Viviana Bianchi, empresaria

"Fuimos innovadores en una empresa muy tradicional"

El nuevo experimento de la versátil empresaria se ubica en un corner. Desde esa esquina, en la que Mendoza pasa a convertirse en Godoy Cruz, relanzó un espacio que reúne gastronomía con arte. La aventura no es nueva para esta sanrafelina de pura cepa, que, luego de varios viajes y actividades, decidió vivir en Mendoza. Aún hoy es recordada por varios empleados de Bodegas Bianchi, empresa familiar en la que trabajó. Ella cuenta aquí cómo resultó aquella experiencia.

Su aporte al desarrollo cultural de San Rafael ha sido siempre innovador y hasta de vanguardia. Es una marca que también le viene de familia y que junto a su hermano Alejandro han desarrollado como marca. No son pocos lo que recuerdan un emprendimiento suyo que, en su momento, se transformó en el mejor parador del sur mendocino, en Valle Grande. Se llamaba "Plataforma", y era un bar-restó que durante el día atendía en un deck sobre el agua verde del dique.

Empecinada e incansable, como la conocen quienes la conocen, presentó a fines del enero más húmedo de los últimos años su aggiornada propuesta: Area. Aquí explica cómo surgió el nombre, entre otras definiciones y revelaciones:

- ¿Cuánto tiempo llevás viviendo en Mendoza?

- Un año y medio, o poco más.

- Que es cuando decidiste dejar San Rafael.

- No decidí dejarlo. Estaba buscando mi lugar en el mundo. No lo encontraba. Viajé mucho. España era un destino posible. Brasil también, sin dudas. Y siempre la idea era ponerme un bar, que se llamara “De violetas y margaritas”. Yo me llamo Violeta y la arquitecta de este lugar, una gran amiga, se llama Margarita. Siempre nos hemos visto viejas y juntas (risas). La búsqueda eliminó Buenos Aires, porque es una ciudad donde no me iría a vivir. Y en el medio de todos estos movimientos, en el cual mi padre estaba en estado de coma, un día mi hijo me llama. Me dice que viniera aquí a ver una casa que estaba muy buena. Era una casa muy vieja, en Chacras de Coria. Llegué muy temprano, a las siete de la mañana. Estaba amaneciendo. Era abril y comenzaba el otoño. Y cuando empecé a bajar los caracoles de Chacras sentí un olor muy fuerte, muy mendocino, de los árboles y del otoño. Sólo Mendoza tiene ese olor.

- Por entonces vos vivías en una finca en las afueras de San Rafael.

- Claro. Por eso estaba tan atenta al olor, pienso. Y porque además desde la finca jamás imaginé que podría vivir en una gran ciudad conservándo cosas increíbles, como los perfumes naturales. Siempre he amado el campo, ese concepto de salud que es también un concepto de vida.

- ¿Y que pasó cuándo bajaste los caracoles de Chacras?

- Y sentí lo que estaba esperando sentir desde hacía rato: era mi lugar en el mundo. Y llamé a mi compañero y le dije que estaba en el lugar donde podíamos cumplir con nuestros deseos. Hacía treinta años que no estaba en Chacras. Pasamos un fin de semana aquí, le mostré el lugar que me había indicado mi hijo, y ahí  comenzamos a buscar una casa para vivir, por el diario. Y encontré una golpeando puertas. Era una casa con mucha historia. Y así también comenzamos a buscar nombre para ese espacio, que combinaría arte y gastronomía.

- Fuiste la primera mujer en ocupar cargos directivos en Bodegas Bianchi, en San Rafael. ¿Cómo fue esa experiencia?

- En ese entonces en la empresa todos nuestros directores eran personas mayores: mi tío Enzo, mi padre Alcides, y mi otro tío, Aurelio Stradella. Cada uno tenía un hijo en la empresa. Y cuando se decide la incorporación de un segundo hijo mi padre no tenía más varones. Entonces por formación y preparación me eligieron. Y también porque yo era la única que podía animarme (risas). Incluso hasta el último día en que trabajé allí fui la única mujer que participaba de las reuniones de directorio.

- ¿Fue una tarea difícil la de ocupar la gerencia de Recursos Humanos, a mediados de los 90?

- Sí, fue difícil. Y generalmente no sólo en Bianchi, sino en la mayoría de las empresas, todos los que estaban en puestos gerenciales eran hombres. En la mayoría de las reuniones era la única mujer. Y, de hecho, para degustar los vinos, era la única. Fui aprendiendo a ganarme un espacio.

- Y en esas reuniones, ¿cómo era tu participación?

- (Risas) Al principio yo no tenía ni silla. Estaban todos los lugares ya determinados. Y en algún momento de la reunión alguno decía: “Viviana, falta café” (más risas).

- Era más que duro, entonces.

- Sí. Pero lo respeté, con mucho amor, porque además la empresa era familiar. Pasaban cosas graciosas. Un día me pidieron que por favor no usara perfume. Y yo estaba en silencio. Y supongo que mi mera presencia hablaba. Con el paso de los meses cambiaron algunas cosas. Fui teniendo mi espacio. No tenía ni oficina. Y me dieron la cocina de lo que antiguamente era la casa. Y me asignaron un presupuesto, nunca voy a olvidarme, de mil pesos. Y con ese dinero hice maravillas. También se enojaron porque hice sacar la mesada de mármol destrozada, que estaba en la cocina (risas).

- O sea que la creación de área de Recursos Humanos fue todo un acontecimiento.

- No existía. Y fui haciendo que ellos sintieran que ese lugar era tan importante como el resto de las áreas de la empresa. Y hasta que me la otorgaron pasó casi un año de trabajo. La oficina de la que hablo la tuve recién seis meses después de incorporarme a la empresa. Y así logré consolidar el área y también una posición dentro de la sociedad, la sanrafaelina. Con mi hermano Alejandro creamos la Fundación Valentín Bianchi, lo que nos permitió desarrollar nuestro rol social. Me enorgullece decir que durante mi trabajo en la empresa el índice de renuncias y despidos fue cero. Manejaba más de 200 personas.

- Nombraste a Alejandro. El fue el creador de los vinos "New Age", que también fue una revolución.

- Fue la entrada de la sangre joven a la empresa. Siempre digo que Alejandro era como Valentín: siempre se iba actualizando, como gran enólogo que es, en ese aspecto. Y Alejandro, que aprendió muchísimo mamándolo con nuestro padre, tomó la bandera del desafío de lo joven, lo emprendedor.

- El mito dice que este vino fue muy resistido antes de su lanzamiento al mercado.

- Y es así. La empresa tenía vinos muy tradicionales. Y el planteo era: ¿cómo vamos a hacer un vino frizante, joven? Finalmente Alejandro hizo un estudio de marketing muy interesante, él estaba a cargo de esa área en la empresa, y ganó esa pelea. Una gran batalla. Luego otras bodegas intentaron hacer algo parecido pero nunca lo lograron. "New Age", cuando nos retiramos los dos de la empresa, comprendía una torta muy importante de la venta total de vinos. De hecho, New Age adquirió fuerza por sí mismo. Sin dudas que en sus inicios fue un concepto muy diferente. Se lanzó con un evento muy transgresor en Puerto Madero, en El Divino, y el desfile lo abrió la Coca Sarli.

- No es exagerado decir que ambos son innovadores a la hora de abordar desafíos.

- Fuimos innovadores en una empresa que era muy tradicional. El hizo lo suyo en marketing y yo otro tanto, y no sólo desde la posición de mujer.

- A veces pareciera que el del vino es un mundo estrictamente masculino, como una cueva de hombres bebiendo y regodeándose en un placer vedado para las mujeres.

- Yo digo que el vino es femenino (risas). ¿Sabes por qué? Siempre se habla del vino como si se hablara de una mujer. Y de tal vino se dice: “Es sensual. Es suave. Es glamoroso. Es diferente. Es intenso. Es rubí. Es acaramelado. Es dulce. Es fragante”. Entonces: ¿de quién están hablando? (risas). ¿Del vino o de una mujer? Y otra cosa: si uno toma un buen vino, o champagne, sabe tal vez a un buen orgasmo. Hay mucha sensualidad en la definición y hay mucho de la mujer a la hora de describir un buen vino.

- En la transición de tu trabajo en Bianchi y los proyectos personales existe un hito: la creación del Salón Cultural Victoria, nacido en San Rafael.

- Lo hicimos con Gabriela Talío, mientras trabaja en la Fundación. Ella llevó el proyecto, lo compartimos, y lo desarrollamos juntas durante cinco años. Yo sigo con Cultural Victoria, que responde a mi necesidad fundamental y existencial, natural y ancestral, de estar relacionada con el arte como el oxígeno que necesito para vivir. Y arte en un concepto amplio. En Chacras logramos hacer exposiciones permanentes. Y se han desprendido de este espacio otras iniciativas, como el Proyecto Tachos.

- ¿Cómo explicarías esa conjunción de arte y vitivinicultura?

- Proyecto Tachos es un aporte a la Vendimia. Lo desarrollo junto a cincuenta artistas plásticos mendocinos. Y es una intervención urbana. Y se trata de transformar el tacho de la cosecha de uva en un objeto de arte. Posteriormente se subasta a beneficio de una entidad pública. Y ha sido todo un éxito. Y es una manera de introducir a los artistas dentro de la Vendimia. Otra realización es Trasnoche sin Cortes, que es una rama muy loca del Salón Cultural. Sucede en mi casa, adonde invito a artistas. Nació la idea de hacer algo en el invierno, durante la noche más larga del año. ¿Por qué no trabajar la noche del 20 de junio hasta obtener una obra de arte? Inmediatamente se realiza una muestra, con lo producido en esas 24 horas del día.  Algunos artistas llevan una modelo, otros no lo necesitan. Cada uno toma un espacio de trabajo. Y entre todos, diez artistas, con diez sponsors, deben hacer por lo menos una obra individual y un mural colectivo. Y también hay un libro de bocetos, libre. Se producen intercambios entre ellos mismos, es decir que quizá uno hace bocetos, otro los pinta, o al revés. La única condición para ellos es dejar la obra colgada, en la exposición, darme el nombre y el precio. Es una idea que patenté. Y veremos este año quiénes serán los que participen.

- Sería interesante conocer tu opinión sobre la Mendoza que vivís. ¿Puede haber en tu mirada una perspectiva poco frecuente?

- Yo no sé si vengo de afuera, porque, indudablemente por algo me quedé acá, después de haber estado en lugares que amaba, como Mijas o Ronda, en España. Volví acá y estoy contenta en Chacras y feliz de haber abierto este lugar acá, en la ciudad. Hoy Mendoza me permite estar con gente de otros lugares del mundo. Es una ciudad cosmopolita. La gente debe darse cuenta de lo que está pasando. Antes nos maravillaba cuando nosotros viajábamos en la época del uno a uno y envidiábamos ese intercambio. Ahora, aquí, me encuentro con un alemán o un suizo, turistas de muchos países. Y eso me encanta. Y para lograr mi equilibrio necesito, además de mi ser mendocina, mi ser del mundo.

- ¿Percibís a la mendocina como una sociedad muy machista, aún?

- No me he dado cuenta (risas). Trabajo mucho. Apenas tengo tiempo para escribir, que es lo que más me gusta hacer. Eso se lo debo a mi padre, que es escritor.

- Pero por tus actividades sociales, tus relaciones, en fin, el trato más doméstico...

- No en la sociedad en la que yo me muevo. Mis amigos, los artistas, no son machistas. No sé muy bien de estas cuestiones. Sólo diría que ambos sexos nos necesitamos, ya que somos un complemento.

- ¿Te alegra que una mujer conduzca el país?

- (Piensa) Y sí. De cualquier manera, pobre, yo creo que para ella debe ser muy duro. Y más desde el lugar en que ella llegó allí, es decir, por el marido. Igual debe ser duro. El ser mujer es costoso. Es un gran avance para Latinoamérica que tengamos una mujer en la presidencia, igual que en Chile. Nos debe enorgullecer. Pero yo también siento que debemos tener grandes presidentes hombres. Lo que quiero decir es que la diferencia de sexos no me indica que alguien sea menos o más que el otro.

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