Ernesto Suárez

"No me gustan los festivales, los premios ni los críticos"

Actor y hombre del teatro mendocino.

Ernesto Suárez tiene 66 años, de los cuales 40 han sido dedicados a su apasionada vocación: el teatro. Conocido como “El Flaco”, este hombre ha formado infinidad de actores y hace ocho años refundó “El Taller”, un elenco conformado por 12 artistas jóvenes.

Suárez se formó en la universidad de la calle y apostó al teatro popular para ganarse la vida y devolver a la sociedad lo que ella le ha dado. Asegura que no le interesan los premios, pero sí el reconocimiento de su gente.

Por su público, el Flaco busca enaltecer la bandera de la coherencia y mantenerla flameando con ideales fuertes, esos que te hacen creer en el futuro y trabajar en el presente.

“Lágrimas y risas” es una obra autobiográfica que cada tanto sube a la cartelera y que cuenta su vida, antes y después del exilio. Las respuestas ofrecidas en esta entrevista, también reflejan la vida de este gran actor local.

- ¿Por qué elegiste el teatro?

- Yo no elegí teatro. El teatro me eligió a mí. Empecé a los 24 años y de casualidad comencé cuando me invitaron a un grupo de teatro. La verdad, no tengo ni idea.

- Pero... ¿desde niño? ¿no te gustaba mirar obras?

- Nunca. No había visto teatro, me dedicaba al fútbol. A los 24, me invitaron en una peña a contar un chiste y eso gustó...

- ¿Empezaste a estudiar?

- No estudié nada. Tomé cursos en talleres con distintos maestros, con tipos copados, pero nunca estudié.

- ¿Cómo fueron los inicios?

- Hice un par de obras que me gustaron mucho. Así empezó mi historia y no paró más. Luego, en el ’73, fui director de la Escuela de Teatro.

- Y después, como dirías vos, te tocó la beca Videla. ¿Qué hiciste?

- Salí corriendo por el norte de Chile. Anduve mal, estuve muy triste. Tenía una hija chiquita, de un año, salí con pasaporte vencido y sólo con 20 dólares en el bolsillo, sin nada más. Escapé un día antes del día del golpe. Me salvé como en las películas. Al otro día, me fueron a buscar a mi casa, allanaron y se llevaron todo. Me quedé en Lima un año en un grupo que se llamaba Ñojanchis (que quiere decir “Nosotros”), trabajé en los mercados y en las plazas con (el dramaturgo mendocino) Arístides Vargas. Después me fui a Ecuador y allí estuve desde el `76 al ’84.

- Regresaste y ¿cómo empezaste de nuevo?

- En el `85 empecé con El taller y gané un concurso en la Escuela de Teatro como profesor de improvisación. De ahí, no paré más hasta estos días, que tengo miles de proyectos.

- Cuando llegaste acá fuiste de esos mendocinos que, como otros, apostaron fuertemente por el crecimiento de la cultura en Mendoza…

- Me volví porque quería apostar acá. Como digo en “Lágrimas y risas”, quería venir a tomar mi sopa. La sopa que me sacaron de la boca. A mí me echaron como si fuera un perro, un delincuente, cuando yo era un militante de los derechos humanos y del teatro. Estaba trabajando para el peronismo de base, que fue el área más golpeada de la represión. Me echaron como si hubiera sido un criminal. Cuando volví, decidí quedarme, aunque en Ecuador estaba re bien. Hace dos semanas fui para allá y, después de 30 años, me pasó una cosa impresionante: hicimos una obra que habíamos estrenado en aquella época, eran los mismos actores. Llenamos cuatro veces una sala de 1.200 personas. La primera vez que la presentamos, cuando salí en escena la gente se puso de pie para aplaudirme y comenzó a gritar mi nombre…

- ¿Qué sentiste en ese momento?

- Y me puse a llorar… No pude seguir actuando, se cortó toda la obra, se paró la función. La gente no paraba de gritar “¡Flaco, Flaco!”. Como siempre me han llamado así. Imaginate después de 30 años, nunca hice televisión, ni cine, ni radio, sólo teatro y popular…

- El cariño de la gente ¿es el mejor reconocimiento?

- Es lo único que yo quiero. No me gustan los festivales, ni los premios, ni las huevadas de los críticos. Me interesa que la gente te vea en la esquina de su casa, en la otra cuadra, que te vean que hacés teatro para ellos, para tus iguales.

- Tiene que ver también con tu labor social: poder llevar el teatro a las escuelas rurales y los barrios

- Ahora estamos trabajando en la Asunción, en el desierto de Lavalle. Dirijo un elenco los domingos. Muy copado.

- Te caracterizás por seguir mucho a tus alumnos, te interesás para que amen el teatro.

- Me interesa la mística, es lo que me sostiene a mí. Porque si fuera por la plata no te sostendrías nunca. Ahora, a la edad que tengo, vivo bien del teatro, pero han sido 40 años, de los cuales 35 han sido de cagarse de hambre. Ahora sí, puedo decir que vivo bien con todo lo que la gente me va a ver y con la cantidad de alumnos que tengo.

- ¿En cuántos lados estás trabajando?

- Que sé yo (risas)… En todo. En la Escuela, en la parte de Práctica escénica. Estoy en un proyecto comunitario en Bermejo con Pablo Flores y Dardo Boggia. En Lavalle, un proyecto con la gente de El Taller. Un proyecto con la gente de la Sexta para hacer un taller comunitario. El año que viene me voy a dirigir a Ecuador y en julio me voy a España. El año pasado monté un espectáculo en Chile con alumnos míos, Pablo Navarrete y Pablo Longo. Allí, hicimos un laburo hermosísimo con una comunidad mapuche que vive en un pueblito que se llama Arcilla. Son mil cosas…

- ¿Qué se siente?

- Siento que estoy devolviendo a la sociedad, lo que ella me da. No soy necrofílico: los que se murieron, se murieron. Los compañeros que cayeron presos, fueron torturados o yo mismo, exiliado, no vivo de eso. Vivo del futuro y de mi presente. Esos compañeros son los que te empujan, pero te empujan para que hagás cosas, no para que sigás hablando de los muertos o revolcándote en el dolor. No hay que olvidarse, por supuesto. Es la bandera que uno lleva, se cayó uno, se levantó el otro…y uno lleva una bandera en la mano que tenga las menos contradicciones que pueda. Como es el teatro comunitario o la cooperativa que tenemos en El Taller donde ganamos todos iguales: no es Ernesto Suárez y su elenco, acá si entra un mango es igual para todos o si entra un laburo es igual para todos. Eso, para mí, es la coherencia que uno tiene que tener para todo. Así me marcaron los maestros que tuve y que respeto: Carlos Owen y Pepe Chiavetta. Sobre todo Carlos, que me enseñó cómo es el laburo en un teatro comunitario y entender lo que es un grupo.

- El teatro bien entendido es para la comunidad, es su esencia, porque así nació.

- Siempre cito esta frase del Quijote que me encanta: “El humorismo es la sonrisa de la desilusión”. Me parece hermosa… “El Quijote ha sufrido la desilusión pero continúa creyendo en el ideal”… Todos hemos sufrido la desilusión: la de los políticos, por ejemplo: que votás un tipo y te traiciona, que te vendieron los bancos, que cagaron la caja de jubilaciones, que se robaron la caja del país. Estás desilusionado, pero no perdés el ideal.

- ¿Qué le dirías a los jóvenes que quieren estudiar y vivir del teatro pero la sociedad le dice “dedicate a buscar un trabajo”?

- Se puede y, a mí, me dicen eso hasta ahora. Pero con las vueltas de la vida, en esta edad en la que ya me he jubilado, es cuando más proyectos tengo. Y la sociedad, esos mismos que te decían “buscate un laburo, comprate un auto y mirᔠ(Ernesto señala su estanciera)… la mayoría de ellos son unos viejos chotos que no sirven para nada porque están tristes, pensando qué hacer para descansar o en comprarse una reposera para sentarse en la puerta de la casa y mirar televisión. En cambio, yo miro el futuro como si empezara cada día. Me puedo reír con jóvenes, niños porque hablamos el mismo lenguaje: creer que todo empieza cada día.

Entonces, ¿qué le tengo que decir al tipo que hace teatro? Que se tiene que pelar el traste para laburar como laburo yo en un país subdesarrollado, que ha elegido una profesión subdesarrollada. O sea, una profesión marginal para el sistema y no para el negocio porque la industria que más guita mueve en el mundo es el cine y el espectáculo. Sin embargo, el que se caga de hambre es el actor. El teatro tiene una cosa bellísima, no necesitás ni un instrumento, sólo te parás en un lugar, pasás la gorra y comés. Basta que vos te parés y contés un cuento, es una herramienta que llevás puesta. Eso lo hace muy bello y muy duro, porque, a veces, no tenés ganas y, lo mismo, ponés la cara.

- Has tenido la posibilidad de estar en otros lados, comparando ¿cómo reacciona el público mendocino frente al teatro?

- Te puedo decir lo que a mí me ha pasado. Cada obra que hago es vista por miles de personas. El público es muy escéptico pero la gente ha entendido mi propuesta, que es contar humor con contenido.

- De a poco, la gente ha valorado más al teatro y le ha dado un mayor espacio

- La gente va más que antes pero nunca va a ir lo que uno quisiera. Si me voy a un teatro, salgo del bar o de la calle y me voy a una sala, bajaría mucho el público. Soy consciente de eso pues es duro vivir de esto. Por eso, tenés que usar un montón de estrategias si asumís que vivís en el subdesarrollo, como enseñar, dar cursos, dirigir, armar luces… Ser un hombre orquesta. Ser más hombre de teatro que actor. De alguna forma vas a sacar un mango para vivir de esto sin transar con nadie.

- ¿Siempre estuviste en teatro?

- No, no. Fui gerente de una editorial. A los 25 años, ganaba plata y tenía auto nuevo. Y largué todo, por suerte…

- ¿Nunca se te dio por hacer televisión?

- Sí, hice un par de cosas pero no me gustó. Odio las cosas internas de la televisión, los productos sacados de taquito y las horas y horas que perdés esperando que te filmen una escena y esa cosa fría de hablar frente a una cámara.

- ¿Qué opinas sobre la decisión del gobierno de cerrar las salas mendocinas? ¿Cuál es tu postura?

- Es un tema de nunca acabar.  Nunca se ataca el problema de fondo, no se apunta al subdesarrollo sino al show, al amiguismo. No se soluciona el mal de raíz. Si a los grupos de teatro le dieran sala se generarían muchas cosas. No se apuesta al desarrollo local. Se gasta millones en la Fiesta de la Vendimia –y que sale del presupuesto de Cultura y no de Turismo- que genera muchas cosas pero también se podría distribuir el presupuesto para dar espacio al artista, los jóvenes no tienen ni dónde actuar. No todos pueden poner plata como hago yo, tampoco hay plata para hacer publicidad. El teatro se mantiene vivo por las pequeñas salas no por la programación oficial.

- De todos modos, ustedes recibieron un subsidio.

- Recibimos un subsidio, compramos una casa de adobe y ahora estamos construyendo. Para el año que viene queremos construir las salas. Hay un par de empresas que nos han prometido ayuda. Esperemos que se concrete.

- Otra alegría fue que el año pasado te premiaron en Ecuador.

- Sí, pero no me dan plata (risas). El gobierno de allá me ha dado muchos premios, acá ninguno. Ah… El Instituto Nacional del Teatro me dio uno por ser viejo, esos que son “a la trayectoria” (risas).

- Sin embargo, tal como mencionabas antes, ¿te sentiste reconocido?

- Me siento re contra reconocido. El otro día pasé por la plaza Independencia y estaban sentados unos bandos de pelo largo. A todos los que pasaban le decían alguna huevada. Pasé yo y me aplaudieron. Esas son cosas que hacen al reconocimiento porque, indudablemente, soy un actor popular.

- Porque estuviste siempre con la gente…

- No me conoce el jurado de ningún lugar y no me van a conocer nunca. Pero me conoce la gente de mi barrio y la gente común, eso me basta.

- Pero estás entre los famosos de Mendoza.

- Soy famoso pero porque soy un laburante. Es fruto de un laburo como el del cura Contreras, hay muchos curas copados pero él es diferente: luchó por los ideales. En la carencia total de ideales, los que tienen una ideología más o menos son referentes porque hay un vaciamiento ideológico muy grande.

- ¿Qué hubieras hecho de tu vida sin el teatro?

- Hubiera sido físico culturista. (Risas) Empecé abogacía, hubiera sido abogado. Después fui gerente, quizás hubiera seguido en ese puesto. Luego fui tres años sacristán, quizás sería cura… No sé qué hubiera sido…

- Tu definición personal del teatro.

- El teatro es una herramienta con la que puedo gritar lo que siento.
Opiniones (7)
22 de agosto de 2017 | 00:59
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22 de agosto de 2017 | 00:59
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  1. El Círculo de Críticos de las Artes Escénicas de la República Argentina (CRITEA) repudia las declaraciones del actor y director Ernesto Suárez al periódico electrónico mdz on line. En la edición del 24 de noviembre, el teatrista observó: "CNo me gustan los festivales, ni los premios, ni las huevadas de los críticos". Fue en el marco de una extensa entrevista plagada de contradicciones, en la cual, por ejemplo, se quejaba por no recibir más premios en su país. Ciertamente, es respetable el desinterés de alguien por los festivales, los premios y la crítica. Pero menos respetable resulta la posición de alguien que ha recibido sin cuestionamientos numerosas distinciones y ha participado de numerosos encuentros, fiestas, festivales y eventos similares a lo largo de mucho tiempo y sin prejuicios de ninguna naturaleza. Mimado por todo el periodismo, Suárez encontró en éste un verdadero aliado, que lo ha acompañado a difundir su profusa actividad teatral en todo momento. Que ha dejado constancia de sus logros, de sus participaciones en festivales, de sus premios y, ocasionalmente, de sus errores. Su permanente presencia en las redacciones de los medios mendocinos solicitando entrevistas, notas de estreno o la mera difusión semanal de las gacetillas ha sido un acto de perseverancia por décadas, que ahora quizás habría que interpretar de otro modo. Los mismos críticos que hablan lo que él sostiene que hablan, son los que lo acompañaron en la comunicación de sus espectáculos desde siempre. Por si aún hace falta ser más claros: los críticos -en primera instancia, periodistas a secas- no son agentes de prensa de los teatristas. Son difusores de su obra, pero también analistas y cuestionadores. El error está en pretender que sean sólo lo primero, y en ese error, evidentemente, ha caído este experimentado artista. Que, dicho sea de paso, está a horas de recibir el Premio Escenario (Diario Uno) por su trayectoria. Roberto Schneider - Presidente Critea Fausto J. Alfonso - Vicepresidente Critea
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  2. Gracias Flaco!!! Ya te voy a traer a Rosario, no te vas a salvar!!! Besos.
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  3. Una nota maravillosa acerca Ernesto Suárez, maestro, amigo, compañero, padre, hermano. Es todo a la vez. Lo que aprendí de él me llevó a ser artista, a no claudicar, a buscar llegar a la gente con honestidad y coherencia, a no transar mis ideales, a pensar en este trabajo como una gran profesión, como un oficio, como una forma de vida. Gracias a este maestro vivo del espectáculo ya sea en la calle, en el teatro, en un bar, desde hace ya casi 18 años. Él me brindó con generosidad todos sus conocimientos que son herramientas indiscutibles a la hora de pararme frente al público. El "flaco" , me une a él un afecto muy grande ya que me abrió las puertas del humor, el gusto por hacer reír, y esa relidad que el nombra...la de ver el futuro como si empezara cada día. Van mis felicitaciones por entrevistar a uno de los más grandes maestros y artistas de nuestro país.
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  4. Tuve la oportunidad de ser alumno del Flaco, hoy estoy lejos de la provincia pero aprendí de el mucho más que estar en el escenario. Aprendí que uno puede lograr lo que desea. Cuesta trabajo, cuesta tiempo y esfuerzo; pero se puede lograr. Gracias Flaco.
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  5. He tenido la oportunidad de asistir a casi todos sus trabajos, da gusto ver como el humor sano y sencillo de su discurso llega tan profundo en los espectadores. Esa coherencia en su forma de ser y de pensar que se traduce en sus obras son lo que lo hacen un gran referente.
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  6. He tenido el placer de ver actuar al Sr. Suárez y realmente es una persona muy coherente. Un gusto, un ejemplo.
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  7. Es un lujo tener a Ernesto trabajando en Mendoza , una persona muy coherente y talentosa
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