Sergio Villanueva

"Tomar vino barato no es de croto"

Gerente de la Unión Vitivinícola Argentina (UVA)

Sergio Villanueva es el gerente de la Unión Vitivinícola Argentina. En esta entrevista brinda un interesante panorama de la vitivinicultura argentina en el país, el continente y el mundo; el renacer del vino como bebida familiar; la comparación con otras bebidas y el fundamental papel de los jóvenes como consumidores.

- ¿Cómo marcha la promoción de campaña vinos argentinos en Brasil?

- Los vinos argentinos han ido ganando espacio en los últimos tiempos en el mercado brasileño, igualando y, hasta superando a los vinos chilenos. Brasil tiene un gran mercado y también tiene vitivinicultura. Lo que la Corporación Vitivinícola Argentina hizo fue dialogar con los productores brasileños y acordamos que lo conveniente es que crezca el mercado del vino, que los brasileños tomen más vino en lugar de otras bebidas alternativas como la cerveza Se empezó a trabajar en conjunto con ellos en una campaña que haga crecer el mercado. Como Argentina tiene experiencia en estudios de mercado, en la promoción del mercado interno y en el desarrollo de un plan estratégico, se involucraron a las entidades que tienen experiencia en el tema: el Fondo Vitivinícola y Vinos Argentinos. Junto con el instituto brasileño de vinos se trabajó en la realización de un estudio en varias regiones para ver que piensa la población respecto del vino como bebida sustituta. Ya se ha contratado a la empresa para que haga los estudios y estamos ultimando los detalles, firmando algunos convenios.

- ¿Por qué esto es importante para Argentina?
 
- Hoy Brasil se ha transformado en el segundo mercado en valores FOB de Argentina, desplazando incluso al Reino Unido. Esto da la pauta que Latinoamérica con sus tasas de crecimiento económico se ha vuelto un mercado muy atractivo para los vinos argentinos. El desarrollo del mercado brasileño es una gran oportunidad para nuestras empresas -para las pymes, por cercanía-, de una logística más cercana, de inversiones de promoción a bodegas medianas y pequeñas. El tema Brasil está en proceso, estamos trabajando desde lo institucional, avalando lo que hacen las empresas privadas.

- ¿Existe o existió alguna resistencia por parte de los productores brasileños?

- En todos los países donde ya existe un mercado y aparece uno extranjero se genera cierta resistencia en un primer momento. Pero hay que considerar que las dimensiones de vitivinicultura en Argentina y Brasil, son muy dispares. La nacional es 10 veces mayor a la brasileña, además de tener niveles de competitividad y de volumen muy grandes. Hubo y hay ciertos sectores de la producción brasileña, de los bodegueros que no ven con buenos ojos este tema. Pero Mendoza no tiene que competir con los productos brasileños, tiene que complementarse. Esta es una propuesta superadora, para evitar cualquier resistencia y para que los brasileños crezcan, en todo mercado siempre hay lugar para los vinos nacionales, en este caso brasileños. Argentina tiene que tratar de generar nuevos consumidores y competir con los competidores fuertes como son los vinos chilenos y europeos que también van a Brasil.

- ¿Cuál es el posicionamiento del vino mendocino en el país, el continente y el mundo?

- El vino de Mendoza corresponde al 85% de los vinos que se exportan en el país al MERCOSUR y al resto del mundo. Pero nosotros estamos tratando de vender la Argentina vitivinícola. Obviamente que Mendoza tiene un lugar, casi una marca por la calidad y reconocimiento de sus vinos y por la densidad y cantidad de bodegas, viñedos e industrias que tiene. Pero la idea es hacer que las otras provincias también produzcan esa calidad exportable, en menor medida por una cuestión de proporción.

- Los países vitivinícolas de la Unión Europea adoptaron dos medidas para contrarrestar los dramas de superproducción y excedente de vino: erradicación de 200.000 hectáreas y prohibir la chaptalización. ¿Esto funcionará?

- La industria vitivinícola del mundo siempre ha tenido una gran lucha por mantener el equilibrio entre lo que produce y lo que vende. Porque, cuando existe un desequilibrio y se produce más de lo que se vende, finalmente se caen los precios. Esta situación se da con más frecuencia en los países del viejo mundo vitivinícola (Europa) y también en Argentina, donde tenemos un gran mercado interno. La característica que nos une a los europeos es que, en el país, tomar vino es cosa de todos los días. Esto no es una debilidad, es una fortaleza. El mercado interno argentino son 1.200 millones de litros anuales, que equivale a la suma de todo lo que exporta Estados Unidos, Chile, Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda. En todos estos países, cuando se planta más de lo que se vende se producen desequilibrios. Pero Argentina encontró a partir del año 1995 una solución a los excedentes y firmó el acuerdo de mosto Mendoza-San Juan, mediante el cual, en lugar de producir más de lo que vendan con los excedentes, lo que no se comercialice se hace jugo de uva. Eso apoyó y potenció una industria de jugo de uva que hoy es líder mundial. Argentina es hoy el primer exportador de jugo de uva al mundo.

- O sea que la industria del jugo de uva comenzó gracias a los excedentes…

- Sí, en realidad empezó como una cuestión excedentaria y hoy es una industria con independencia propia. A nosotros nos sirve como una  forma de regulación de mercado. En tanto, en Europa ese sistema no existe. Existe uno de incentivos y de subsidios. Durante mucho tiempo la UE se aferró a su tradicionalismo de venta en cuanto a marcar denominación de origen. Sin embargo, este estilo de vinos fue roto por el nuevo mundo, que surgió con vinos varietales, con otra concepción del negocio, con vinos más frutales, más jóvenes, con un packaging distinto. Pero la UE ha empezado sin dudas a recuperar terreno y ya está replanteando hacer un ajuste de hectáreas, de subsidios y de procedimiento enológico para competir con el nuevo mundo. Que se erradiquen de 200 o 400 mil hectáreas para eliminar excedentes como ellos han planteado es relativo, porque por el otro lado están tratando de parecerse al nuevo mundo planteando varietales de mejor producción. Entonces el viejo y el nuevo mundo se empiezan a parecer. Los productores europeos elogian a Argentina  porque ha logrado un método de diversificación, como es la regulación a mosto por lo que no generaba excedentes, y por el otro lado, con ese mismo procedimiento estaba a través del plan estratégico y las campañas, promocionando el consumo en el mercado interno externo. O sea, lo que le pasa a Europa es que se está reconvirtiendo para competir mejor y parecerse más a nosotros.

- ¿Qué ventajas tiene Argentina de cara al nuevo mundo vitivinícola?

- Este nuevo mundo es un escenario más competitivo, que empieza a posicionarse. En ese escenario Argentina tiene para competir importantes ventajas como son la naturalidad de sus productos -con este clima son prácticamente todos orgánicos y tienen bajo costo-, tiene una población preparada y relativamente barata en dólares para ser competitiva, tiene buena productividad y diversidad varietal. En cambio, en Chile no hay más de cuatro variedades. Ese conjunto de situaciones la hace competitiva en un mundo que tiende a ser competitiva.

- Volviendo al tema de la chaptalización, ¿considera que es una desventaja este proceso para los países que no pueden encontrar el azúcar en la uva y tienen que recurrir al azúcar de caña?

- El tema es relativo. Hay muchos países que están en zonas marítimas o en zonas que no les alcanzan el grado alcohólico y entonces chaptalizan usando azúcar de caña. Esos países no van a abandonar este proceso. En todo caso la limitarán o encontrarán formas de redistribuir la producción de manera que la maduración sea lo más natural posible. Pero evidentemente hay muchas zona del mundo y de Europa que, si no utilizan ese proceso, no van a llegar a la madurez de los vinos. Yo creo que es más un cambio de estrategia que un cambio real. Esperemos a ver como son los acontecimientos que se dan.

- Pero es importante que ya se haya hecho algo de ruido por el tema de los excedentes….

- Sí, en general los excedentes llevan a que muchos países quieran vender en el mismo mercado y, por ende, cada vez a precios más baratos y más competitivos. Esto, a la larga es una pérdida para el negocio. El equilibrio es la cuestión. Creo que Argentina, por tener más experiencia y por haber pasado grandes crisis excedentarias, tiene cada tanto esas crisis que las hemos venido manejando desde 1995 hasta la fecha. Nosotros tenemos equilibrada nuestra vitivinicultura y todos los años tenemos que tratar de que no se nos desequilibre para evitar problemas de precios, intervenciones del Estado, la crisis de los productores y erradicaciones de pequeños productores. En la vitivinicultura argentina no todo es de rosa, hay problema con los pequeños productores, hay problemas de integración todavía en una parte de la cadena. Pero estamos en una parte del proceso que, comparado con otros procesos mundiales, en términos generales parece que va por buen camino. Queda mucho por hacer, pero va bien orientado.

-Del total del vino elaborado en el país, ¿cuánto se consume en el mercado interno y cuanto se exporta?

-Del total de mosto que se produce, el 30% va a jugo de uva y el 70% restante queda para vino. De ese 70% destinado a la elaboración de vino, el 80% se consume en el mercado interno y el 20% se exporta.

- Deteniéndonos en el mercado interno, ¿cuál ha sido la época dorada y cuál es la realidad de hoy?

- Durante algunas décadas argentinas, especialmente en la del ‘70, se consumían entre 80 o 90 litros per cápita anuales. Pero hay que entender que era una Argentina distinta a la actual, había un almuerzo familiar, había siesta, entre otras cosas. Era una sociedad con costumbres con menos vértigo y con otro tipo de familia. El vino se consumía por tradición, la bebida era vino o vino con soda para los más jóvenes. Pero la sociedad cambió, en todo el mundo. Pero las sociedades y los ritmos cambian, y tienden a urbanizarse, se pierden las comidas en familia. La sociedad cambió y al vino le ha costado adaptarse a ese cambio, porque también entró una nueva modalidad que, actualmente, ya está en retroceso, que es la del fast food y la gaseosa. Es como que ahora estamos en una vuelta de ese ciclo, buscando un equilibrio entre eso y la dieta mediterránea. El vino se está reacomodando a ese esquema y, obviamente, no es tan sencillo de acomodarse como puede hacer una multinacional de la cerveza, o de la gaseosa o aguas saborizadas que ponen grandes cantidades de dinero, que tienen márgenes distintos, que son productos uniformes e industrializados. Mientras que la actividad vitivinícola depende del clima, de los productores y es mucho más compleja desde todo punto de vista, incluyendo la adaptación. No es rápido el cambio ni de las variedades, ni de las costumbre. Por otro lado, en el mercado deben haber 3.000 o 4.000 marcas de vino. No somos eso que son los otros. El vino es como que ha estado adaptándose.

- Mucha gente ve al vino como una bebida elitista, ¿esto es así?

- Esto fue algo que se volvió un prejuicio en los ’90, cuando el vino tuvo una especie de sofisticación. Se fue muy arriba y se planteó como algo de muy alto nivel, que tenía que ver con los valores de la década del ’90: tener, ser y gastar. En esa época se hablaba del vino como algo asociado a las ocasiones especiales y lujosas, a las señoras vestidas de largo, los autos caros, a los periodistas con lenguaje difícil y a aromas que no se conocían. Y en cierta medida fue cierto para un grupo de vinos que sí lo son, pero no fue el mensaje para el conjunto. Yéndonos un poco más lejos en el tiempo, en los ‘60 y ’70, el vino era el primer anunciante argentino de todos los eventos, populares y no.
En los’90, el vino de todos los días abandonó el lugar de bebida popular y de confianza y se los cedió a la cerveza. Hoy, después de un proceso colectivo que hizo la industria vitivinícola, replanteándose metas, objetivos y situación, los jóvenes ocupan otro rol.

- Es como si hoy los jóvenes hubiese conocido el vino...

- ¡Exacto!. Luego de los prejuicios de la década pasada, el vino ha tenido que ir cambiando el mensaje sin abandonar su glamour y su sofisticación, pero teniendo en cuenta que hay toda una industria que vende un gran volumen de vino y que debe competir con la cerveza y con las gaseosas. Que debe estar en la mesa de los amigos, en el asado, en todas ocasiones especiales para el brindis. El vino no siempre es para una comida especial o un brindis caro. La idea es integrar y que el vino recupere algunos valores de su propia autoestima que perdió. Hay que volver a poner al vino en el lugar que siempre tuvo y debe tener: el de bebida nacional, moderna. Y eliminar el prejuicio de que si alguien toma un vino más económico no es un croto.

- Si hoy fuese una carrera en la que compiten la cerveza, la gaseosa y el vino, ¿en qué lugar estaría este último?

- El vino estaba en boxes, pero hoy está ganando un segundo por vuelta. Tiene características para estar primero, pero no hay que apurarse. Quizás hoy, en esta especie de carrera, todavía no querramos ganarle a la cerveza o a la gaseosa. Lo que si queremos es generar nuevas situaciones de consumo. El pueblo argentino es un pueblo que tiene entre sus valores tradicionales, tomar vino. No queremos hacer una carrera contra la gaseosa o contra la cerveza, pero obviamente tampoco vamos a dejar de darla y el vino está recuperando un segundo por vuelta. Como esto responde a un plan estratégico en los próximos 20 años, no esperamos resultados súper inmediatos. Pero sí estamos midiendo y retomando en la cabeza del consumidor un espacio.

- La carrera es larga...

- La carrera es larga y lo que queremos es volver a reposicionar al vino en las opciones de los jóvenes, de la mujer, de los adultos, del pueblo en situaciones tal como es el pueblo argentino. El pueblo argentino es un pueblo netamente de clase media, ahí el vino tiene que estar previsto. Es como cuando uno va a ver un partido de fútbol. Uno pagará platea, otro pagará popular, pero todos están viendo el mismo partido. Hoy el vino se está ocupando en nacer. Durante muchos años no se hizo nada y vivimos de nuestras herencias, pero hoy en su exportación, en su mercado interno, en su reconversión tecnológica, en el estudio de lo que le pasa al consumidor y en tratar de considerar lo que le pasa a diferentes segmentos de la población, el vino está naciendo.

- ¿Qué balance puede hacer desde el sector vitivinícola de la gestión Cobos-Montero a días de finalizar su gestión?

- La relación la ministra Laura Montero y, por ende con el gobernador Julio Cobos, ha sido siempre muy correcta. Es importante el hecho de que hayan generado un espacio para que la vitivinicultura se reorganizara. Montero siempre vio las cosas como un esquema de planificación. Este gobierno nos permitió trabajar y nos apoyó en el desarrollo de un plan estratégico, trasladando el centro de decisión a la actividad privada-pública y no dejarla solamente en la actividad pública.

- Cambiando un poco de tema, ¿qué beneficios que le trae a la provincia haber pasado a integrar la red de GWC?

- El tema de las GWC está más relacionado con el turismo del vino. Sin embargo es un proceso que está en desarrollo y nosotros tenemos que repensar y fortificar.
Obviamente que para Mendoza, estar al lado de capitales como Florencia o como Porto, la pone en una lista de elite, que excede lo vitivinícola. Pero a Mendoza le hace falta una gran cantidad de trabajo y de desarrollo, porque está recién en una etapa de embrión para ser al menos lo que se dice que tiene que ser.

- ¿Cómo es la relación hoy entre la UVA y Bodegas Argentinas?

- Las relaciones gremiales son siempre complejas. Venimos de distintos sectores y de distintas filosofías. Pero este proceso, o esas distancia que en algún momento existieron se van acortando y mejorando fuertemente a partir de que si el interés de la vitivinicultura es uno solo, obviamente hay diversos orígenes y diferentes modalidades y visiones de la misma cosa. Pero si estamos sentados en la misma mesa, sobre un mismo plan estratégico y sobre objetivos comunes, las diferencias tienden a ser en muchos casos de percepción o de enfoque, o de origen, incluso hasta de distintos intereses genuinos, pero no de intereses sustanciales.

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