Henoch Aguiar

"Pensar que el otro no dice nada es negar la condición humana"

El ex secretario de Comunicaciones de Raúl Alfonsín habla sobre el día después de la Ley de Medios.

La Argentina es un país en donde pasan cosas extrañas con la comunicación de ideas, de propuestas y entre las personas: se convoca al diálogo y, una vez que se logra sintonizar el lugar con el momento, se apela al monólogo. Cuando hay posibilidad de crear una ley que rija a los medios de comunicación, la gente no se entera de qué se trata y asiste a una pelea cerrada, un conflicto de intereses que parece exclusivo de no más que dos y que tiene, además, más secretos que verdades al descubierto.

En blanco o negro, la opción vuelve, reiteradamente, a ser el maniqueísmo.

Y así pasó que mientras se debatió en el Congreso la nueva Ley de Medios a muchas personas les quedó la sensación de gusto a poco, como cuando a alguien lo invitan a hablar y lo aplauden rápidamente para que concluya, para que se calle.

Muchos no saben qué se aprobó finalmente y la duda en torno a quién se beneficia o perjudica la define si se mira mucho tiempo un canal del Estado o si uno se plantifica, crédulo, ante lo que dice TN, por citar un ejemplo de TV privada que se opone a la nueva legislación.

Puras vueltas alrededor de una pelea, diríamos, que si bien no nos resultas ajena, termina siendo intrascendente cuando de lo que se está hablando en esa ley es de cómo serán las comunicaciones en un país en el futuro cercano, nada menos.

“Pensar que el otro no dice nada bueno, nada rescatable, nada digno de ser atendido, es casi como negarle la condición humana”, sostiene Henoch Aguiar, académico y especialista en Telecomunicaciones que fue el secretario de Comunicaciones al inicio de la democracia, durante el gobierno de Raúl Alfonsín.

Aguiar cree que se peleó más de lo que se debatió. Y se anima a encontrarle lados buenos y malos a la Ley de Medios, abstrayéndose de lo que dictan los dueños de si/no que dominan la discusión sobre el tema.

En un alarde de comunicación, mantuvimos una interesante charla con él por Chat, vía Facebook.

Y es la que sigue:

- ¿Cómo cree que afectará al país la aplicación de la ley de medios?

Tiene un efecto doble: para los que hasta ahora fueron discriminados, como las ONG, que no podían ingresar, es positiva. Para otros que tenían derechos adquiridos, tiene ribetes expropiatorios.

Es bueno que se planteen medidas anti monopólicas. Es conflictivo que se haga poniendo cambios y no esperando que cesen los derechos adquiridos afirmados por el mismo Estado.

- ¿Pudo ser mejor? ¿Qué cree que le faltó?

Claro que pudo ser mejor. Se instaló una dialéctica igualmente perversa de ambos lados de la pelea: unos negaban la necesidad de cambiar la ley, y otros pensaban que no había que modificarla. La respuesta correcta a la ley era un doble sí: sí a una nueva ley, sí a los cambios a este proyecto que dista mucho de ser perfecto.

Con respecto a los cambios, la autoridad de aplicación, tan debatida, adjudica los medios chicos. En cambio, todos los nuevos canales de televisión digitales y los medios importantes de las 8 ciudades más grandes del país serán concursadas y adjudicadas por el Poder Ejecutivo Nacional, no por la autoridad colegiada que se ha creado. La primera B la adjudica la nueva autoridad, la primera A sigue siendo manejada por el Ejecutivo.

- ¿Por qué cree que la oposición en lugar de presentar un proyecto alternativo sólo esperó su sanción con críticas?

Si bien hubo diputados, como Giúdice, que se involucraron en el proyecto desde temprano, que lo conocían a fondo, hubo muchos otros, tanto del oficialismo como de la oposición, que iban a los programas a hablar en contra del otro, con argumentos genéricos y sin haber estudiado. Para quienes sí lo habíamos hecho, era penoso ver a periodistas y entrevistados discutir sobre cosas totalmente erróneas. La oposición negó la ley en vez de profundizar su análisis. Privilegió el argumento combativo al racional. Replicaron el modelo de anti-diálogo que reprochaban.

En el Senado, empero, se presentaron modificaciones sustanciales propuestas por la UCR y Pichetto reconoció que Sanz, Morales y otros senadores habían tomado otra actitud. Aún más, ninguno de los cambios propuestos tuvo réplica en el debate del Senado. Las propuestas eran probablemente mucho más progresistas que el proyecto de ley, que es bastante retrógrado en puntos que hacen a la pluralidad de voces y a los controles.

- ¿Es decir que solo lo usaron para mostrarse como opositores y no para formular aportes?

El tratamiento de la ley reflejó el estado de la política argentina. El qué se debatió poco o nada. Importó el quién, descalificar al otro por quien era, a puro golpe de prejuicio. O chavista o neo liberal. Esta ley, como toda ley, regirá por muchos años, cuando ya se hayan olvidado los nombres de los legisladores.

Pensar que el otro no dice nada bueno, nada rescatable, nada digno de ser atendido, es casi como negarle la condición humana. O sentirse un semi dios, recién bajado del Olimpo. Negarse a entender nada de lo que el otro plantea es una forma de racismo intelectual. De ambos lados.

- Ud. fue el secretario de comunicaciones del gobierno de Alfonsín. ¿Qué se pensaba de este tema en aquellos años?

Me tocó ser el redactor del proyecto que propuso el Consejo de la Consolidación de la Democracia, así como del que presentó Alfonsín en 1988. Se buscaba también la pluralidad de voces, la apertura del espectro a los que habían sido negados hasta ahora, un gobierno colegiado de los medios y canales públicos, nacionales y provinciales, que no dependieran del gobernador o presidente de turno, cantándole loas indecentes, sino que fueran medios verdaderamente públicos, independientes del gobierno y receptores de las voces críticas que el sistema comercial no alcanza a reflejar.

Pero no teníamos una experiencia que sacamos de la década del 90: aún pensábamos que los órganos de control podían funcionar. En cambio, los años pasados nos han mostrado que esos órganos son, o bien cooptados por las empresas, o bien sacados de sus objetivos para obedecer ciegamente al interés político del gobernante de turno. Organismos que funcionarían en Inglaterra o Francia necesitan aquí ser mucho más plurales, más independientes si no se quiere que pierdan el rumbo en minutos. Veamos cómo se recortaron las atribuciones a la Auditoría General de la Nación, a la Oficina Anticorrupción, al Consejo de la Magistratura, se aguó todo lo que signifique independencia y control del Estado.

¿Por qué no se avanzó?

Alfonsín incluyó el tema en las extraordinarias del verano de 1989. Tenía plena voluntad para tratarlo y creo que hubiéramos obtenido el resultado. Pero la devaluación y la hiperinflación resultante dejó al gobierno sin aire político ni oportunidad para un tema estructural como éste.

 

El autor: Gabriel Conte es editor de MDZ. Facebook.com/gabrielconte

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