Alberto Musso

"Yo dejé de ser sorpresa"

Una de las últimas entrevistas que le hicieron al desaparecido artista.

Aclaración: La siguiente entrevista, realizada por Andrés Cáceres, es gentileza de José Luis Menéndez, titular de www.alphalibros.com.ar.

 

Alberto Musso es egresado de la Univ. Nac. de Cuyo (Argentina, 1962). Además de pintar, ejerce la docencia, traduce textos, pero sobre todo es productor de un pensamiento que indaga, desde una perspectiva artística, el conjunto de las relaciones sociales.

Más bien parco, el notable artista dijo que nadie puede adueñarse de un cuadro; que una traducción le ha llevado cinco años y pinta menos; que el destino del artista está en la persistencia más que en el talento; que la impostura es una de las formas posibles del arte; que vivimos en una sociedad caníbal; que no es un artista social y que aborrece ese tipo de pintura así como lo caricaturesco.

Alberto Musso fue contratado en 1982 como titular de la cátedra de Pintura de la UNC. Él venía de ejercer el mismo cargo (desde 1975) en la Universidad Nacional de Misiones, de modo que en Mendoza no nos acordábamos de su obra. De esa manera, la muestra que realizó al regreso, en el Museo de Arte Moderno, entonces en el edificio de Turismo, provocó poco menos que una conmoción. Él explicó en el catálogo: “El presente conjunto de obras, crecidas en el tiempo, atestiguan situaciones, momentos y lugares precisos de mi permanencia en uno de los límites de la Argentina, donde se amalgaman crecimiento vegetal, rastro misionero y el aporte de pueblos diversos, de guaraníes y esclavos.
“Pueden agruparse estos cuadros, según su iconografía, por afinidad argumental, en temas de cacería (como “Los trofeos”), de alegorías sin moraleja (como “El silencio”), de altares o monumentos inútiles (como “Los ladrillos”). Lo procurado es la presentación de un estrato de la realidad que no se suscitaría sino en la presencia concreta de esa obra. Lo visible devela lo invisible…En el viejísimo arte de la pintura, mi trabajo se entronca en su modo primero e inmediato: desarrollo de un sistema visual como reacción y conjuro ante un fragmento de lo real”.
A más de veinte años, con pocas pero contundentes muestras, participación en muchas colectivas, premios importantes que se sumaron a los que ya tenía, obras murales, retratos de funcionarios de primera línea, intervención copiosa en jurados y una constante prédica en la cátedra, Musso se convirtió en uno de los principales referentes de la plástica en nuestro medio. Su labor literaria, a la que se ha entregado tan apasionadamente como a la pintura, sólo es conocida por unos pocos.


La obra de arte no tiene precio


Lo entrevistamos en su casa-taller, con más cuadros que otros objetos y, desde luego, sin poder colgar. Solamente en dibujos atesora carpetas con más de mil quinientos trabajos y sus óleos, como sabemos, son mayormente de tipo mural. Pinta, traduce del ruso, del inglés y del italiano y posee una amplia y rara erudición que lo convierten en un notable intelectual, más allá de su pintura, que ocupa un alto sitio dentro del arte argentino.
Dijo que “La evolución de los “presupuestos” culturales tergiversa la situación, si se quiere inicial, que es el arte muy predeterminado por un mercado, a cuyas exigencias algunos artistas se someten, sin que esté en ellos, a lo mejor, hacer un negocio”.

-¿Por qué es totalmente loco que se paguen millones de dólares por un Van Gogh?

-Yo no he dicho que es loco pero hay un sistema monetario que exonera de impuestos a las obras llamadas de arte. Entonces se puede inventar un precio que nunca se pagó al artista. Porque se están deduciendo de las grandes ganancias de la empresa, millones de dólares en impuestos, que además nunca se pagaron, sino que se dedujeron de una planilla. Esos mecanismos se multiplican y creo que hay otros, que hacen que vaya el dinero hacia la obra de arte, determinando una inflación artificial de los cuadros. Supongamos que hay un cuadro de Van Gogh que vale 75 millones de dólares. Evidentemente, es una gran obra de arte, pero esa obra no es tan distinta de un cuadro de Bonnard o de Vuillard, que nunca han alcanzado ese precio. Vale decir que es una inflación sobre determinados artículos, que incluso quien los compra no lo hace por su valor artístico, ni lo sabe valorar como arte, ni lo disfruta, aunque a veces tiene la generosidad de ponerlo en un museo. Es como un juego totalmente independiente del valor del arte y de la experiencia del artista que lo produce.

-¿Cuánto vale una obra de arte?

La producción de obras no tiene precio. Es imposible pensar que un poema de Lord Byron, de Pushkin o de Góngora pueda suscitar un equivalente en precio. Nadie se puede adueñar ni de un poema ni de un cuadro. Culturalmente, este es un invento del siglo XX, porque en ninguna cultura ha habido precio para las obras de arte. El Taj Mahal se hizo sin que el arquitecto ganara millones por haberlo hecho, o la Capilla Sixtina o la cúpula de San Pedro. Los cuadros de Rafael no se pagaban, no tienen precio esas obras. Que se lo hayan puesto en la actualidad es un fenómeno tangencial al arte. Es como nosotros al salir al campo aquí en Mendoza y pensar que la montaña ahora tiene dueños y precio: ¿a cuánto está el Aconcagua?.

-¿Pensás que esto puede cambiar?

El arte nunca estuvo vinculado al comercio, al dinero, como lo está en el siglo XX y creo que la evolución espiritual, económica y mental del hombre va a llevar a que eso se supere. El arte va a dejar de tener precio. Las obras son más obra de arte cuando menos precio se les puede poner, porque a veces ni siquiera la vida del artista es el precio de esa obra: es otra cosa.

-Antes había mecenas. ¿Qué salida tendría el artista?

-El artista no está en una encrucijada para tener una salida. La salida del pintor es pintar, la del poeta es escribir y el llegar a escribir un verso, sea malo o sea bueno, nadie se lo puede quitar. Pero tampoco nadie se lo puede pagar ni tiene por qué pagárselo. La realización perfecta de la obra de arte, para el artista, es hacerla, nada más. Es injusta esta sociedad, porque el artista necesita vivir y tener acceso a algunos bienes. Esta es la solución que hay que dar, pero a todos los seres humanos, a los piqueteros y a todos los que la necesitan y reclaman. Darle un lugar en la sociedad que no sea tan arbitrario como el que establece el manejo del dinero, porque ese dinero implica la marginación de millones de seres humanos, entre los cuales hay millones de artistas.

-¿Y en tu caso?

-Yo he sido privilegiado porque he tenido como una carrera en la docencia, que me ha permitido costear mis cuadros, pero puedo decir que a mí los cuadros no me han dado dinero sino que me han costado dinero; es como tener una amante cara o algo así, no sé, los equivalentes que habría en la vida. Es como un lujo que me di. Lo que a mí, en realidad, me entretiene mucho, es pintar y escribir en verso, algo que hago desde la infancia.


Obligado a ser el mejor


-Gente que supuestamente te conoce, dice que lo más legítimo tuyo es la etapa misionera. ¿Es así y ha habido algún cambio antes y después?

-Eso lo dice mucha gente y es un lugar común cuando hablan de mí. Depende mucho de la primera exposición que hice en Mendoza que dejó esa huella y esa especie de sorpresa. Yo dejé de ser sorpresa; ya saben que existo y ya saben que pinto mis cuadros acá. Es como un lugar común del pensamiento. Si me preguntás a mí, yo no te sé decir si es mejor o si es peor, porque para mí es un continuo que es mi vida. Creo que mi pintura ha madurado muchísimo después que me fui de Misiones y se ha hecho más inaccesible y menos frecuente, porque pinté mucho menos. Me interesó mucho, por ejemplo, una traducción que me ha llevado cinco años de un poema que todos los críticos dicen que es imposible de traducir. Es que mis intereses se han diversificado y mis circunstancias también. Un amigo me dijo que al ser titular de la cátedra de pintura, siempre estoy como obligado a rendir examen de que soy el mejor. No es que la gente me lo pida sino que yo lo siento. No percibo que sea así, al contrario, en ese sentido no soy tan egoísta. Pero él me dice que ha sido un obstáculo en mi producción el que yo tenga como la exigencia de eximirme como competente, como apto y como respondiendo a un desafío. Esto quizá sea verdad pero a un nivel muy inconsciente. Por otra parte, la sociedad acá en Mendoza no es exigente para nada y tampoco lo era en Misiones, sólo que allá era más distendida la situación ante un cuadro y acá, por un defecto mío, que soy de afuera que soy así, no sé por qué, es como que hay otro tipo de presión.

-¿Cómo ves a ese grupo de alumnos que vas preparando todos los años, qué absorben del arte y cómo ves, fuera de ese ámbito, al arte de hoy?

-Actualmente estoy dando mi curso 43 de pintura. Tengo 65 años y soy profesor desde los 22. He visto miles de personas que pintan y que lo hacen desde jóvenes con un talento envidiable, que producen maravillas y noto un núcleo de gente joven que pinta muy bien, como mucha imaginación, con solvencia técnica, con planteos inteligentes, que son fascinantes para hablar de arte. Pero la experiencia me ha enseñado que esa gente deja de pintar y que la persona más mediocre, más desvalida, esa por la que no dabas cinco centavos por lo que iba a hacer en arte, puede llegar a ser un gran artista, a pintar excelentemente bien. La conclusión sería que el arte no es una explosión momentánea. No sé si la vida de Rimbaud tuvo esa explosión en los dos o tres años en que escribió, no sé explicar eso, pero pienso que no hay arte si no hay una obsesión, una consecuencia y un trabajo en los años. Y en la pintura no es frecuente ver poetas como Rimbaud, jóvenes. Los pintores son viejos o empiezan a madurar después de cierta edad. Eso es lo que yo veo que cuesta: cuesta ser pintor, cuesta pintar. La gente en cierto momento decide que tiene que dedicarse al hogar, que tiene que trabajar, que tiene que tener éxito y seguir produciendo lo mismo para tener dinero pero deja de hacer pintura. Más que en el talento, más que en el brillo o la capacidad, el destino del artista está en la persistencia. El cuadro lleva tiempo, lleva material, lleva elaboración, seriedad, reflexión y también el animarse a mostrarlo. Por ejemplo, yo no me animo ahora a mostrarlos como cuando era joven.

-¿Te da pudor?

-Soy menos inconsciente; (risas). Soy más crítico, más reflexivo y más escéptico respecto a lo que la pintura pueda hacer en esta sociedad.

La impostura es una de las formas posibles del arte

-Es cierto que aquello que nos llega es lo más mediático. ¿Pero qué hay de autenticidad en el arte actual?

-La impostura es una de las formas posibles del arte, especialmente de la pintura hoy día. Yo ante una tela puedo chorrear colores lindos porque vienen lindos en las latas y siempre van a salir cuadros maravillosos, pero eso no dura. Depende mucho de la paciencia del espectador y de un momento, de una ocurrencia. Ese cuadro no tiene la consistencia que tiene el arte, la coherencia interna de producción. Eso está vacío de pensamiento. Tampoco es una vara del arte, lo fácil o lo difícil. Por ejemplo, un cuadro de Pollock es muy fácil de hacer. Ahora, por ejemplo, lo hacen como práctica todos los estudiantes. Lo difícil es concebir que un modo de manchar una tela sea pintura y de haberlo logrado. El logro está en esa primera realización. La repetición hasta el infinito que pueda hacer cualquier persona en su casa no tiene la autoridad del pensamiento que tiene la invención primera de esa obra. Eso es lo difícil: lograr una resonancia auténtica, genuina, desde el interior de la persona, de lo que es una nueva forma artística, una nueva respuesta. Hay pintores muy buenos que no son profundos ni son de gran pensamiento, ni hay una gran concepción y son legítimos y muy buenos, porque hacen cosas agradables, porque manejan bien algunos de los elementos, pero también hay que ubicar la dimensión de esa pintura.

-¿Y el instinto?

-También hay tener el instinto de lo que es más real y eso cuesta verlo. En el fondo es una cuestión de cultura general y en esta sociedad nosotros estamos viendo que los chicos a los quince años no saben leer. Lo que está fallando en la cultura artística sino la general, la cultura de cómo conducirnos en la calle y claro, también se dan esos desencuentros del arte. Por otra parte, en estas sociedades y no tiene por qué ser de otro modo, la relación con el Estado de la cultura no puede ser tan manejable como creen los políticos. No es cuestión de cargos ni de presupuestos de cultura. Eso no va a transformar la cultura de una sociedad. Sí se va a transformar de a poco, integralmente.

-La incultura va de la mano de la pobreza...

-Una muestra de nuestra incultura o de la crisis cultura de la Argentina es la situación de la pobreza creciente y de los piqueteros. Ese es un rasgo que no depende sólo de variables económicas: es la cultura general lo que falló; falló la educación y cuando lo piqueteros tengan trabajo digamos, metafóricamente, se va a comprender mejor la pintura. Estaríamos ante una sociedad que empieza a cimentarse en valores, algo que está fallando totalmente. Estamos en una carnicería por lo material, que ha excluido a millones de seres humanos y de igual modo, la visión de la pintura se corresponde con esa sociedad. No es otra la promoción de nombres que se ofrece y la discriminación cultural que hay en la literatura y en la poesía. Todo está determinado por los mismos valores de esa sociedad caníbal.

-¿Cómo incide en tu pintura este desastre social y cómo incidía cuando estabas en Misiones, con otra situación?

-No lo sé ubicar, no sé cómo influye. Emprendí la insólita empresa de pintar. Esto no es común en las personas y en mi sociedad soy una excepción. En una de esas, podría decir que he tenido mucha suerte pero también podría decir que fue injusto respecto de lo que pasa con pintores en otras sociedades. Lo que sí quiero aclarar es que alrededor mío siempre ha habido un equívoco: pensar que soy un artista social, porque nunca he tenido ese propósito y hasta diría que aborrezco ese tipo de pintura.


Tiendo a pintar seres apolíneos


-Quizá se debe a que hay cuadros tuyos densamente dramáticos...

-Una vez me dijo Marquet (Pascual) que en la Terminal de Ómnibus, viniendo de San Martín, había visto un viejo escrofuloso, con los dedos artríticos y aspecto terrible que le hizo acordar a una pintura mía. Le contesté ¿vos no te diste cuenta que en mi pintura yo tiendo siempre a hacer seres apolíneos? Nunca me he valido de la deformidad. En alguna obra puede ser, pero como un medio de expresión. Además, hay pintores que yo pienso que hacen una pintura agradable y conformista y si ves el dibujo de esas figuras, son mucho más monstruosas que las mías. No obstante, hay esa idea de que yo he pintado cuadros terribles. Si he pintado una flor, la gente igual ha creído que estaba haciendo algo de trascendencia social y no ha sido mi propósito.

-¿Y en el caso de “El cartelón”?

-Ahí he tenido un propósito más inmediato respecto del tema, que no es algo explícito social. Es un incidente nocturno que vi en una manifestación en Tucumán cuando era joven. Después fui a Misiones y allí pinté mi primer cuadro, que es ese. Pero también está muy presidido por un criterio estético. La protesta no es el fin sino que veo ahí cómo dibujé el movimiento de masas y la euritmia de los gestos. Lo que he buscado siempre es profundamente estético, en el sentido de liberado un poco de una connotación. También pienso que ese cuadro es una especie de catarsis, que tiene ese clima, no de protestar como la gente que allí aparece, sino de liberar a través de las formas, de la belleza de la escena, algo punzante. También hay algo a lo que fui reacio siempre, que es a la nota caricaturesca. Aborrezco, lo digo así con ese verbo tan radicalizado, toda expresión que se realiza a través de lo caricatural, del gesto caricaturesco, del modo caricaturesco de dibujar una nariz, una mano: esto para mí siempre fue objeto de un rechazo, he procurado no hacerlo y creo que nunca incurrí en una deformación grotesca. He tratado siempre de mantenerme dentro de algo que en el fondo es como armónico, como que conjuga contradicciones. No me gustan esas radicalizaciones de hacer todo cruento, de mostrar sangre.

-Entre lo lírico y lo satírico ¿te quedás con lo lírico?

-No, satírico sí, pero no lo caricaturesco en el sentido de la gracia caricaturesca de las revistas. No me atrae para verlo ni para hacerlo. Me parece un recurso fácil. Es como impresionar al espectador a través de eso que no es indicio de calidad ¡para mí! Y no me gustan los autores por más laureles que tengan, que incurran en eso. Lo digo porque a veces se me achaca, y me molesta, la nivelación de ese tipo. Nunca en mis formas he buscado una cosa así.


La instalación no equivale a pintura


-¿Qué opinás de las instalaciones y del arte conceptual?

-A mí me parece valiosísima la experimentación con nuevas formas y creo que dentro de ese campo se han realizado cosas muy interesantes. También es muy fácil que se llame instalación a cosas totalmente inertes como motivadores culturales. Por ejemplo, la reiteración de instalaciones con velas, botellas, plásticos negros: lo odio. Deja de ser creativo, de ser un planteo interesante de instalación. Ahora bien, para mí no es un equivalente de pintura. Yo no me siento colega del que hace instalaciones. Pero hay una cosa que surge ahora, que es ridícula y lo voy a decir en forma cómica. Yo no sé si soy colega de un pintor abstracto racionalista. Pero ese tema lo enseño en mis clases. La mayoría de mis alumnos puede trabajar conmigo en arte que no es formal, pero la índole de mi pensamiento es esencialmente figurativa. Es esencialmente pensar cómo se hace una mano, como se expresa un espacio, cómo se puede hacer una alegoría a través de una escena. Es absolutamente distinto a lo que pensaba Mondrian, en el sentido de que no es esa ordenación formal lo que a mí me interesa, sino otro tipo de relación formal. Mi adiestramiento y mi sensibilidad es ver otras cosas, cosas que los artistas formalistas abstractos a lo mejor no ponen en juego. Por eso a veces me he hecho la pregunta: ¿yo soy colega de esos otros pintores? Están hablando de cosas totalmente ajenas a mí. Yo he pintado toda mi vida. A los siete años firmé mi primer cuadro. Desde entonces hasta hoy, tengo cuadros de todos los años, los conservo. Pero hay cosas que nunca se me han ocurrido pensar en pintura. No digo que esté bien ni que esté mal. Yo soy un tipo de artista que se puede definir como figurativo pleno. Cada pincelada que doy ha sido siempre figuración. Ahí surge esa observación un poco cómica de que yo diga yo no soy colega de esa mente. Tampoco pienso que la instalación sea un género de pintura. También hay muchos artistas que proyectan y pintan sobre la fotografía y para mí la esencia de la figuración es lo que está en la mente. Se dará el hecho de que soy un pintor de memoria. Entonces yo no me siento colega del figurativo que hace fotos a mano. Aunque incidentalmente, si quiero hacer a Maradona, tengo que recurrir a una foto. Si quiero hacer un retrato de Eva Perón o el de los gobernadores que me encargaron, hay que recurrir a fotos porque ellos no pueden posar, a no ser De la Rosa. Él sí vino. Pero, repito, no me siento colega de la figuración en base a foto, a cosa proyectada y realizada después a mano. Yo soy el artista que tiene el repertorio en la mente y lo puede exteriorizar. Creo que esa es la prueba de la figuración. También ante el modelo, pero no lo que se trabaja desde una lámina, fríamente. En ese sentido, pienso que el enriquecimiento de nuevas vías artísticas está dado por algo no tan radical como la instalación sino cómo internamente la pintura se ha ido especializando en direcciones distintas, que quizá todas sean legítimas o digámoslo que quizá todas han dado buenos resultados, pero no sé si todas son del mismo grado de intensidad. Creo que no. La pintura es un arte que se volvió demasiado elitista, demasiado especializada, que tiene el carácter de la poesía culta, como un apartamiento cada vez más tenso de lo obvio o de lo dado.

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21 de agosto de 2017 | 18:50
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