Alejandro Castro Santander

"Hay que renunciar al egoísmo y educar integralmente"

Autor de "Un corazón descuidado. Sociedad, familia y violencia en la escuela".

Comenzaron las clases y es evidente que ya no solamente los docentes requieren de herramientas para llevar adelante su tarea: los padres, los niños, los directivos, los periodistas, todos, las necesitamos.

Hay un especialista en Mendoza que ya trascendió las fronteras provinciales y que se ha transformado en un referente nacional en temas de violencia escolar. Se llama Alejandro Castro Santander y  es psicopedagogo institucional, investigador y escritor.

Tiene sobre sus hombros –luego de que reflejara sus investigaciones en libros tales como “Desaprender la violencia” y "Analfabetismo emocional"- la tarea de coordinar el Observatorio de la Convivencia Escolar (UCA, Argentina), es integrante de la Cátedra UNESCO Juventud, Educación y sociedad (UCB, Brasil) y miembro del Observatorio Internacional de la Violencia Escolar (de la Universidad Bordeaux 2, Francia).

Ahora, se encuentra en la etapa de parición de su nuevo libro: “Un corazón descuidado. Sociedad, familia y violencia en la escuela”. Allí, aborda lo inasible en un aula, lo intangible que inunda el ambiente violento. Y aquí nos lo cuenta.

- ¿Cuál es la idea de hablar del corazón, de los sentimientos, en su nuevo libro sobre la violencia en la escuela?

D

espués de haber escrito en distintos libros sobre el fenómeno de la violencia, me pareció imprescindible detenerme en el lugar de los adultos en el “aprendizaje” de las conductas violentas, que no observamos sólo en las escuelas, sino en los distintos ámbitos de encuentro de los chicos. ¿Es solamente “descontrol juvenil”, o también ausencia de adultos que eduquen la afectividad junto a los límites que deben respetarse para crecer en armonía con uno mismo y los demás?

Decía Maathai premio Nobel de la Paz en el 2004: “Mientras exista gente que esté mal, nadie puede estar seguro”, y esta alerta es muy legítima para la nueva modernidad marcada por la inseguridad que provoca tanto miedo al otro. Estos “desencuentros” tienen su origen en el tipo de relaciones que exteriorizamos los adultos y que los niños, desgraciadamente, “aprenden” tan bien.

Presenciamos un evidente déficit en la capacidad para estar bien con los demás en todos los ámbitos, sean sociales, políticos o de la cultura del espectáculo, y la violencia continúa apareciendo como el único recurso del analfabeto emocional, del incompetente social.

- ¿De qué manera influye la familia en que se produzca violencia en el ámbito educativo?

Virginia Satir decía que la sociedad es la familia global, por eso dediqué un espacio importante para analizar las nuevas formas de relacionarnos en ámbitos más amplios, como la ciudad, ya que saliendo de la intimidad de la casa, el niño, el joven, el adulto manifiestan conductas, que aunque estén más controladas por el contexto social, terminan revelando los estilos de una convivencia, que por lo general permanece invisible, oculta por algo más que cuatro paredes: la naturalización, el miedo, el silencio de la sociedad y la ausencia de políticas más comprometidas con los débiles.

Por lo general son los padres los que marcan el camino que seguirán luego los hijos en la niñez, la juventud, etc. Su mayor responsabilidad es en la educación de la afectividad, y si el niño aprende que la violencia es la forma de resolver rápidamente las dificultades o de desatar los conflictos, es lo que utilizará en todos los ámbitos de convivencia, incluida la escuela. Si no nos gusta lo que está sucediendo con la “familia global”, sea en plazas, en las oficinas, en los boliches o los espectáculos masivos, debemos trabajar con más responsabilidad sobre esa pequeña escuela que es la familia.

- Hay autores que señalan que el camino ineludible de la educación es animarse a abandonar los programas clásicos y avanzar en la educación emocional. ¿Coincide con este planteo?

Ya en el libro “Analfabetismo emocional” (2005), me sumaba a la prédica mundial por la necesidad de una Educación Emocional, porque si bien, siempre que hablamos de educación integral hacemos referencia a la cabeza y al corazón, en realidad la educación de las emociones humanas ha estado ausente del currículum escolar, y hoy creemos que también del currículum familiar.

El mensaje en la educación formal ha sido: “a la escuela se entra con la cabeza, pero el corazón debe quedar afuera”, y esto no se discutía porque se suponía que la familia era la más idónea en la formación de la afectividad, pero en las últimas décadas la familia también comenzó a descuidar esta dimensión, y es así que hoy encontramos un preocupante incremento en las enfermedades “del alma”. Reconocer que la primera causa de muerte violenta en el mundo corresponde a la violencia contra uno mismo: el suicidio, evidencia un gran vacío en el interior de las personas y hace evidente el desarrollo de una era de la melancolía, producto en la mayoría de los casos de tanta negligencia por la dimensión afectiva.

También en la educación formal vamos contra corriente, cuando la mayoría de los estudios expresan que el mundo del trabajo pide competencias relativas en un 80% a las habilidades emocionales (personales y sociales), solo nos queda decir que la realidad pasa por un lado y las políticas educativas, como las paralelas, no la tocan.

- ¿Cree que la tecnología ha suplantado o remplazado niveles de emoción que antes se compartían en el seno familiar y también en la escuela?

Las nuevas tecnologías que deberían favorecer las interrelaciones, en muchos casos han potenciado el desencuentro, y esto porque el hombre se encarga de usar mal los bienes que deberían colaborar para hacer la vida más sencilla, práctica… y feliz.

Ya desde mediados del siglo XX todos los pensadores alertaban sobre la incomunicación en la era de la comunicación, y hoy este fenómeno ha alcanzado una magnitud alarmante. En estos momentos observamos a chicos que no están acostumbrados a dialogar cara a cara y su única comunicación es a través de una pantalla. Ni hablar de ser capaz de leer el lenguaje del cuerpo, ponerse en el lugar del otro, etc.,  que ya se están convirtiendo en destrezas del pasado.
El atractivo que despiertan están tecnologías para nuestros hijos es extraordinaria y con ellas se sienten protagonistas de una comunicación seductora. Las redes sociales forman parte del juego y con ellas han descubierto una peligrosa continuidad entre lo real y lo virtual cuyas consecuencias no saben calcular. Tampoco han tenido a nadie que les oriente, enseñe, dirija o eduque. Cuando cada semana comprobamos que casi 8.000 personas se registran en estas redes, que Facebook con 175 millones de usuarios está a punto de alcanzar a MySpace que ya cuenta con 200 millones, el problema no está en las redes sino en muchos adultos (padres, docentes, funcionarios) que estamos, literalmente, fuera de juego.

Las “nuevas pantallas”, deben estar al servicio del hombre, y para eso debemos formar a los nuevos usuarios de estas tecnologías para que no crezcan solo como “nativos digitales” o “ciber-ciudadanos” que conviven muy bien (y peligrosamente) en la virtualidad, sino como miembros de una sociedad con personas reales, de carne y hueso, que necesitan del otro para desarrollarse.

- ¿Cuáles son los caminos para empezar de nuevo o, al menos, torcer el rumbo actual de lo que pasa en las aulas?

No me quedaría con lo que sucede hoy solo en las aulas, sino en la sociedad actual. Cada vez somos más los que insistimos en que la respuesta a la inseguridad urbana y a las nuevas enfermedades del alma, sean estas personales o sociales, debe ser educativa. Cuando hablamos de educación hacemos referencia a las familias, las escuelas, los medios de comunicación, las iglesias, las políticas públicas, etc., y si no nos gusta el rumbo actual de la sociedad en general y de las escuelas en particular, juntos debemos buscar nuevos caminos. Si continuamos haciendo lo mismo llegamos a los mismos resultados.

El modelo está agotado y aunque agoniza, nos encargamos para que “artificialmente” continúe caminando entre los vivos. Alumnos desmotivados en las aulas o ausentes de ellas; padres que ya no confían en la escuela, ni por lo que enseña, ni por la seguridad personal de su hijo; docentes desmotivados que han perdido el fuego de su misión y, políticas públicas que generan discursos hipócritas que mencionan el valor de la educación, pero en la práctica no ofrecen, ni ideas transformadoras ni recursos materiales y humanos para una educación de calidad. Derek Box decía: “Si la educación le parece cara pruebe con la ignorancia”, y ya son muchos los gobiernos que parece han elegido la última opción.

Insisto, la respuesta es educativa, pero si bien significa una alta responsabilidad de todos, cada uno tiene su responsabilidad como padre, docente, comunicador, político, etc., y debemos ponernos de acuerdo: primero, si estamos convencidos en la urgencia de un cambio profundo, no en detalles; segundo, si consideramos que ese cambio debe surgir a partir de nuevas generaciones formadas en nuevos valores personales y ciudadanos, y tercero si somos capaces de renunciar al egoísmo que caracterizó las últimas décadas y generosamente apostamos por una educación integral, de calidad, que promueva en lo personal y social efectivamente a todos.

- ¿Qué pautas marca su nuevo libro en este sentido?

En general el libro diagnostica, hace visible mucho de los que nos pasa, pero también ilumina algunos caminos para que cada vez seamos más los que nos sumemos a caminarlos. La urgencia de trabajar en la nueva capacitación docente, que no se resulve con un año más de formación, sino con programas pertinentes a la nueva persona, al nuevo ciudadano que queremos. Los directivos y docentes necesitan de otras competencias para gestionar el nuevo clima social que se les presenta, y para eso se necesita que las políticas vean a la convivencia como un nuevo indicador de la calidad.

Me gusta también insistir acerca de que las escuelas deben ir encaminándose a la generación, ya no solo de un proyecto institucional, sino de un Proyecto Educativo Familiar y Escolar. ¿Cómo hacemos los adultos para ponernos de acuerdo y elaborar un proyecto que integre el “currículum” escolar y el familiar?  ¿Seremos capaces de volver a confiar mutuamente escuela-familia, y recordar que el guión que las separa representa a muchos chicos que también quieren -aunque todavía no lo vean claro- otra sociedad?

- ¿Cree que es oportuno el inicio de clases para repensar cómo se está viviendo el tiempo que comparten chicos, docentes y padres en la escuela?

Repensar el clima social escolar, cómo nos relacionamos, debe ser motivo de reflexión permanente. El proceso educativo es pura comunicación, interrelación, y si no evaluamos, reflexionamos y trabajamos por mejorar el ambiente donde se debe producir el “hecho educativo”, el docente no puede enseñar y el alumno no desea o no puede aprender.

Afortunadamente en los últimos años muchas escuelas han entendido que además de revisar sus Proyecto Educativos y Curriculares, deben dedicarle un lugar prioritario a la reflexión de lo que está sucediendo en la convivencia.

- ¿De qué manera se puede arrancar?

La respuesta a un fenómeno complejo como es la violencia es también complejo y como ya dijimos, la mejor estrategia –aunque de largo plazo- es la educativa:

-Analizar y trabajar por la organización de la escuela, la gestión de la convivencia, la elaboración dedicada de las normas que deben respetar todos los miembros de la comunidad educativa. Sin orden y disciplina, no hay ambiente educativo.

-Incorporar el currículum para una buena convivencia. De nada sirve la educación sexual, vial, para la cultura tributaria, para la protección del ambiente, etc., si el otro no me importa. Si trabajo la competencia social desde el nivel inicial, luego podré hablar en el secundario de formar al nuevo ciudadano, responsable y comprometido con su país y el mundo.

- Pero necesitamos a los mejores docentes, porque sino no habrá educación de calidad. ¿Hoy las políticas públicas buscan y capacitan para que nuestra educación tenga a los mejores docentes? ¿Se trabaja para que las condiciones de trabajo de los docentes y de estudio de los chicos sean las mejores? Es una gran deuda que ya no resiste la hipocresía de los discursos.

Incorporar el corazón en la educación, no es más que responder a lo que ya manifestaba el Informe Delors sobre el “aprender a ser y a estar con los demás”. Sería una gran señal para los que aun creemos en la escuela y la familia.

Opiniones (2)
19 de enero de 2018 | 21:36
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19 de enero de 2018 | 21:36
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  1. Que mal que vamos los adultos!!! Egoistas y suicidas, porque si enfermamos a los chicos perdemos todos. Muy bueno!!!
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  2. Si salimos de nuestra postura siempre defensiva, la nota es dura. Los adultos terminamos de aruinar a la juventud y nos quejamos de ella. Al fin de cuentas construimos con los chicos el futuro hay vivimos... y que nos espera. Muy buena entrevista para seguir pensando!!!
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