Embelleciendo el cielo: José Saramago

Saramago ha vuelto a su aldea personal, la de los nombres; a la casa de las fábulas, la poesía sutil y las heterodoxias. La de los combates verbales, la de las reflexiones, la de los juegos críticos.

“Al día siguiente no murió nadie”, escribió Saramago, pero hoy se contradijo: esta madrugada murió sin más trámite que sonreír y cerrar los ojos para siempre.

Ha vuelto a su aldea, no a la humilde Azinhaga, en Ribatejo, donde nació en 1922, y de la que cuenta en Las pequeñas memorias su infancia como hijo de campesino, como niño que padece las penurias de la pobreza de una manera diferente pero no menos intensa que sus padres, y como un niño perseguidor de nubes, un soñador impenitente, un buscador de soles.

Ha vuelto a su aldea personal, la de los nombres; a la casa de las fábulas, la poesía sutil y las heterodoxias. La de los combates verbales, la de las reflexiones, la de los juegos críticos basados en la pregunta ¿qué pasaría si…? y que ejercitaría, entre otras, en Ensayo sobre la ceguera, El hombre duplicado y Las intermitencias de la muerte.

En ésta, Saramago escribe: “Habiendo vivido, hasta estos días de confusión, en lo que creían que era el mejor de todos los mundos posibles y probables, descubrían, complacidos, que lo mejor, lo mejor realmente, estaba llegando ahora, ya lo tenían ahí mismo, ante la puerta de casa, una vida única, maravillosa, sin el miedo cotidiano a la chirriante tijera de la parca, la inmortalidad en la patria que nos dio el ser, a salvo de incomodidades metafísicas y gratis para todo el mundo, sin un sobre lacrado para abrir a la hora de la muerte, tú al paraíso, tú al purgatorio, tú al infierno, en esta encrucijada se separaban en otros tiempos, queridos compañeros de este valle de lágrimas llamado tierra, nuestros destinos en el otro mundo”.

Hoy al ateo, abrió la carta lacrada, y vaya a saber adónde está con su hato de libros y puntos seguidos y ojos pícaros. Ahora, el ateo, debe estar contento: por fin está comprobando su tesis, tal vez ya tenga turno o no, para hablar con dios, si es que existe, sentados, o parados o volando, con los largos huesos de sus manos recién abandonadas gesticulando con gracia frente al aura del altísimo.

Un escritor se mueve en los lugares oscuros de sí mismo, se observa como “una especie de continua crisálida”, esperando, preguntándose todo, “sofocado de estrellas”, “poniendo letras tras letras, a la espera de que el infinito se deje tocar algún día”.

Saramago ha vuelto a su aldea a tocar el infinito. Lo que le sobraba de alma se le ha ido con el “ven ven de la muerte”. Pero,  mañana, mañana, no morirá nadie.

“Cerremos esta puerta./ Lentas, despacio, que nuestras ropas caigan/ Como de sí mismos se desnudarían dioses./ Y nosotros lo somos, aunque humanos”.

Patricia Rodón
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20 de octubre de 2017 | 21:10
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