Pancho Dotto

"Ya soy un tipo grande y quiero un poco de paz"

El más famoso manager de modelos del país.

Sólo basta con salir a la calle para confirmar que Pancho Dotto ya está en Punta del Este, publica la periodista María Eugenia Sidoti para la Revista Para Ti.

“Llegó anoche, con todas las modelos, en una caravana de autos negros”, comentan tanto uruguayos como argentinos deseosos de dar la primicia.

El manager y sus chicas son, desde hace veinte años, las figuras indiscutidas de cada verano y pareciera como si la temporada arrancara en el preciso momento en que él y sus chicas pisan el suelo esteño.

“¡Grande, Pancho!”, le gritan grupos enteros de turistas mientras siguen con la mirada la larga fila de coches repletos de bellezas, detrás del pintoresco Mercedes Benz cabriolet que conduce Pancho. Con el glam de una estrella de Hollywood, él devuelve los saludos con la mano y sonríe, como un número uno.

–¿Sentís que llegás y empieza Punta del Este?

–Eso es lo que me dice la gente y es muy lindo. Hace algunos años estaba en la playa almorzando y escuchaba que hablaban de mí y se reían, hasta que uno de los presentes se levantó y me dijo: “Pancho, nosotros venimos acá porque venís vos”. Escuchar eso me impresionó, pero entiendo que les divierta vernos, es parte del folklore de este lugar. Lo que pasa acá es maravilloso, me han llegado a aplaudir cuando paso. Es que soy un referente: hace veinte años que le muestro esta ciudad al mundo. Uruguay tiene muy claro que contribuí como nadie para que este lugar se diera a conocer a través de mis modelos. Cuando yo empecé a venir, me decían que estaba loco.

–Para vos, ¿veinte años no es nada o es muchísimo?

–Las dos cosas, ¿no? Parece que fue ayer cuando llegué con mis modelos. A partir de ahí, viví muchas experiencias, buenas y malas. Punta del Este vino después de varios años de trabajo en Buenos Aires y de viajes por el interior y por el mundo. Yo quería trascender en esto y que las chicas adquirieran una imagen internacional. Por eso no me da pudor decir que yo inventé traer modelos acá. Y la idea surgió porque quería aprovechar este lugar increíble. Por supuesto que entonces nunca soñé con estar arriba de las rocas mirando la playa de José Ignacio, como ahora. Antes venía a un monoambiente de la calle Roosevelt y 114 bis.

Hace una pausa y mira a través de los enormes ventanales de Casa de Piedra, su nueva morada, ubicada estratégicamente frente a las playas de José Ignacio. La vista alucina: desde todas partes se puede ver el mar y el atardecer se convierte en un espectáculo anaranjado que Dotto no se quiere perder. Por eso permanece en silencio unos segundos. Se lo nota cambiado, reflexivo, y no lo disimula: “Tengo 52 años, ya soy un tipo grande y quiero un poco de paz”, desafía.

Pero no la tiene. Suena el teléfono y atiende, pelea con su interlocutora y enseguida la despide con un saludo afectuoso, como si nada. En medio de un bullicio alegre y ensordecedor, bajan desde las habitaciones catorce de sus modelos dispuestas a merendar y entonces Pancho las echa al grito de “Vamos, vamos… a tomar mate a otro lado, que toda la casa es linda y yo estoy en una entrevista”, y ellas sonríen cómplices porque ya conocen sus enojos repentinos, y pasajeros.

–¿Qué recuerdos tenés de tu primer verano en Punta del Este?

–Que tenía una inconsciencia total, jamás me planteé si me iba a ir bien o mal, sólo quería hacerlo. Me acuerdo de que llegué en un Peugeot 505 junto a Elizabeth Márquez, que era mi pareja en ese momento. Había alquilado un departamento muy chiquito y ahí nos quedamos con Valeria Mazza, Julieta Kemble, Carolina Peleritti y Andrea Bursten. Como no había lugar para todos, les di el único cuarto y me fui a dormir a la cocina, al lado de la heladera. En esa época yo me ocupaba de todo: era chofer, hacía asados, ordenaba… Me acuerdo de que íbamos todas las tardes a tomar mate a Solanas, y nos poníamos una remera que decía “Pancho Dotto Model Agency” y todos nos miraban porque no entendían nada. Me di cuenta de que la situación producía mucho impacto en la gente y que eso era bueno.

–¿Cómo recordás las temporadas?

–Con mucho cariño, porque no teníamos nada y éramos súper felices. A lo mejor hoy las chicas están como reinas y no lo disfrutan como aquellas primeras modelos de la agencia, que no tenían tantas comodidades. Yo siempre formé grupos muy sólidos y por eso extraño la convivencia con muchas de ellas: Carola del Bianco era una dulce, Ivana Saccani siempre fue maravillosa y con María Inés Rivero teníamos una relación muy divertida. Extraño pasar más tiempo con las chicas. Hoy tengo muchas más responsabilidades, y es lógico, pero me quita la posibilidad de seguirlas de cerca. La primera vez que traje a Valeria Mazza, la invitaron a un evento y volvió a las siete de la mañana. Yo la estaba esperando al lado de la puerta y cuando llegó, la reté. Ella agachó la cabeza y desde ese día se levantó siempre temprano, y fue un verano maravilloso para su carrera. A María Inés Rivero la traje a su primer desfile acá con un micro desde Córdoba y convencí a su mamá para que la dejara quedarse: tenía 14 años. Ese mismo verano vino Araceli González con su hija Florencia, que recién empezaba a caminar.

Le sobran anécdotas y asegura que en el medio pasó muchas cosas, buenas y malas, y que cambió cuatro veces de casa hasta que llegó a La Fontana, la chacra en la que pasó las últimas quince temporadas y en donde explotó Dotto Models. “Esa casa antes costaba 300 mil dólares y hoy la vendieron a 16 millones gracias a que yo estuve ahí”, comenta, y explica que su mayor fracaso económico fue invertir en una playa. “La Dotto Beach era una propuesta súper innovadora que fracasó porque nadie entendió el concepto”, se queja.

–¿Tuviste muchas trabas en el camino?

–¡Muchísimas! Al principio la gente no entendía qué era lo que yo quería lograr acá. Me tildaban de “degenerado” por venir a pasar temporadas con las chicas. Era raro que yo conviviera con veinte adolescentes y que en esas estadías no existieran cosas “raras”. Pero lo que nadie sabía es que acá también venían los padres de esas chicas. Llegaron a inventar muchas cosas y eso me dolió realmente. Una vez me tildaron de neo gigoló y dijeron que yo explotaba a mis modelos para ganar plata. ¡Una locura! Me llamaron todas las madres de las chicas para solidarizarse conmigo. Pero en general el periodismo fue muy bueno y siempre me acompañó. Incluso he llegado a valorar muchas de las cosas que logré gracias a las entrevistas, porque hablando de las cosas que hice pude tomar plena conciencia de mis logros.

–¿Sentís que llegaste al lugar en el que querías estar?

–No, porque siempre me falta algo, soy un obsesivo. Es cierto que cumplí con todas las metas que soñé, pero muchas veces me gustaría que todo esto fuera más ordenado y tranquilo. Es difícil trabajar conmigo porque muchas quieren llegar a Punta del Este a tomar sol y a divertirse. Por eso yo les dejo muy en claro que acá venimos a trabajar y les explico cuáles son sus roles y la importancia que tienen la colaboración y la solidaridad. Hay quienes se levantan con cara de traste y no se fijan si eso atenta o no contra la convivencia. Acá hay que levantar los platos, ordenar, aportar buena onda… Por eso este año les saqué la roja a un par de chicas para que no vinieran a arruinar las cosas. No me importa que sean top o no, yo quiero que en esta casa haya buena gente. Y que vivamos una fiesta permanente.

–¿Qué balance hacés de todo lo que viviste acá?

–El balance es positivo, pero siempre me resultó muy estresante llegar a cada una de las temporadas. Hice mudanzas al hombro sin importarme si me dolía la columna, y por eso me siento feliz de llegar en tiempo y forma año a año. Pero no es fácil. A veces me da risa cuando escucho que la gente dice que yo vengo a divertirme y a descansar. ¡Si no paro un segundo, tengo una caja de diez cambios! Siempre tengo que remar contra la corriente… Lo único que sé con certeza es que no me equivoqué al elegir Punta del Este para hacerlo.
–¿Alguna vez pensaste en dejar todo?

–¡Siempre! Qué más quisiera yo que descansar y disfrutar un poco más de las cosas. Pero tengo un compromiso muy grande con las chicas y sus familias, y conmigo mismo. De alguna manera, yo tomo estos veinte años en Punta del Este como un cierre, y a partir de acá quiero cambiar de vida. En el ‘95 terminé internado en el Centro Adventista de Vida Sana, pero hoy sigo acelerado, sin saber por qué. Mi vida es como una película, y de hecho Benjamín Vicuña –el marido de Pampita– me ofreció que armemos un guión. Luciano Marocchino, el empresario italiano que salió en aquellas fotos polémicas con Cecilia Bolocco, quiere poner ya la plata para arrancar la filmación.

–¿Sentís que falta algo en tu vida?

–Una familia, hijos… Cuando me entregan un bebé en brazos es terrible, porque siento que se me pasó el tiempo y no me di cuenta. Me shockeó mucho el nacimiento de Francesca, la hija de Ivana Saccani: cuando la alcé, me di cuenta de que no quería dejar de tenerla, así que postergué todas las reuniones de ese día y me quedé con ella, hipnotizado. Mis modelos, sus padres y sus hijos son mi familia, pero me hubiera gustado constituir la propia. Estoy feliz por ellas, pero hoy estoy solo y eso me hace ruido. Tendría que haberlo pensado antes, pero dejar de lado la paternidad me da tristeza.

–¿Y cómo te ves en los próximos veinte años?

–Muerto… ¡Por suerte! Por lo menos voy a poder descansar en paz y ahí… que no me moleste nadie por una eternidad, porque no les voy a dar bolilla. Yo creo que ése va a ser mi mejor momento, porque ya cumplí mi misión en esta vida y eso me garantiza la salvación.

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