remolinos “boca’el Diablo”, me traen aquellas reacciones alérgicas que debía mitigar con ramas de eucalipto hervidas junto a la cama, cuando mi madre me contaba historias de niñitos que andaban en zancos por los techos de caña y barro, y que a veces, engañados por las estrellas, pasaban la noche en la luna. Las pisadas entre médanos movedizos, que ahora desando, cómplices del Zonda, yo ya las hice en mi infancia, puesto que el desierto aún resistía en las afueras de Algarrobal, pueblo en que nací. Todas mis incursiones a los llanos de Guanacache han cobrado un carácter de aventura. La zona tiene la fuerza del puma, la picadura de la víbora candado. El silencio de la duna agarra como mirada de halcón, o nos hunde el alma, frente al recato del lechuzo. No se va en vano al Desierto. “Allí no hay nada”, he oído decir. Lo que hay es el alma de los Puesteros, que luego de tantos años de penurias, saben tenerse de pie, erguidos en su obstinado subsistir, decididos a durar “un añito más”. Y en esa lucha se hallan presencias que esquivan el bulto a aquellos que se allegan a curiosear. Los misterios del Lagunero son cautelosos como el viento en los chañares; se ha de estar alerta para oírlo. Oír sin oídos, quiero decir. El corazón del Lagunero se hace un puño cuando el pajuerano golpea a sus puertas sin pedir permiso. El Ave María, Santos Guallama, la Chapanay, el Dientes de Oro, son pilares de una identidad tejida con sudor y sufrimiento; son cauterios para una herida trazada hace muchos siglos, cuando vinieron los Encomendados para anunciarles la Buena Nueva. Redención que los convirtió en súbditos de un lejano monarca y amanuenses de un cercano patrón. Junto con el abandono de la antigua espiritualidad, la nueva religión les dio a la Virgen María, que aún hoy los cubre con su manto. Muchos cayeron en la transición. Cientos de familias quedaron quebradas al partir el padre o el hijo hacia las minas; viéndoles desgajarse el lomo bajo las cargas de los recién llegados. Varios Laguneros más, por no decir la mayoría, dejaron sus antiguos lares, donde campeaban sus dioses, sus demonios, para irse, atadas las manos con cadenas, a servir en feudos chilenos, a sufrir en silencio el fogón perdido, el amor “botao” y hallar a su alrededor rostros ávidos que sólo querían la rentabilidad de sus brazos. Yo comienzo por narrar lo que veo, siento y pienso durante mis viajes a la región. Describiendo, desde luego, una zona reseca, agreste, a medida que introduzco pasajes del Diario de viaje por las lagunas de Guanacache en el año 1780, donde el informante, enviado por el Virrey del Río de la Plata, hace una descripción minuciosa de Guanacache, haciendo surgir ante nuestros ojos: “...más multitud de pájaros... como son Cisnes, Ganzos, Flamencos, y otros varios, que hacen una agradable vista, habiendo averiguado también, que produce abundancia de Truchas, y algunos Pejerreyes de muy buen gusto...”. 

El texto está poblado de leyendas, de letras de canciones folklóricas grabadas por mí o extraídas de la tradición, o prevenientes del Cancionero Cuyano, de Juan Draghi Lucero. Algunas fotografías, tomadas durante mis viajes, ilustran los lugares, las personas, las fiestas, las casas y las iglesias. A las que se suman una serie de dibujos de Fidel Roig Matóns, que nos permiten apreciar lo que era Guanacache y sus gentes, antes del secado de las lagunas. Con este libro quisiera dejar un testimonio de este pueblo pacífico, que vivía en buenas relaciones con sus vecinos y que fue arrasado por la tormenta de la “Conquista”. Lo que ellos me relatan constituye un documento de un mundo hundido en el tiempo y que puede desaparecer de un momento a otro. Las confidencias que contienen estas páginas son excepcionales, dado el recato, el pudor y el carácter reservado de los habitantes. Si ellos aceptaron hablarme de sus vidas, de sus creencias más íntimas, es porque yo nací donde ellos nacieron, hablo su lengua y amo la tierra que ellos veneran. A medida que el relato avanza aparecen los nombres de los puestos con las listas de sus habitantes en 1999, que me fueron confiadas por las Comunidades Indígenas. Hago esto para robarle al tiempo su despiadado olvido. Los años pasarán, pero en estas páginas quedarán consignados los nombres de aquellos que inspiraron este trabajo. Un fogonazo, una pincelada de vidas, fugaces como el tiempo que las envuelve.  En cuanto a Julio Cortázar, fue y sigue siendo un amigo. Solíamos conversar durante la Asamblea General de la UNESCO, donde él hacía traducciones. Una vez le pedí si podía leer un par de cuentos míos y así lo hizo, dándome consejos muy valiosos que aún guardo en la práctica de la escritura. Cuando falleció, asistí al sepelio en el cementerio de Montparnasse. Como había mucha gente, decidí regresar y platicar con él tranquilamente. Pero no encontré la tumba. Entonces decidí escribirle una carta, donde le explicaba mi pena por este desencuentro. La titulé: “Encuentro post vitam con Julio Cortázar”, y vaya aquí este fragmento:

“Me sentí profundamente decepcionado: mi vieja ilusión de entablar un verdadero diálogo con Julio Cortázar, o al menos de encontrar su sepultura, no se había realizado. Quizás no habíamos entablado una amistad lo suficientemente sólida como para aspirar a un encuentro post vitam. Tampoco era yo un exégeta de su obra, lo que hubiera justificado, à la rigueur, una consulta postrera. En realidad éramos dos caminos paralelos. A pesar de haber sabido aquella tarde de las exequias, que tarde o temprano teníamos que volvernos a ver. Aunque más no fuera para decirnos: "¡El circo acaba de empezar!" Refiriéndonos esta vez no a la Asamblea conceptual sino al carnaval de todos los días, aquel que nos arrastra por las calles, por las plazas, por los ascensores y por la punta de la nariz, espantados ante la idea de permanecer inactivos, porque no hacer nada implica la angustia, la incertidumbre, la soledad.

Sin más que decirle, entonces, le conté que había conocido a la Maga. Claro, ella, el personaje de "Rayuela".

- ¿Ah, la conociste personalmente?...

- Sí, en "El sublime Almacén del País Gaucho". 

- ¿Cómo, cómo, qué es eso? 

- Ah, no sabías que la Maga gana su pan de cada día vendiendo muebles del renacimiento porteño en su almacén?

- No, no lo sabía.

- ¿Y que todos sus clientes se convierten en payador perseguido, es decir en Martín Fierro, el trovador de la Pampa?

- No, no lo sabía.

- Que tu libro estaba inscripto, palabra por palabra, en los muros del "Sublime Almacén" mucho antes de que naciese la escritura y que Julio Cortázar empuñase pluma alguna?

- No, no lo sabía.

- ¿Que las luces del Sena se reflejaban en los ojos de la Maga, siglos antes de que los Francos sometiesen las Galias?

- No, no lo sabía.

- ¿Que ella viene a espiar tus deambuleos por este sendero, los lunes de luna llena, cuando la torre Montparnasse asume su verdadero aspecto, es decir el de Eva Perón, patrona de humildes y humillados?

- No, no he de saberlo jamás.

- Entonces también ignoras que el circo se ha generalizado y que ahora el supremo Consejo es quien designa las víctimas de los próximos bombardeos, los futuros hambreados, los redimidos, los electrocutados, los veraneantes, la carne de prostíbulo, la carne de cañón...

- Lo ignoraba, sí...

- Ignoras también que aquellos seres de traje gris, corbata gris y rostro gris, cuyos grisáceos discursos tú traducías del esperanto al nahuatl, se han elevado al rango de profetas y vaticinan quienes han de ser los próximos desocupados, los descastados de mañana, los sedientos del año 2.000, los propietarios del Orbe, los fabricantes de dioses, los compositores de rezos y decretos, los arqueólogos de la Luna, los sementales de Marte, los enfriadores del Sol.

- Reconozco que todo eso lo ignoraba.

- Como debes ignorar que la cuarta parte de los bosques bajo cuya sombra escribiste, se ha secado; que la mitad de los mares que navegaste gestando tus sueños, se ha marchitado; que la tercera parte del aire que respiraste se ha vuelto hollín; que por las calles ya no van tres autos ni diez, ni cien, ni mil, sino diez mil y veinte mil y cuatrocientos mil a trescientos kilómetros por hora.

- Tampoco eso lo sabía, lo reconozco.

- Pero quizás has de saber que aquella parejita de horneros, que una vez ¿te acordás, Julio?, viste en aquel algarrobo centenario, en las afueras de Buenos Aires, junto al viejo casco de estancia, en Tapalqué, bueno, esos dos pajaritos se han vuelto una familia muy grande. Y siguen armando casitas, para cada nueva pareja. Van y vienen, juntando greda con el pico y vuelan para construir el cuarto nupcial y por las noches se oye un murmullo, como de felicidad.

- Ya ves, eso tampoco lo sabía. Pero lo imaginaba...”

- Vale el fragmento y ya que habla de Cortázar, que es prácticamente argentino, ¿cree que los argentinos aún seguimos magnetizados por la cultura francesa? ¿Cómo se manifiesta ese magnetismo, si lo hubiere?

- Es normal que todo individuo normalmente dotado admire Francia y su cultura. No le faltan defectos y errores, pero el balance es altamente positivo. Baste con recordar a novelistas como Victor Hugo, Zola, Marcel Proust; a pintores como Degas, Monet, Delacroix, Manet; a pensadores como Deleuze, Montaigne, Descartes; a visionarios como Paul Claudel, o Bernanos; al los clásicos del cine, como Resnais, Bresson, Goddard; ¿para qué citar a los modistos, como Christian Dior, o Yves Saint Laurent? En el campo de la ciencia, los hermanos Lumière, Pasteur; en poesía de Rimbaud, Paul Valéry, Aragon; la música de Lulli, Debussy, Ravel; en fin, inútil seguir la enumeración de tantos creadores y cerebros que desde Francia han enriquecido el saber mundial. Nosotros los argentinos estuvimos marcados desde los orígenes de nuestra República, por los pensadores del Siglo de las Luces: Diderot, Montesquieu. Rousseau, Voltaire. Sarmiento y San Martín, entre otros, contribuyeron junto a otros a aplicar las conquistas sociales de la Revolución francesa en nuestro país, comenzando por los Derechos Humanos :
“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía. Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.  Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas.  Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.  Todo ser humano tiene derecho, en todas partes, al reconocimiento de su personalidad jurídica.  Todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley. Todos tienen derecho a igual protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración y contra toda provocación a tal discriminación…”.

A todo esto se suma la belleza plástica de París y su encanto indeleble. Hay algo que flota en el aire de la Ciudad Luz. Sus cafés, donde es grato conversar, tomar algo, observar la gente, escribir, pensar, recordar… Sus barrios, con sus diferentes habitantes venidos de los cuatro rincones del mundo, sus tiendas, plazas, orillas del río Sena, la catedral de Notre Dame, sus conciertos de órgano, sus vitrales y el ambiente sobrecogedor; París es también su multitudinaria cantidad de librerías, de teatros, óperas, festivales de cine, de danza, desfiles de moda, avenidas magníficas como los Campos Elíseos o Saint Germain des Près, cuna de escritores como Apollinaire, Marcel Aymé, Zola, Balzac, Leo Malet, Jean Paul Sartre; Montparnasse y Montmartre, donde campearon Pissarro, Degas, Toulouse-Lautrec, Renoir.

Yo evoco este París, puesto que hacia estos temas va mi predilección, para otros habrá un diferente París, tanto o más intenso que el mío. Y todo esto impulsa la creatividad, ya que siempre alrededor nuestro alguien acaba de publicar sus memorias, otro expone sus cuadros en la rue de Seine, la compañía treatral de un amigo parte a Avignon para su festival anual, un vecino, silencioso y reservado, acaba de ganar el Nóbel de química, y así va la vida, deslizándose entre albas y crepúsculos.

- Y ahora, luego de tantos y tantos años de Paris, dígame, ¿volvería a vivir en El Algarrobal lasherino?

- Estoy actualmente corrigiendo un texto titulado “El retorno del hombre”, que es quizás la respuesta a su pregunta. Mi último viaje a Algarrobal, me demostró que soy un desconocido en mi propio terruño. La población ha cambiado a tal punto, que pocos van quedando de aquel villorrio de vecinos que antaño fuera. Las  gentes recién llegadas ignoran lo vivido por nosotros –como nosotros ignoramos las motivaciones y recuerdos de ellos. Esto hace que yo no reconozca mi patria chica y que los lugares de mi infancia hayan dejado de existir. Tristeza y al mismo tiempo liberación de una carga emocional a veces dura de llevar. La vida de los pueblos es así, movilidad, cambio, alteración, la gente vive y muere y la raza humana vuelve a nacer; por los siglos de los siglos. ¿Vivir nuevamente en Algarrobal?, dice usted, Ulises. Y le respondo que no, es imposible ya. Las gentes de mi generación se apagan uno tras otro y pronto mi hora también llegará. Francia me ha tratado y sigue tratándome bien. Entonces cultivo mi discreta felicidad, reservándome islotes de Argentina afectiva, donde aún se hable el viejo idioma de la tierra, resuenen nuestras bellas tonadas (bien galanas), galopen los cimarrones por sierras y pampas vírgenes de cuerpo y alma. Aunque ya lo ve, este comentario vuela desde París en alas de su paloma mensajera. ¿Milagro de la ciencia, deseo de compartir afectos y perdurarlos?, ¿qué opina usted, don Ulises, de esto que dijo Hamlet?: “¡Ser o no ser: He aquí el problema! ¿Qué es más levantado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna, o tomar las armas contra un piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas?”.  

- Que en ocasiones la única respuesta posible es el silencio.

Opiniones (6)
25 de septiembre de 2017 | 04:31
7
ERROR
25 de septiembre de 2017 | 04:31
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. Ana María es mi amiga. Hace tiempo, ya, me contó su encuentro con Gregorio, en esa noche parisina que, gracias a él, de angustiante resultó maravillosa. Esa "causalidad", me llevó a pensar que otra "causalidad" iba a conectarme a mí también con Gregorio. Su "Ser" es el tipo de "Seres" que es bueno conocer, Seres cuya luz ilumina el cosmos. La nota excelente, lo presenta tal cual es, con la inteligencia del corazón, la generosidad y la sabiduría de la persona "éveillée". Siendo franco-argentina, no puedo menos que hacer una salvedad: en un párrafo, nombra a Racine como autor del "Bourgeois gentilhomme", no es Racine sino Molière. No quisiera que se tome esta aclaración como una crítica, es solamente una corrección, defecto de siglos de docencia. Gracias por existir.
    6
  2. Tuve la enorme suerte de conocer a Gregorio Manzur en una circunstancia muy especial. Fue cuando una noche de un París que no podia brindarme una simple cama de hotel en ningún lado porque estaba completamente ocupado por turistas con motivo de una exhibición de arte, cuando el me abrió sus puertas y me dejo entrar. Fué con la ayuda del concerge de un "petit hotel" de la "rue Moufetard", quien hizo infinitas llamadas a diferentes hoteles buscándome alojamiento, -y luego de comunicarme con dos conocidas que me habían negado la posibilidad de quedarme esa noche ni siquiera sentada en una silla de sus casas "porque no tenían lugar suficiente"-, que busque afanosamente en Internet el número de teléfono de alguien con su mismo apellido cuando desde el otro lado de la linea me atendió Gregorio, "otro Manzur" -el único de la lista- quien por casualidad, sin ser familiar ni conocido de la persona a quien yo buscaba y por suerte del destino sí tuvo espacio para mí. Fué entonces cuando Gregorio, quien absolutamente sin saber quien soy me dice: _"Venite, yo te puedo albergar aquí, no te vas a quedar en la calle." Y me brindó un lugar en su departamento para pasar "la noche que no tenia cobijo alguno en un París tan grande como el que todos conocemos". Con alma y sentimientos puros, al llegar a su departamento y para mi total sorpresa, me había preparado una cama fresca, recién tendida y me ofreció todo lo que pudiera necesitar siendo mas allá de la una de la mañana. Fué asi que tuve la inmensa dicha de conocerlo. Este hecho refuerza la transparencia de un alma grande, solidaria, libre de prejuicios y discriminaciones de cualquier tipo. De un ser como pocos! Qué opino de esta nota?, que es muy buena, que muestra muchísimo de Gregorio Manzur, de sus experiencias de vida, su conocimiento cultural, su forma de pensar profunda y clara a través de las citas que hace en estos párrafos que hay que saber leer y entender "desde adentro del significado oculto de cada palabra". Y también pienso que esta nota, tan rica, nos entrega sólo un pedacito de su personalidad. Tal vez, habría que escribir miles de notas para dejar ver que aún detrás de su nombre se oculta la riqueza interior de un hombre excepcional que tal vez nunca se deje traslucir por completo por más notas que se escriban o por más libros que se lean de su propia redacción.
    5
  3. Coincido con Carlos, la nota es interesante, profunda, impecable. Felicitaciones Ulises.
    4
  4. Gracias, Carlos, por tu comentario. Ulises.
    3
  5. Aunque lo que más vale es el relato del entrevistado no le quito merecimientos al Ulises ya sea por la idea de la entrevista o por las preguntas. Vale la pena ganar unos minutos de vida leyando una nota que -lamentablemente- es una excepción en el periodismo mendocino.
    2
  6. Muy hermosa la nota, las palabras, las visiones y aventuras. Felicitaciones!
    1
En Imágenes
Finalistas del concurso 'El fotógrafo del año de la naturaleza salvaje'
20 de Septiembre de 2017
Finalistas del concurso 'El fotógrafo del año de la naturaleza salvaje'