Padre José Martín

"No sirven planes sociales hechos tras los escritorios"

Vicepresidente de Cáritas Arquidiocesana Mendoza.

José Martín es un hombre de Dios que eligió ser sacerdote por una simple razón: estar con los pobres. Una vez ordenado, decidió irse a vivir a los barrios peligrosos: pasó por el 5.000 Lotes, los Pedro Molina y el Lihué y, actualmente, tiene a cargo a la comunidad del Bajo Luján.

Pasaron los años y quiso darle al sentido de la misión otro valor y decidió, acompañado por un grupo de laicos, ir a evangelizar al África, específicamente, a Mozambique, uno de los países más pobres del mundo. Allí, el padre Pepe asegura que “se encontró a diario con la muerte” y, sin embargo, no abandonó el anuncio que lo llevó desde su provincia natal, Mendoza, hacia allá.

Desde hace un par de meses, este hombre de 41 años, se enfrenta a un nuevo tipo de misión –quizás más burocrática como él dice- pero no menos fundamental: ser el vicepresidente de Cáritas Arquidiocesana Mendoza (el presidente es el obispo monseñor José María Arancibia). Toma la posta, tras diez años de servicio, de otro cura que se la jugó por los más necesitados, el padre Carlos “Flecha” García.

Con mate en mano, con su simpleza característica y con su “onda hippie”, el padre Pepe nos cuenta su vida, sus proyectos y opina sobre el rol del gobierno en el aspecto social.

- ¿Cuándo decidiste hacerte sacerdote?

- Fue algo que se fue gestando. Siempre participé en la iglesia desde que tenía 11 años. Me fue surgiendo una inquietud por un compromiso con Jesús, con la Iglesia, con la gente… Apareció como una posibilidad estando en la secundaria pero recién cuando estaba estudiando Ciencias de la Educación, en la Facultad de Filosofía y Letras, fue cuando me planteé la vocación con más seriedad y cuando tenía 20 años abandoné la facultad y entré al seminario.

- ¿Tu familia qué te dijo?

- No se sorprendieron por la decisión porque participaba mucho en lo eclesial: hacía tarea con los jóvenes, visitaba hospitales, ancianos, ése tipo de cosas. Pero siempre estas decisiones desestabilizan un poco en la familia por todo lo que implica, por ejemplo, ver la imposibilidad de tener nietos. Pero siempre tuve el apoyo de mis padres. Estudié tres años en el seminario de Mendoza y cuatro en Córdoba.

- ¿Y en los siete años de formación te atacaron las dudas o te sentiste pleno?

- Es un tiempo largo y uno pasa de todo. Pero la experiencia del encuentro con la gente, el estudio, la convivencia con otros hace que uno se pregunte muchas cosas. Todo hizo que se afianzara mi vocación porque me dejé interpelar por esas inquietudes.

- ¿Cuál fue tu primer destino?

- Mi primer destino fue la parroquia Nuestra Señora del Carmen, en San Martín. Primero como diácono y luego como párroco. Fue en 1994 y al año siguiente me ordené sacerdote. Estuve cinco años en esa comunidad. En el ’99, junto a otros laicos, le presentamos la inquietud al obispo de querer vivir la misión en un lugar de necesidad en Mendoza. Monseñor Arancibia aceptó y nos envió a los barrios Pedro Molina y Lihué de Guaymallén.

- Entre tantas formas de evangelización ¿por qué abocarse a la misión?

- Mi inquietud misionera fue desde el mismo momento que entré al seminario. El deseo de poder compartir la experiencia de un Jesús que es misericordia, amor, que trae una propuesta de vida plena, que dignifica y libera... tenía la necesidad de llevarla a la gente más alejada de Dios, a todos aquellos que no han tenido la posibilidad de conocerlo. Mi primera experiencia, antes de hacerme sacerdote, fue en el barrio 5.000 Lotes en Las Heras. También misioné en zonas de La Rioja. Sin embargo, me faltaba algo. En mi corazón seguía con esta inquietud: el servicio a los más pobres no puede ser sólo ir a servir, sino que implica una opción de vida pobre y con los pobres. El ir a la casa de un hermano necesitado y volver a la casa parroquial no me dejaba en paz. Sentía la necesidad de compartir el día a día con ellos. Así surgió la propuesta al arzobispo. En total, estuve siete años, trabajé con hombres y mujeres que apostaron por una experiencia muy rica que nos hizo sentir muy plenos.

- ¿Qué logros notaste?

- Hablar de logros en esta realidad de evangelización siempre involucra un misterio que es tan profundo y difícil de evaluar en términos cuantitativos. Los logros son las vivencias profundas de muchas personas que se encontraron con la palabra de Dios, aquellos que han podido descubrir que tienen capacidades, que son dignos y se han podido poner de pie para seguir luchando por su vida.

- ¿Cuándo surgió el deseo de ir a Mozambique?

- Desde mi ordenación sentía el deseo de ir. Sin embargo, veía necesario asentarme como sacerdote. Fui madurando la decisión y, también, mi vocación misionera. En el 2002, estuve en la diócesis de Xai Xai durante un mes. Conocí los proyectos que se estaban desarrollando. Finalmente, en julio del 2005 hicimos el acuerdo con el obispo de allá y en el 2006 viajé para quedarme a vivir por ocho meses.

- ¿Por qué la elección de ese lugar?

- Ya había vínculos de fraternidad con esa diócesis. Mozambique es uno de los países más pobres del mundo. Evidentemente, era un lugar de necesidad y el obispo nos abrió las puertas para que nos colocáramos a su servicio.

- ¿Cuál fue tu actividad específica?

- Fue el trabajo con los jóvenes. La realidad juvenil que captábamos de las pequeñas comunidades y capillas dispersas por la provincia de Ghaza. La diócesis está dividida en cinco zonas, muy alejadas entre ellas. Afortunadamente, pude acercarme con encuentros y talleres de formación. También ayudé a organizar la pastoral juvenil.

- ¿Con qué realidad te encontraste?

- La mayoría de la población es rural con una economía de subsistencia. Viven de lo que cultivan y de lo que les sobra pueden comprar cuatro o cinco artículos más, que es lo que compone su canasta familiar. La realidad de los jóvenes es complicada. Primero, por el tema del sida ya que los pronósticos son bastante alarmantes: se calcula que la mitad de la población que tiene actualmente entre 15 y 16 años, dentro de diez tendrán HIV. Y, desde el punto de vista de la educación, los niveles han sido muy precarios. Hay un 70% de analfabetismo. Es un país que se ha independizado en 1975 pero ha tenido 17 años de guerra civil, recién se está consolidando en muchos aspectos.

- Y con este contexto, ¿cómo les mostraste a Dios?

- Hay una sed grande de Dios, pero es gente con apertura religiosa. Desde su religión natural, que es de corte animista, hay una predisposición a lo trascendente y a una vida inmortal, que son puntos de encuentro con nuestras creencias. Y aquellos que se encuentran con Jesús, adhieren con fuerza. La búsqueda estaba planteada, sólo faltaba salir al encuentro y anunciar la palabra. Ellos son muy festivos y en la fe también aplican esa alegría.

- Sigue habiendo esperanza, a pesar de todo...

- Los jóvenes, particularmente, están entre la gran preocupación y temor ante el futuro. Algunos son un poco más conscientes de la necesidad de educación como el modo para despegarse de una vida de indigencia y subsistencia. Además, éstos son los que enfrentan la realidad del sida. Por otro lado, están los que, aferrados a la fe, buscan otros horizontes. Aún así, las mismas creencias que ellos tienen dificultan prestar atención a la salud, ya que muchos no creen en la existencia del sida, sino que atribuyen el mal a los antepasados que ejercen un poder sobre los vivos. Por tal motivo, no se someten a tratamientos ni van al médico, aparte de que la estructura sanitaria sea precaria.

- ¿Y vos qué sentías al enfrentarte a esto que contás?

- Para mí, fue una experiencia muy fuerte encontrarme con la muerte a diario porque no eran ajenos, era gente que conocía: el padre, el primo, el hijo, el hermano... cada día se moría gente de mi comunidad. Imaginate lo que fue ver que algún enfermo se estaba muriendo por ignorancia, por no saber las precauciones mínimas: por falta de hidratación o no contar con una alimentación adecuada. Conocimientos cotidianos que esas personas, lamentablemente, no tenían. Y nosotros sólo podíamos ayudar en lo mínimo.

- ¿Qué balance te quedó?

- Te cambian muchas cosas en la cabeza: las perspectivas, las miradas. Convivís con otras culturas y, al ser de afuera, prestar un servicio y ser bienvenido significó una experiencia muy rica de fraternidad sin importar el ideal religioso pero, sí, compartiendo el ideal de servicio.

- Al regresar en enero, ¿cómo te reubicaste en la diócesis?

- Lo primero que me pidieron fue dar una mano al párroco de Luján, Rubén Laporte, y a mitad de año me ofrecieron ponerme al servicio de Cáritas Arquidiocesana Mendoza. Algo que para mí no era nuevo, aunque sí la conducción de la institución lo era.

- ¿Qué implica para vos Cáritas?

- Tiene que ver con mi vocación: compartir con aquellos que están más excluidos. Y esto tiene que ver con Cáritas. Siempre me sentí parte de la misión de esta pastoral y debido a la necesidad de renovación, me sentía en la necesidad de responder a este nuevo llamado. La idea es seguir profundizando en los caminos que la institución ya había asumido: mayor compromiso con la promoción humana y crear ámbitos para que aquellos a quienes servimos sean, cada vez más, protagonistas y no destinatarios.

- En un encuentro de voluntarios de Cáritas dijiste que “el asistencialismo es pecado mortal”.

- La asistencia siempre será necesaria, aunque, ¡Dios quiera!, que un día no sea así. Llegar con un bolsón de alimentos, un remedio, un abrigo o un calzado a alguien que lo necesita siempre será una tarea nuestra, además que significa un gesto de cariño. La asistencia es necesaria habiendo realidades de miseria y es valiosa pastoralmente. El problema ocurre cuando nuestra acción pastoral empieza y termina en la asistencia y no tiene una mirada promocional. Cuando no se tiene una perspectiva de dar un paso más para que aquel -que hemos socorrido hoy-  pueda ya no ser destinatario de nuestra ayuda sino protagonista de su propio desarrollo en un mediano plazo, ahí estamos fallando. Esto sucede porque no estamos viendo que el asistido pueda tener un proyecto humano como Dios tiene sobre mí. Cuando no estamos viendo a la persona como tal sino como un objeto en quien deposito cosas, eso se convierte en asistencialismo y... estamos pecando.

- Y para muchos es preferible tomar ese pensamiento: callarlos en el día para que la gente no progrese y no pueda pensar, de lo contrario podrían ser futuros críticos del sistema.

- El motor de la acción evangelizadora es ir al encuentro del más pobre. Cuando no se logra una mirada profunda con quien tengo enfrente -por más que sea el gobierno o, una,  Cáritas (que han pecado de algunas acciones asistencialistas)- sólo se está realizando un acción puntual, quizás, para conformarse o figurar. Tenemos un montón de planes sociales que los elabora gente sentada en un escritorio, creyendo que el otro no es capaz de pensar su propio proyecto y eso no sirve, está mal. La promoción humana implica saber de las capacidades del prójimo, lo que uno puede hacer es acompañar para que mi semejante sea protagonista y no destinatario. De lo contrario, en el fondo hay una actitud de soberbia pensando que “yo tengo la solución para el otro” porque es creer que la vida de quien pretendo ayudar es menos que la mía.

- En algún momento, el gobernador Cobos dijo que la indigencia se podía terminar dentro de un año.

- Habría que revisar los parámetros para medir lo que se llama una canasta “digna”, o los parámetros que llaman a una familia “pobre” o “indigente”. Nosotros constatamos desde la realidad diaria y que, si bien se han calmado algunas necesidades de urgencia alimentaria, otras necesidades en cuanto a salud, progreso en la educación, progreso en la vivienda, relaciones familiares o capacidades intelectuales (que han quedado disminuidas por años de desnutrición); percibimos que es una realidad que no se termina ni en tres años, por más que sería re lindo hacerlo en menor tiempo. Me parece que es una mirada bastante desfigurada de la realidad. Hoy, hay otros índices para medir la pobreza que son más completos porque la vida humana no se limita a la alimentación, es más profunda y, si tenemos en cuenta eso, nos damos cuenta que estamos todavía  bastante lejos de que podamos vivir todos en dignidad.

- La crisis institucional afectó a todos los ámbitos y la Iglesia no ha escapado a recibir el descreimiento de la sociedad. Sin embargo,  hay mucha gente que sigue creyendo en la tarea de Cáritas, aunque no se identifique con el credo.

- Creo que es porque Cáritas siempre ha estado cuando hubo una emergencia, con una respuesta rápida y solidaria. También me parece que ha sido constante en su servicio, no aparece y desaparece. Además de atender las emergencias, la institución tiene un programa de trabajo creciente, pensado y organizado, que tiende a hacer un servicio comprometido, lo que ayuda a la transparencia. La mayoría de las personas que sostienen a Cáritas son voluntarios y lo hacen por vocación y, aún, los pocos que están rentados lo sienten con una vocación de servicio. Cuando una tarea se hace con una convicción profunda, el producto sale con buena calidad.

- ¿Qué le dirías a aquellas personas que tiene la intención de ayudar al pobre pero no saben cómo hacerlo? Un ejemplo: cuando un niño te deja una tarjeta o piden limosna ¿es conveniente darle una moneda? Pues surge la duda si es útil ya que ese dinero puede ser utilizado para droga o alcohol.

- Ni dar una moneda a un niño que pasa ni poner una moneda en la alcancía de Cáritas es suficiente. Me parece que nuestro compromiso por la realidad social debería ir más allá, para cualquiera. Si hay alguien necesitado que nos pide, quizás, sería bueno preguntar su nombre o entablar un diálogo, ver qué hay más allá de su pedido. En Luján hicimos una campaña para ir a los hogares de las familias que nos habían solicitado ayuda. La respuesta primera a lo solicitado era un bolsón con alimentos, pero cuando fuimos a visitarlos nos dimos cuenta de que habían otras necesidades más hondas: de salud, familiares, conflictos interiores, muchas cosas que –ni bien llegamos- nos abrieron su corazón y nos agradecieron el simple hecho de haberlos escuchado. Después de una hora y media de diálogo, el bolsón ya no importaba. Incluso, en algunos casos, resolvimos juntos que la ayuda alimentaria era más necesaria para otras familias. Cuento esto porque, siempre, detrás de una moneda o una mano que se extiende para pedir hay algo más.

Sin embargo, tenemos que ser consciente que al dar una moneda fomentamos que ese niño no vaya más a la escuela, favorecemos el trabajo infantil, la mendicidad o que las madres sigan explotando a sus hijos. Si queremos hacer una ayuda, hay muchas instituciones que utilizan el dinero de una manera más organizada con un fin más promocional.

- La “mirada promocional” va unida a la decisión de Cáritas de cobrar una bolsa de alimentos o la vivienda. Esto a sido muy juzgado por muchos debido a que no entienden el sentido de cobrarle a un pobre. ¿Lo explicarías?

- Se pide siempre una colaboración a nuestros hermanos destinatarios para que se tome valor de lo que se llevan y para, a la vez, saber que con su colaboración  se están ayudando a sí mismo y a los otros. Es una solidaridad que genera más solidaridad. Tenemos un montón de casos o testimonios de gente a la cual se le ha regalado la ropa y, como toda su vida han sido mendigos, a la cuadra la han tirado. Esto es producto de la falta de educación, de vivir de lo regalado y acostumbrarse, existen personas que han preferido tirar la ropa para no lavarla “total la semana que viene me dan otra”. Esto no promueve la dignidad humana, va en contra, y no podemos gestar eso. Cuando una prenda cuesta $0,50, $1 o $2 –no es más que eso- se le da un valor y se lleva lo que realmente se necesita.

- ¿Considerás que la Iglesia sigue cubriendo aspectos que otros han descuidado, por ejemplo, encargarse de la promoción humana cuando debería ser una tarea en conjunto?

- Creo que hay responsabilidades que no se le pueden quitar al gobierno, ya que éste tiene la delegación de todo el pueblo de ocuparse de una vida justa, de la distribución de los bienes para el bien común. Eso es indelegable. A su vez, nosotros como Iglesia nos sentimos comprometidos con la ayuda, el servicio y la promoción humana. No deberíamos renunciar a nuestra vocación evangélica pero tampoco deberíamos cubrir los huecos, que por obligación, el gobierno debe solucionar.

- ¿Te gustaría qué hubiera más articulación entre ambos organismos?

- Sí y que haya un compromiso más serio del gobierno. La vez pasada le decía a un funcionario que “si están realizando un proyecto, sería bueno que consulten a la gente que lo recibe”. Se debe hacer protagonista a las personas de su propio desarrollo. Las planificaciones están fuera del lugar, se piensa en llenar un programa de gobierno  y no en respuesta a la necesidad sentida de la gente.

- ¿Qué te hace convencer a diario de esta misión que elegiste y llevás adelante?

- Por un lado, cada vez que leo la palabra viva de Dios me sigue interpelando a esto: a servir. El Evangelio es tan claro en cuanto a la lucha de Jesús en contra de las fuerzas del mal, el anuncio de un reino de justicia, fraternidad y paz... El ofrecimiento de la vida y del amor, ése es el mejor servicio de la vida. Por otro lado, el encuentro con la gente, cuando voy a los barrios, es lo que más me carga de pilas. Ahora, en mi función de vicepresidente, tendré que hacer tareas más administrativas que, en realidad, no me gustan, pero las hago pensando en la gente y ese es mi motor: que mi trabajo llegue a ellos.
Opiniones (1)
16 de agosto de 2017 | 17:40
2
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16 de agosto de 2017 | 17:40
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. Y si no es así, pregúntenle a la gente de independiente rivadavia, campeones de escritorio. Cáritas debería donar, por única vez, un poco de decencia por el parque...
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