Verónica Cangemi, cantante lírica

"Con mucha humildad, puedo decir que estoy en el techo del mundo"

Una mendocina que triunfa en los escenarios más exigentes del planeta.

Verónica Cangemi es un enorme motivo de orgullo para esta provincia, sencillamente porque es un producto genuinamente mendocino que triunfa en los escenarios más exigentes del mundo de la lírica, nada menos.

Esta cantante lírica, soprano, por cierto, lleva adelante una carrera que, en estos momentos, la ubica en la cúspide del circuito mundial de la música barroca. Dicho de otro modo, Verónica ha tocado el cielo, izada por sí misma. Y más aun: tocó el cielo y allí se quedó, porque talentos como el suyo no respetan las leyes de la gravedad.

La Cangemi llegó al Olimpo de la lírica y además se hizo un lugar y ese logro inaudito se condice con su agenda: hoy, en Mendoza y, días después, tal vez en Austria o Japón, Italia, Estados Unidos, Australia o Sudáfrica.

Es también una mujer de belleza reposada, un ser en estado de equilibrio que no quiere de la vida más de lo que se le ofrece: no esperan de ella arranques de diva ni ropajes impactantes ni caprichos exóticos ni conceptos rebuscados. Madre de dos hijos, la talentosísima intérprete que recoge aplausos por las óperas del mundo, es también “la Patricia”, una de esas chicas que te harían quedar bien en cualquier escenario, desde las arenosas terrazas del desierto lavallino a las lustrosas terrazas de los palacios europeos. Y que no se ponga a cantar, porque, encima, no habrá ser en su entorno que no resulte embrujado.

Verónica Cangemi, digámoslo para ser claros, es una de las mejores cantantes del mundo de la lírica barroca. Y todo comenzó, claro está, en su propio hogar mendocino; todo comenzó, por supuesto, a través de los desvelos de su madre, Fenicia, colega en artes a la sazón, también soprano, también artista lírica. El talento, por cierto, también se extiende a su hermana Patricia, una cantante de tango de estupenda voz, oscura y arrabalera.

No hay que ser muy avispado para imaginarse, hace décadas, a Fenicia inflando sus pulmones sobre un escenario lírico, mientras las nenas –en bambalinas– la escuchan con el asombro enamorado quien escucha a una diosa negra, cantando un blues o la voz de Dios en el living de la casa.


Si bien los inicios encontraron a Verónica Cangemi como cellista, sus cuerdas vocales terminaron por poner las cosas en su lugar: sos soprano, Verónica, es por acá, le dijeron. Y así se volcó al mundo de Haendel y de Gluck, de Mozart y de Rossini, de Piazzolla y Scarlatti, Villa Lobos o Guastavino. De Mendoza se fue a Buenos Aires y de ahí saltó a Europa. Ganó varios concursos internacionales, aprendió cuatro idiomas y se le abrió el camino a los circuitos líricos mundiales. “He cantado con directores muy importantes del mundo, como Zubin Mehta y Claudio Abbado. He grabado, en el mundo de la ópera, 25 discos con sellos importantes como Sony, RCA Víctor o Virgin”, dice ella, como si nada y nadie diría que acaba de bajarse del escenario del Scala, de Milan, donde hizo Don Giovanni. Vamos a ella.

- ¿En qué andás, Verónica?

- Ahora, el 13 de marzo, actúo en Mendoza otra vez, en una velada lírica que se hará en el teatro Independencia. Son obras Haendel y Vivaldi, a beneficio del hospital Notti, junto con la Orquesta Barroca de los Andes.

- ¿Uno nace para el canto lírico o es posible “hacerse” cantante lírico?

- Yo vengo de una familia que me hizo palpar, desde el vientre de mi madre, la música clásica y el tango. Yo creo que nacemos con ciertos talentos que después los desarrollamos o no, dependiendo de la situación social en que se vive. No obstante, yo creo que hay algo, ciertas condiciones naturales. En mi caso, hubo un potencial y mi madre a los tres o cuatro años ya comenzó a darme clases y ayudarme a respirar para un futuro. Yo, por ejemplo, tengo instalada, desde entonces, cierta técnica vocal. Y no tengo más que agradecimientos por haber nacido en la familia que nací y ahora por tener este trabajo que me encanta.

- De lo que decís se desprende la conclusión de que hay miles de sopranos por ahí, por los barrios de Mendoza, por ejemplo, que jamás se enterarán que lo son.

- Exacto. Las circunstancias sociales te marcan. Acá hay mucha gente con condiciones para ser cantante clásica, pero faltan los medios. Es difícil descubrir que te gusta la música clásica si la sociedad en que vivís no la fomenta. Acá no hay mucho incentivo. En Europa, los chicos van al bar, siguen en la ópera y después terminan la noche la discoteca. La ópera forma parte de la cultura allá.

- Sonás muy natural y se te observa discreta, breve, ¿dónde tenés escondida la voz?

- Mucha gente me dice que por mi aspecto físico y por cómo soy no se imaginan que soy cantante lírica. Mi manera de ser fue siempre natural. Y la naturalidad fue una clave de mi carrera. Yo ofrezco lo que soy y lo que tengo y esta voz, en verdad, no sé de dónde sale. Para los católicos hay un Dios; para otros hay una estrella o un ángel. Creo que es un don natural y me costó mucho luchar para seguir, porque no es fácil…

- ¿Sos católica? ¿Atribuís a Dios “el don recibido” y cosas por el estilo?

- No, creo en Dios pero no soy católica y no atribuyo mi voz a Dios, creo que es algo natural, que nació en mí. Son mis cuerdas vocales y yo las fui cultivando… ¿Se dice “cultivando”?

- Sí, está bien dicho.

- Hay muchas personas que puede ser abogados, arquitectos o médicos. Unos se destacan más que otros, pero la verdad es que no todo el mundo puede ser cantante, por más que lo quiera.

Verónica con Julieta Giargulo, organizadora de su concierto del sábado.

- La música que te elegiste, la del Barroco, es propia de un movimiento de reacción de la Iglesia Católica contra las ideas revolucionarias del Renacimiento, en el siglo XVI. ¿Influye en tu elección cierta información vinculada con la religión?

- Yo no soy católica, como te dije, pero creo en la espiritualidad, en estar bien con mí misma para poder cantar y para poder llenarme de satisfacción. Esa satisfacción de la que hablo debe ser la misma que vos sentís cuando escribís. No sé si me explico, porque yo puede que cante muy bien, pero no sé explicar muy bien... A mí, escuchar y cantar esa música en particular me da equilibrio espiritual. De todos modos, mi vida no es sólo esto: tengo dos hijos (Joaquín de once y Manuel de doce), amigos, familia, viajes… Sin embargo, cuando me siento mal escucho música del barroco y me vuelvo a sentir bien.

- Esa música es armónicamente “bella”, en el sentido clásico del término, y estable, sin quiebres o fracturas. ¿Vos creés que el arte necesariamente debe expresar un estados de armonía y de equilibrio?

- No sé. De hecho, hay que gente a la que le gusta y gente a la que no, incluso dentro del mismo barroco. Aun dentro de la música clásica hay mucho dramatismo y también mansedumbre y maneras de sentir la música. A mí, la música del barroco me gusta porque le encuentro muchos colores.

- Bueno, uno de los grandes aportes de la pintura del barroco fue precisamente el tratamiento de la luz y de la sombra, o sea, el trabajo con los colores…

- Claro, justamente. Es exactamente lo que ocurre con el canto. El barroco es muy difícil de cantar por las coloraturas que exige en las voces. Es un color que sale de las sombras. Antes del barroco, en el siglo XVI, se ve la base de esto y la importancia de la palabra en el canto, con Monteverdi o Cavalli. En el barroco, lo importante son los colores. Vivaldi, por ejemplo, te lleva a los canales de Venecia, a sus bares y sus iglesias…

- Un comentario rebuscado: suele sostenerse que la palabra ha dicho todo lo que había para decir y que en su expresión más sublime, la poesía, la palabra es ahora simplemente música. ¿Es posible que ahora la música no sea otra cosa que colores vistos desde sus sonidos?

- Sí, yo veo colores en la música. Esto se ve en la forma de escritura y en el hecho de que, al menos en mi música, la voz es un instrumento más. Cuando yo canto, canto con mi grupo y mi melodía pasa al violín y del violín a otro instrumento. En otras músicas, los instrumentos suelen ser un acompañamiento de la voz.


- Bueno, esta reflexión va en línea con tu presencia de “antidiva” del mundo lírico…

- Claro, esta es la comunión que a mí siempre me interesó. Yo busco la magia que nace entre los músicos, el público y yo. Entre todos hacemos música y nos ponemos en comunión. Y cuando termina el espectáculo, los artistas recibimos del público aquello que hemos dado. No siempre ocurre así, pero es lo que a mí me gusta que pase.

- Resulta muy difícil para un oyente no preparado ver las diferencias entre los distintos autores clásicos.

- Sí, lo entiendo, pero si te ponés a estudiarlos descubrís que Verdi, por ejemplo, era la expresión del pueblo, pero también es muy claro que su música se trata de un solista con acompañamientos.

- La música clásica, en su nacimiento, fue popular. ¿Cómo te imaginás aquellos escenarios donde se ejecutaba la música que a vos te gusta ahora?

- Eran lugares que provocaban la improvisación. Tocaban algo y después volvía sobre lo mismo, pero ornamentado. Hoy, estudiamos y ya sabemos qué vamos a cantar, pero antes no era así. Me hubiese encantado vivir en esa época, porque la educación era tan grande que un cantante, como Farinelli, debía ponerse delante del público e improvisar. Hacía falta mucha formación para eso y tenían en claro que la música clásica era la voz del pueblo. Cuando Verdi compuso “La donna e mobile” lo tomó de los sonidos de la calle misma.

- ¿Y la música que vos cantás ahora, pensás que la interpretás igual que en el momento en que fue compuesta, allá por el siglo XVII?

- No, para nada. Yo ahora me tengo que sentar con el director y ver qué ornamento le voy a poner a lo que canto, porque la diferencia es muy grande entre aquella época y ésta. Las ópticas y los estilos de vida son completamente distintos y eso queda reflejado en el canto también.

- Acá viene otra cuestión importante: en definitiva, ¿vos sos una cantante de covers, aunque de música clásica?¿Dónde está el talento o el arte, si uno acostumbra a criticar ferozmente, desde lo artístico, a los que cantan canciones de Soda Stereo o Los Enanitos Verdes y nunca a los cantante líricos?

- Eh, no sé… ¿La verdad? Me parece que tengo mucho en común con las bandas que hacen covers de rock nacional. Tanto ellos como yo cantamos canciones de otro. En mi caso, la magia está en poder cantarlas distinto y en conocer cómo era el mundo del barroco y por qué escribieron lo que escribieron. Hay reglas y códigos, estilo que hay que respetar.

- Paradójicamente, si bien hay reglas y códigos, es posible que el talento en ustedes se manifieste esplendoroso cuando se apartan de ellos y aportan el toque personal…

- Exacto, sí. Ahí está el misterio. A mí me suelen decir que les gusta cómo canto,  más allá de la perfección que exhiben suecas o alemanas, justamente por los colores diversos que ofrezco. Esto me lo dijo un director muy importante a nivel mundial, René Jacobs.



- Le debe haber gustado tu tonito cuyano…

- Y quién te dice... También me pasó alguna vez que estuve hablando durante una hora en alemán con dos sopranos y al final resultó que las tres éramos argentinas... A las tres nos habían tomado porque las técnicas no eran perfectas, pero hoy lo que necesitan es más expresividad que dar perfecta la nota. Y creo que nosotros tenemos la suerte de ofrecerla. Este país, Argentina, es muy expresivo; a pesar de las crisis, terminamos buscando la cara buena de las cosas. Siento que nosotros estamos dando más valor a las cosas.

- ¿Cuál es el circuito de lugares donde actuás?

- He llegado a un nivel en el que siempre actúo en los mismos teatros y me cruzo siempre con las mismas orquestas. Con mucha humildad, puedo decir que estoy en el techo del mundo; más no puedo pedir y más no hay. Estoy cantando junto a todos mis ídolos, con “los Pavarottis” de la música barroca. Cantar en la Opera de Berlín con René Jacobs es lo máximo que me podía pasar, porque es la máxima autoridad en el mundo barroco. En diciembre de este año y enero del año que viene, tengo el protagónico en una ópera en Berlín. La verdad, no puedo pedir más que esto.


- Este es tu mundo…

- Vengo de la Scala de Milán. Ahora abro la temporada en la Opera de Viena. Y en el mundo mozartiano acabo de grabar un disco con Claudio Abbado, que es uno de los últimos directores que quedan de la llamada “grande época”. Yo no te puedo explicar la enorme satisfacción que siento.

- ¿Y qué vas a hacer cuando no cantés más?

- Teatro. Amo el teatro y siento un potencial muy fuerte dentro de mí. Yo me olvido de que soy la Verónica y me meto en el rol que me toca.

- Es notable que, después de todo lo que lograste, sigás pensando que “tenés potencial” para algo…

- He llegado a un nivel que no esperaba. Y he luchado y estudiado mucho para lograr esto.

- ¿Te puedo preguntar la edad?

- Sí, me encantaría.


- ¿Cuántos años tenés?

- Tengo 45 años. Y me encanta que me lo preguntés porque esta es la época más bonita para una mujer. Es la plenitud, la madurez; no soy viejo y estás feliz de la vida. Es el momento más bonito en la carrera de una cantante, por ejemplo.

- ¿Te gusta torturar a tus hijos con música clásica como tu madre hizo con vos?

- Por suerte mis hijos han tenido una educación de excepción en el mundo. Recorriendo lugares y escuchando a los mejores directores del mundo. A mí me gustaría que me sigan acompañando. Por ahí, los quiero llevar a un ensayo y me dicen “No jodás, mami”, pero cuando están ahí, se transportan.

- ¿Ganás mucha plata?

- No, para nada. Gano lo justo y lo necesario para darme los gustos que me doy en lo que yo quiero, sin ser una millonaria. Doy educación a mis hijos, me tomo un avión, me voy de vacaciones y vivo de lo que me gusta.


- ¿Por qué muchos cantantes líricos son gordos? ¿No es importante el estado físico?

- Es re-importante el estado físico. Antes se creía que comer mucho era de personas sanas. Hoy sabemos que no es así. Con el cantante se pensaba igual: que mientras más gordos, más potencia de canto tenía y hoy se sabe que no es así.

- Vos sos prueba de que no…

- Totalmente. El tema es que mientras mejor están tus músculos, mejor cantás. Y las cuerdas vocales son músculos. Hay que tener buena resistencia física para soportar cuatro horas sobre un escenario, agitados, moviéndose, saltando, cantando. A veces perdés un kilo por espectáculo. Yo todos los días hago algo de deporte. Y dejé de fumar…

- ¡¿Fumabas?!

- Me encantaba el puchito después de la cena, pero ya no lo hago más. Te digo algo: si la gente ve una Traviata de 200 kilos en el escenario no le cree lo que está cantando. ¿Cómo creer que ese personaje se está muriendo de tuberculosis si pesa 200 kilos? A mí me da pudor contarlo, pero hace un par de años me llamaron de una revista de Salzburgo para modelar ropa de firmas internacionales. Lo hicieron para demostrar que ahora los cantantes líricos ya no son gordos.

- ¿Has ganado muchos premios internacionales?

- Por suerte sí. Y me llena de alegría cuando un premio me sorprende. El año pasado, aquí en el país, me dieron un Kónex y me encantó porque yo no tengo ningún contacto político y muchas veces estos premios se manejan así. También me alegra cuando algún disco gana una Medalla de oro o un Diapasón de oro. Ya me ha pasado tres veces y es muy gratificante.

- Debés estar cansada de que, cada vez que estás en Mendoza y te hacen una nota, te pregunten por Fabiana Bravo…

- No, en verdad no me molesta. Fabiana Bravo hizo que la ópera se volviera popular en Mendoza y yo se lo agradezco. De su carrera no puedo decir nada porque no la conozco. Tampoco veo su nombre y no actúa en los lugares en que actúo yo. No estamos en el mismo circuito. No la escuché en vivo, pero mi madre me ha dicho –porque fue alumna de ella– que tiene una voz divina. Yo le agradezco el boom que produjo en Mendoza, porque ahora la gente está más interesada gracias a su aporte.

- Te vuelvo a cambiar de tema, ¿por qué ustedes, los cantantes líricos, son tan aburridos cuando cantan canciones populares?

- No es aburrido… Lo que pasa es que la técnica vocal para cantar sin micrófono en un teatro es distinta. La técnica de la música popular es otra. Se canta de otra manera, se respira de otra manera. Y uno está tan acostumbrado a cantar con la técnica lírica que naturalmente las cuerdas reaccionan así. De todos modos, yo nací en un hogar donde siempre se escuchó música cuyana, con don Hilario Cuadros a la cabeza. Durante toda mi infancia, en mi casa, hubo guitarreadas todos los domingos de la mañana a la noche. Mi papá hacía el asado y mi mamá invitaba a los Markama. Ahora que me hice un nombre en mi trabajo, voy a darme un gran lujo: cantar junto a mi hermana un repertorio de lírica y tango. Para eso, convencí a la gente de la casa de conciertos más importante de Viena. “¿Qué querés cantar, Verónica?”, me dijeron. Les dije que confiaran en mí y que mi hermana canta tango. Y vamos a hacer un recital juntas, un viaje del barroco, al tango. Y lo vamos a repetir en Santiago de Compostela. Para eso, formamos dos orquestas, una de barroco, la mía, y una de músicos clásicos argentinos que viven Europa y llevan el tango en la sangre.

- Contame de tu bisabuelo…

- Ah, sí… El padre de mi padre era compadre de Caruso. Siempre contaba cuando Caruso iba a la orilla del mar a practicar técnicas vocales.

- ¿Cómo sigue tu agenda?

- Llegué de Milan de hacer “Don Giovanni” y me voy pronto a Washington a hacer “Las bodas de Figaro”. Vuelvo a Milan a grabar un disco de Vivaldi. Vuelvo a Mendoza, mi hogar. Sigo en España, después en Viena y de ahí a Berlín. Sigue Tokio y Londres… No sé, tengo muchos compromisos y completamente agendado hasta el 2013.

- Y estás contenta.

- Estoy muy contenta, sí.

 

¿Querés escuchar la voz de Verónica? Hacé click en estos videos:  

 

 

 

Opiniones (1)
19 de octubre de 2017 | 11:44
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19 de octubre de 2017 | 11:44
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  1. Sres. de mediamza.com, muchísimas gracias por traernos esta clase de notas y por la presencia de la Señora Verónica, indudablemente un ejemplo de embajadora argentina en el planeta y tán sólo por mérito propio y con el sólo antecedente de su esfuerzo, tenacidad y voluntad.Que Nuestro Señor Jesucristo la siga bendiciendo.
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