Padre Jorge Contreras

"En la sociedad hay temor al pobre"

Luchador incansable de los derechos humanos.

Su nombre es Jorge Juan Augusto Contreras. Este hombre, de 82 años, fue bautizado con tres nombres porque nación un 27 de abril (cerca del día de San Jorge), porque su madre se llamaba Augusta y –ya que era el primer hijo- no podía faltar el nombre del padre. Por respeto a la tradición, lo llamaron Juan. Sin embargo, para todos es conocido, simplemente, como el cura Jorge Contreras, el sacerdote que está junto a los pobres.

El padre Jorge es responsable de la parroquia Virgen Peregrina, en el barrio La Gloria de Godoy Cruz. Un lugar –como dice él- “marcado” por el prejuicio social en contra de sus habitantes. Un lugar marginal que, a pesar de todo, con el testimonio de un cura –en acción y palabras- ha hecho renacer la esperanza.

Por este motivo, entre tantos otros, hoy el padre Contreras será reconocido por la Universidad Nacional de Cuyo con el título Doctor Honoris Causa. A lo largo de esta entrevista, se puede ir descubriendo por qué este sacerdote tiene tan merecida semejante distinción.

- ¿En qué momento eligió tener esta vida, optar por la vocación del sacerdocio?

- A mí me costó mucho encontrar el camino porque las cosas que tenía más fijas no se fueron dando. Quería formar una familia, incluso tuve un noviazgo a los 20 años.

- ¿Le rompió el corazón a una chica?

- Sí. Ella era una dirigente de la Acción Católica. Nos conocimos porque nos veíamos frecuentemente cuando militábamos en ese grupo. Pero no se dio y, a pesar que desde niño íbamos a la parroquia San José, de Guaymallén, con mi hermano, nunca había pensado en ser sacerdote. Esa es la verdad.

- ¿Cómo continúa la historia entonces?

- Surgieron cosas muy pequeñas. Soy devoto de la afirmación siguiente “de cosas pequeñas se hacen cosas grandes”. En ese tiempo que no tenía clara la vocación, estaba trabajando de maestro desde los 18 años, en mi primer trabajo como docente, en la escuela Correa Salinas de Polvaredas. Estuve desde octubre del ‘45 hasta marzo del ’46 cuando tuve que ir al Servicio Militar. Catorce meses estuve en Uspallata. Ya pensaba en estudiar en la universidad, viraba entre Ciencias Agrarias y Filosofía y Letras. Gracias a un amigo, Pedro Martínez, estudié Historia y Geografía.

- ¿Y la vocación?

- La vocación se define por algo muy anecdótico. En eso de no tener una decisión firme, entro a mi casa y veo sobre un aparador un vaso con un pimpollo de rosa roja y me impacto. Esa flor me impactó a pesar de que las flores nunca me habían quitado el sueño... (risas). Dije: ¡qué hermosa es! Pero hice una asociación, se va a marchitar e hice otra asociación: la vocación también se puede marchitar si uno transita en la indefinición. Ése fue el momento para decidir que iba a entrar al seminario. Luego le dije al padre Fioroni, un sacerdote rosarino, que –ya que aún estaba de novio- habían dos y no sabía con cuál quedarme (risas) y él me dijo que seguiría rezando. Todo me llevó a decidir a entrar.

- ¿Qué edad tenía?

- Tenía 24 años. Pero, ojo, no ingresé inmediatamente porque mi madre había fallecido en el `38 y a mi padre no podía dejarlo solo. Recuerdo que ella me había dicho tres cosas: “m’hijito usted tiene que hacer tres cosas: casarse a los 25 años, ser marino y tiene que jugar al tenis”. O sea, era la expresión de una madre que su hijo triunfara mucho con estos tres puntos (que son de paso muy elitista). Pero nada de eso se cumplió. Antes del ingreso al seminario, cuando mi padre quedó ciego, tuve la responsabilidad de mantener mi casa. Después del servicio militar, me llegó la asignación de la escuela nocturna Cano. Allí estuve 10 años. Tenía que esperar que mi hermano terminara sus estudios de medicina en La Plata para entrar al seminario. Esperé 5 años, no podía dejar solo al viejo. Me costó tiempo de madurar la decisión, pero una vez que la tomé fue firme para siempre.

- Usted siempre dice que en su casa le inculcaron que tenía “que hacer algo por los demás”

- La educación que recibí de mi familia tenía un gran componente social. Mis padres estaban contentos con que me relacionara con otros. Nunca fui un chico aislado. Siempre me permitieron que fuera amigo del hijo de la cocinera, del chico del barrio, que no anduviera diciendo con “este sí o con este no”.

- ¿Qué otros recuerdos tiene de su familia?

- Mi madre fue una gran educadora y eso que llegó hasta 3º grado nada más. Ella, junto a mi tía Cruz, quedaron huérfanas. La primera educación que recibí provino de mis padres, los límites y los castigos lo ponía mi madre y mi padre aprobaba con las miradas.

- ¿Y recibía muchos castigos?

- (Risas) Y... como éramos varones y traviesos, más de una vez. Y alguna paliza también. La visión social la tuve desde la infancia, la Acción Católica la profundizó y luego, la vida.

- Ahora su otra familia son los pobres, y en el gran sentido de esa palabra.

- Sí, porque el evangelio habla del Cristo pobre y el seguimiento de Cristo, es el del pobre.   Cuando estudié en Córdoba, tres años Filosofía y cuatro Teología, aprendí mucho. Cuando estuve en el monasterio de los Trapenses, veía que la mayoría de los monjes eran jóvenes y me asombraba que sólo tenían una vez a la semana para hablar. Vivían bajo un régimen de monasterio muy exigente pero los veía con revista y diarios de la actualidad. Es decir, aunque su premisa era la oración y el trabajo no estaban ajenos. Me admiraba que dentro del encierro, estaban retirados del mundo pero no de espaldas a éste. A través de lo que ellos leían estaban al tanto de lo que pasaba y en sus momentos de oración, intercedían por el mundo. Me impactó mucho pero mi vocación era estar con la comunidad.

- Usted es uno de los pocos que ha podido cumplir la cita del Juicio final que dice: “estuve hambriento y me diste de comer, estuve sediento y me diste de beber, pobre y me vestiste, preso y me visitaste, enfermo y me cuidaste”. Hizo cosas que, a veces, ni un católico se anima a hacer...

- Eso que vos estás mencionando es una de las grandes claves porque el evangelio no es un libro nada más que interesante. Ni tampoco es un libro nada más que viejo, sino que es un libro muy actual y muy exigente.

- ¿Por qué se hace tan difícil cumplirlo?

- La experiencia en la vida a uno lo ha puesto, más de una vez, en situaciones que son difíciles pero no imposibles. El que tiene fe sabe en lo que está apoyado. El Buen Pastor está junto a uno.

- ¿Eso es lo que lo lleva a usted hacer todos los días esta tarea?

- Sí porque hay una fe grande que la recibí en mi casa de mis padres y no he renunciado a esa fe, trato de enriquecerla.

- Se nota que no ha renunciado, siempre ha militado y no sólo en el aspecto religioso.

- En la lucha por los derechos humanos, por mejorar la educación, ya desde cuando era docente lo hacía en las asambleas, en el diálogo con los demás.

- ¿Y le ha pasado que la posición que toma no es la postura de la Iglesia y, si bien, no se ha enfrentado han parecido discursos diferentes?

- A mí me llegó una afirmación de una persona muy querida, monseñor Rey, que “me había expuesto demasiado”, tenía razón porque estaba en todas las marchas, en todas las asambleas... porque me parecía que tenía que estar. Tiempos de mucha lucha, muchas propuestas. Y siempre fui así, salvo cuatro meses en el colegio Don Bosco, siempre estuve en escuelas públicas. Antes del seminario y siendo sacerdote estaba porque debía estar.

- ¿Es conciente que genera en el resto de la sociedad que, mientras la Iglesia es muy juzgada, usted acerca una iglesia más social, no tan “acartonada”?

- Sí, te referís a una iglesia muy replegada. He estado en contra de iglesias replegadas porque ser cristiano es estar en el mundo sin ser del mundo como dice Cristo. ¿Qué quiere decir? Hay que estar en el mundo para cambiarlo sin ser de un mundo que te arrastra, que te corrompe. Uno no puede estar temeroso o mirar nada más lo que pasa, eso no puede ser, no es propio del cristiano. Se debe trabajar por los grandes valores: la esperanza, la justicia, la solidaridad, el amor.

- ¿Qué desafíos cree que le hace falta a la Iglesia?

- Capacidad de riesgo diría yo. Porque siempre hay una buena cuota de riesgo en todo, es parte de la vida. Cuando Cristo le dice a Pilatos que la autoridad que el tenía venía de lo alto, bastaba que Pilato lo hiciera matar por irreverente. Jesús le estaba haciendo una advertencia muy fuerte y se estaba arriesgando.

- Al trabajar como capellán en la Penitenciaría provincial y en los barrios, ha conocido otras facetas del ser humano que muchos prefieren ignorar.

- Mucha gente no ha llegado al barrio La Gloria porque me han dicho “no entro a ese barrio”. Recién ahora los taxis están viniendo. Lo que pasa es que hay temor al pobre. Temor y desconocimiento. El padre Farinello dice que “no se cree que en un barrio humilde no es todo color de rosas” y es así, es muy duro. El pobre es sencillo, es laburante, tiene familia pero desarticulada, no está bien constituida ya desde el matrimonio. Se teme a estos barrios porque se cree que si uno no es del lugar, lo van a matar y no es así. Tanto acá, como en el San Martín o cualquier barrio del cinturón urbano. La gente pobre tiene sus valores y también tiene sus piojos.

- ¿Cuál es la realidad del lugar en donde habita?

- En estos 16 años he encontrado una dureza muy grande en la gente humilde porque la vida se las hecho extremadamente pesada y no hay los suficientes apoyos para demostrarles que hay posibilidad de mejorar. Muchos tienen trabajos transitorios, mucha gente tiene que “changuear” para comer, mujeres solas porque sus esposos se fueron a buscar trabajo a otra provincia o porque fueron abandonadas. De diez chicas jóvenes con un bebé en brazos, ocho están sin el padre de la criatura. Las comunidades están endurecidas porque la vida ha sido dura y no encuentran con qué emerger.

- Desde la sociedad no se plantean oportunidades. Por ejemplo, en muchos lados está el prejuicio que porque pertenecés al barrio La Gloria no te dan un trabajo.

- Claro, está bien que los barrios humildes se tornaron violentos. Pero no estuvo bien que los marcaran como barrios riesgosos y la gente no quiere ni pensar en lugres como éstos. Tengo que decir que en los 16 años que tengo acá, he recibido respeto, saludos de todo el mundo, aprecio, he andando a cualquier hora del día y de la noche y sólo una vez un chico pesadito me dijo “y ¿si te pego un tiro?” y siguió. Fue el único apriete que no terminó en nada.

- ¿Cuál es la situación actual del barrio?

- Está más tranquilo. La peligrosidad ha disminuido mucho. Hay situaciones que son terribles. El chico que, más o menos, está con la marihuana puede salir. Pero el que está con la cocaína, cuesta un perogrullo. Hay niños de 10 años fumando porro y adolescentes también. Pero se están haciendo actividades para salir. Desde la Coordinadora (asociación de entidades del barrio) están realizando una ludoteca, sigue el Centro de Capacitación Laboral. Han ayudado muchas empresas con proyectos. Está más sereno y eso que a mí me ha tocado rezar por tantos jóvenes muertos en balaceras. Los que no murieron, están en el Penal. Me los encontraba allá y me preguntaban cuál era la situación del barrio y les contestaba, entre risas, con ustedes acá está mejor.

- A propósito, desde su experiencia, ¿qué opina del sistema carcelario?

- Puede haber una cárcel nueva pero si no hay un cambio en el sistema no sirve. En Mendoza hay una postura muy opresiva con el interno. A veces, han estado con cierre de 18 horas. Lo que puede facilitar la resocialización es un clima humano que ofrezca trabajo, escuela, atención espiritual. Se deben establecer criterios.

- ¿De qué está convencido en la vida?

- Estoy convencido de que elegí un buen camino, que no he hecho tan mal las cosas. Recibo mucho aprecio de la gente cuando voy a la ciudad. Y me paran a saludar, soy agradecido de todo.

- ¿Cómo sueña el barrio La Gloria en un futuro?

- Ese es el tema. Se están realizando pasos para que el lugar cambie a nivel de las escuelas, la parroquia, el trabajo con los evangélicos. Hay obras y eso puede llevar a un cambio. Pero, sobre todo, hay esfuerzos para hacer un cambio de mentalidad. Hay que trabajar para no quedarse en la comodidad, producto del liberalismo que estamos viviendo, pero se están logrando asociaciones.

- ¿Qué mensaje tiene para la sociedad?

- Soy un enemigo acérrimo de este capitalismo tan cruel que tenemos. No milito políticamente, aunque en dos oportunidades me lo pidieron dos partidos, pero la Iglesia no tiene que desentenderse. Los documentos eclesiales son muy claros: la Iglesia tiene que estimar lo político como una misión fundamental para el destino de las comunidades. La política tiene que organizar la polis para contribuir a una vida digna. Cada persona tiene una dimensión política de aportar. La Iglesia tiene documentos clarísimos pero le falta hecho.

- ¿Usted sabe que, al igual que muchos santos o como Madre Teresa, ha hecho extraordinario lo ordinario, que está cumpliendo una gran misión?

- Sí, gracias a Dios lo digo como soy, con mucha sencillez. Nunca he sido soberbio, creo que soy uno más. Dentro del grupo de sacerdotes hay personas muy capaces y creo que hay esperanzas.

Opiniones (1)
18 de diciembre de 2017 | 01:20
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18 de diciembre de 2017 | 01:20
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  1. Nada , uno se siente que es nada ante tanto apostolado . ¡ Ojalá ! pueda mirar para atrás y sentir que he hecho una décima parte de éste sacerdote que pudo interpretar perfectamente la PALABRA y ejecutarla en vida . Yo también lo relaciono y admiro con la Madre Teresa de Calcuta.
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