Adrián Sorrentino

"La comedia musical le dio otro encanto a la Vendimia"

Actor, bailarín, cantante y director de actores de la Vendimia de Maipú

Su historia se remonta hace casi 30 años atrás. En términos artísticos, esto se traduce en una trayectoria rebosante de experiencias enriquecedoras. En aquella época, cuando tuvo su primer acercamiento al arte tenía tan sólo cinco abriles y el mundo se le presentaba como un eterno aprendizaje.

Hoy, con 36 años, Adrián Sorrentino conserva aún esa cosmovisión, justamente en ella radica su forma de entender la vida y el teatro: “de todos se aprende algo”.

Sorrentino es una persona sencilla, discreta pero terriblemente desenfadada cuando de salir a escena se trata. Poseedor de una formación integral, fundada en sus amplios conocimientos de danza, canto y actuación, tiene la virtud de desplegar sobre las tablas su talento y dotes creativos con total soltura y naturalidad. Despliegue que le valió una gran cantidad premios y el reconocimiento del público.

Polifacético como pocos, se mueve como pez en el agua en el universo de las artes escénicas.

Como actor se ha desempeñado en infinidad de obras de teatro, comedias musicales, café concerts y unipersonales. El próximo 24 de enero, a las 22.30, se lo podrá ver bajo los senitales de la sala mayor con "Tangos y retazos" y la entrada es libre y gratuita.

Como coreógrafo, una de sus últimas intervenciones fue en "La Cenicienta", coproducción entre el teatro Cervantes y el Independencia, y actualmente está abocado a la fiesta departamental de Tunuyán.

En su faz como director, también la lista es extensa. Sólo por mencionar uno, su más reciente trabajo fue dirigir a los actores en la Vendimia de Maipú, celebrada el viernes pasado.

En esta entrevista, nos acercamos por una ventana a todos sus micromundos para saber que hay detrás este “actor de cabaret” (concepto que él mismo usa para definirse).

Quizá sentado en su sillón (el diálogo es telefónico), escucha pacientemente mis preguntas y las responde, cual catarata de anécdotas, siempre con la verborragia y humildad que lo caracterizan.

- ¿Qué estás haciendo ahora?

- Acabo de terminar anoche la Vendimia de Maipú después de un mes y pico de trabajo, estuve como Director de Actores. Realmente fue una experiencia maravillosa junto a Claudio Martínez, Laura Fuertes, Fabián Sama, el equipo de folcloristas y de contemporáneos. Salió realmente fantástica, no me esperaba que saliera así. Ahora preparándome para ir a Tunuyán para empezar la tarea de la Vendimia departamental y también para hacer el soporte técnico de la de San Carlos si es necesario.

- Un año con varias Vendimias...

- Sí, al menos en dos que ya están confirmadas. La de Maipú y Tunuyán que se viene el 31 de enero. Quizá les de una mano al equipo de San Carlos, que es el mismo. Después me queda la Central… ¡espero tener la energía! (risas).

- La puesta escénica de anoche estuvo teñida con elementos de comedia musical, ¿es la primera vez?

- Se viene haciendo mucho en Tunuyán. En Maipú es la primera vez que se empieza a buscar un poco el hilo argumental llevado por actores, algo que es muy interesante porque se lee mejor el cuento. No es un mero recital de danza folclórica, tiene otro encanto.

- Muy pocos artistas están formados en ese estilo, ¿cómo fue el trabajo con los actores?

- Hemos trabajado con actores de gran trayectoria como Alfredo Zenobi, Silvia Castillo, Andrea Simón, María Pereira (una de las hermanastras en “La Cenicienta”) y Marcela Montero. Son todos actores experimentados, tienen muchas tablas encima. Hicieron un trabajo muy interesante en los protagónicos junto con un grupo de actores de Maipú y de la Escuela de Teatro que hicieron su aporte en los cuadros masivos. El argumento es la historia del antiguo tonel de la Bodega Giol, fue realmente espectacular porque se utilizó la técnica del “cuadro vivo” (muy utilizada en expresión corporal) con ese tonel. Con body painting se trata de lograr la perfección y llevar el cuadro a vivo. Se diseñó un escenario especial con la imagen del tonel estuvo a cargo de Sonia López y Alejandro Castillo (una genialidad). En cierto momento, el tonel cobraba vida (de la mano de Alfredo Zenobi y Andrea Simón) y fue increíble el efecto que se logró con la imagen de estos vendimiadores que cobran vida.

- ¿Vos participaste también?

- En el espectáculo hago una intervención actoral. Soy una especie de guía turístico que lleva a turistas de distintas partes del mundo a conocer el tonel. En cierto momento me olvido de mostrarlo como algo importante de la historia de Maipú y el tonel “se enoja” y cobra vida para contar la historia desde sus principios.

- Suena innovador…

- Sí, además no se usó la típica voz en off. Obviamente que está todo grabado por una cuestión de amplificación necesaria pero la historia la contaban los actores desde el escenario.

- Fuiste parte del equipo artístico de “La Cenicienta”, la última coproducción entre el Cervantes y el teatro Independencia, ¿qué te quedó de esa experiencia?

- Fue muy interesante, se me convocó como coreógrafo, participé del casting y quedé. Sin embargo, no sentí que hubiese hecho un gran desempeño coreográfico. No creo que haya hecho un gran trabajo porque la obra venía ya muy moldeada, como enlatada. Lo único que el director quería era un movimiento ordenado, no una gran coreografía (simplemente ordenar el movimiento de los actores). Me quedé con ganas de hacer más, de poner un poco más de danza. Siempre me encanta dar mucho más de lo que pide el director, pero debíamos ceñirnos a su pedido. Pero el espectáculo salió bastante digno, tuvo premios nacionales - de la sala Ricardo Rojas- y fue bueno el proyecto. Pero si bien, creo que está buena la posibilidad de hacer una coproducción con el Cervantes, no es nada de lo que de acá con escritores y actores locales.

- En todos estos años trabajaste con gran cantidad de actores mendocinos, ¿cómo ves la preparación actoral?

- En general la preparación de los chicos es buena. Hay que pulir algunas cosas, recién ahora hay mucho interés por el canto y por la danza. Está bueno que los actores se pulan y logren nuevas herramientas. No es una crítica, es una percepción que me parece interesante, un actor no se tiene que quedar con lo que aprende. Está bueno crecer y aprender más. Para mí todas las experiencias son aprendizajes.

- Vos te formaste afuera y volviste…

- Empecé en Mendoza a los cinco años, hace casi 31 años. Acá se sembró la cosa, después fui a Buenos Aires durante siete u ocho años a seguir aprendiendo y luego a New York (cuando el cambio nos favorecía). Ahora está medio complicado pero igual se puede ir a  Buenos Aires, y acá mismo podés aprender de un montón de colegas que tienen la posibilidad de salir. Yo estudio desde muy chiquito, soy medio jodido con eso, no he querido quedarme.

- ¿Cuándo te enamoraste del teatro?

- Más o menos a los trece años. Fue por una obra de teatro que hice como alumno de la preparatoria de la escuela de teatro. Me acuerdo que nos pusieron a ensayar una obra un año que tuvo muchos paros, fuimos armando una obra como pudimos con maestros que ahora está retirados: Rosa Figuero, Paulina Carnevale, Elsa Cortopassi y Ana María Pasos. La obra era de un autor chileno que vivió en México y ahí fue el clic: “esto es lo que quiero para el resto de mi vida, estar arriba de un escenario”. Después vino mi paso por Lita Tancredi. En esa época no tenía ganas de estudiar, esa es la verdad, quería experiencia escénica, y Lita en eso fue la “gran maestra”. Estar en La Libélula también, hacer 200 funciones anuales es una experiencia única que no te la da ninguna facultad. Ahí te das cuenta que el teatro, aún, sigue siendo un gran oficio.

- Pero apelas al continuo perfeccionamiento…

- Exactamente pero el perfeccionamiento no sólo de ir a aprender a algún lugar. Por ejemplo, a vos te toca hacer una vendimia o te invitan como bailarín, hay que tratar de ir con humildad para poder recibir un aporte.

- ¿Cuándo fundaste el centro cultural “El Hormiguero”?

- Originalmente se llamaba “La Casita” ese lugar se no venía encima, tuvimos que venderla y comprar otro lugar. “El Hormiguero” nació hace tres años y medio cuando abrimos el nuevo espacio. Le pusimos ese nombre junto con Gabriela Simón, una amiga e intelectual del teatro, por el sentido romántico del término: hay un trabajo organizado, cada uno tiene sus tareas y las cumple lo mejor que puede.

- ¿Qué actividades hay?

- Al principio íbamos a hacer funciones pero después preferimos tenerlo como espacio para talleres. Después existió la posibilidad de empezar a hacer tertulias variettes, ante la escasez de salas (que es un tema gravísimo) pero por lo pronto estamos con talleres solamente (aunque eso no quita la posibilidad de que hagamos espectáculos). Hay varios: taller de comedia musical; de canto y educación de la voz para actores y no actores y de introducción musical para niños. Este último lo da Adriana Kleinman y es muy interesante, los niños aprenden a fabricar instrumentos, a tañirlos. Me parece muy valioso que los niños se acerquen al arte desde tan pequeños.

- En vacaciones de invierno hicieron temporada a sala llena con una obra para niños, ¿en qué creés que radica el éxito?

- ¡Sí!, eso fue un milagro de la naturaleza (risas). El éxito de una obra radica en tratar de entender el código de los chicos de hoy. Aunque uno se sienta un bobo por ahí viendo los programas que ellos ven hay que investigar los espectáculos, la televisión y o el cine que los chicos consumen. No podés hacer una Cenicienta “cuadradita” cuando los chicos ya vieron Shrek. Me parece que ya tienen un gusto por algo más elaborado.

- ¿Los sorprendió tan buena repercusión?

- Sobre todo por el lugar. No estábamos en La Bancaria, que tiene una sala preparada para espectáculos, sino en la calle España, en un subsuelo. Encontramos un espacio limpio pero medio abandonado y lo tuvimos que convertir en una sala de teatro. Tuvimos la buena voluntad del director de eventos, Daniel Flores, que nos ofreció el espacio por quince días. Y como un artista con cuatro telas, un martillo y clavos arma lo que sea… armamos la sala con sonido, luces, sillas y telas de colores, y arrancamos. Ante nuestro estupor, ¡se empezó a llenar!. Iban familias, compraban los CDs, funcionó muy bien el merchandising.

- ¿Hay estrenos en el tintero para este año?

- Con respecto a las muestras tenemos algunas cosas en carpeta con los chicos del taller de Comedio Musical. Y espectáculos para salas, tenemos algunas cositas en mente. Tengo además una invitación de Dos Huérfanos y me encantaría trabajar con Luciano García, porque me gusta la estética que trabaja. Yo soy un “actor de cabaret” y que me llamen para hacer algo así o una comedia dramática, como fue “Das Busch Der Zeit” con el elenco Lluvia de Cenizas, es una nueva oportunidad de crecimiento.

- Cultivas dos estilos, cabaret y comedia musical, bastante atípicos en la provincia, ¿te sentís un innovador en ese punto?

- No, para nada. Creo que estoy simplemente reeditando un par de géneros que tienen orígenes muy antiguos. El café concert, por ejemplo, tiene como base al cabaret. Ha habido otros intentos de otros artistas en distintas oportunidades desde otro lado, quizá desde el humor hablado. A mi me gusta ponerle canciones, danza y hacerlo bien show.

- Tap, canto, actuación… tu formación es integral y sólida.

- Sí, ahora estoy muy ilusionado de ir a hacer la asistencia técnica a Tunuyán porque me voy a encontrar por segundo año consecutivo con Hugo Moreno, que es un coreógrafo muy importante para mí. Maneja un estilo del cual yo tengo mucho por aprender aún, fue el coreógrafo de “Caramelito” (no sé si es el referente más importante de su carrera) y por ello maneja un timing muy vendimial y uno suele quedarse con conceptos muy clásicos. Voy como una esponja para ver qué puedo aprender.

- ¿Qué concepción tenés del humor?

- Respeto todos los estilos de humor, que existan. Me gusta Iñaki Rojas, Manuel López (sus obras siguen haciendo furor en Mendoza, como La llamita de Raquel, Drácula sin colmillos), Alberto Bistué. Cada humor tiene algo distinto porque tiene que ver con cómo concebís vos el humor, inevitablemente lo tamizás y lo volvés auténtico, propio. Yo tengo un humor medio desenfadado. El otro día, revisando un libreto, me di cuenta que era una reivindicación de la puteada. Este país es muy puteador, hasta para alabar se putea: “¡cómo juega al fútbol, el cabrón!” (risas). La gente se queja a veces en algún espectáculo pero si mirás la televisión a las tres de la tarde y las palabras subidas de tono que se usan…

- Los colegas que mencionaste (Rojas, Bistué, López) hacen unipersonales, ¿hay que tener valentía para montar un monólogo?

- Hay que tener coraje porque el humor es sin red, no hay cuarta pared en general. Es una especie de diálogo con el público. Inevitablemente, antes de subir a un escenario, uno se plantea: “¿qué carajo hago acá?”, muchas veces tiene el humorista tiene que competir con la charla, la comida, los mozos con bandejas, la cafetera que se prende. Por un lado está fantástico, la gente está más relajada, pero por otro hay que captarle la atención.

- Eso es propio de los espacios no convencionales, ¿qué pensás de la falta de salas?

- Creo que tiene que ver con una gestión cultural “tapa baches”, no hay una gestión profunda ni una buena. Cada cuatro años cambia todo y se van tapando baches, no hay una línea a seguir, una pelota que quede picando. El gobierno entrante no continúa lo que deja programado el anterior. Ponen muchas veces gente que no es idónea en el tema. Fijáte que ahora quedan como teatros céntricos el Quintanilla, el Mendoza y el Independencia. El difícil acceder a esos espacios.

- ¿Cómo ves la situación teatral mendocina?

- Acabamos de pasar un año crítico, con poca producción, como de capa caída. Pero creo que se viene un año excelente, porque hay gente que está sobreponiéndose a la ausencia de salas, a la falta de gestión cultural. Los actores están muy calladitos, trabajando en proyectos y habrá una agenda muy nutrida. No sé dónde se van a montar las obras, espero que se vuelquen a las salas independientes (Viceversa, Lita Tancredo, El Espejo, Trinidad Guevara).

- Para finalizar, ¿sos cabalero?

- Sí, muchísimo, en fechas en las que hay mucha energía universal dando vuelta, momentos espirituales muy profundos (más allá de las creencias). Para Pascuas, Navidad y Año Nuevo tengo mis rituales de limpieza, renovación, balances. Y para lo teatral, más. Desde la cantidad de letras que tiene que tener el nombre de un espectáculo, la fecha del estreno, la luna, o el tipo de colores que se usan en el espectáculo. Ahora justamente estaba planeando un show que quiero hacer en La Reserva y ante el estupor de muchos actores mendocinos, creería que voy a usar el amarillo. Puede llegar a temblar ese día… (risas).

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