¿Vox populi, vox dei?

"Yo ya nací católica apostólica geográfica sin elegir, como tantos otros. La religión nunca fue en mi familia tema de conversación ni programa de los domingos".

Me ha sorprendido mucho el enojo que ha causado a algunos lectores la publicación del ensayo El ateísmo, de Luis Triviño, y me ha sorprendido más aún el enojo al cuadrado que a estos mismos lectores les han causado los otros lectores, los que escribieron comentarios elogiosos sobre Triviño o sobre la publicación de su ensayo.

Yo ya nací católica apostólica geográfica sin elegir, como tantos otros. La religión nunca fue en mi familia tema de conversación ni programa de los domingos. Me bautizaron con este nombre que tengo, fui a una escuela primaria pública, una amiga de mi abuela me preparó para hacer la primera comunión con toda la convicción que pude juntar a los nueve años, a los trece fui a un colegio religioso y me saqué un uno por no saber definir cuaresma, y a los quince tuve que confirmarle no me acuerdo qué a monseñor. Participé de cinco retiros espirituales obligatorios, uno por cada año del ciclo de Perito Mercantil. A los retiros me iba contrarezando, esto es, pidiéndole a Dios por favor que no me hiciera escuchar “el llamado” que las monjas querían que las niñas escucháramos; y de los retiros volvía sin haber escuchado nada sobrenatural pero sintiéndome más mala que Hannibal Lecter aunque sin crímenes concretos que lo justificaran. Desde que salí del colegio, no fui más a misa. Me casé por la iglesia pero me negué a vestirme de blanco y un amigo me comentó que entré y salí casi corriendo. Y así de rápido me divorcié. Ahora los que me conocen deben estar moviendo la cabeza (por la razón y con la expresión que sea) y los que no me conocen deben estar preguntándose “¿qué me calientan las tribulaciones sacramentales de esta mina?”. Aunque caiga horrible, superficial, poco glamorosa y hasta hereje, ésta es la verdadera historia de mis trámites religiosos y tengo que contarla (¿o debería decir confesarla?) para que se sepa de dónde sale lo que sigue. No, mentira, aunque sea estrictamente personal, como la de todos, la cuento porque tengo ganas.

Gran parte de mi poca onda religiosa puedo explicarla por el lado de mis incredulidades y disgustos más sencillos: no puedo creer que una persona buena necesite de cierto ceremonial para irse al cielo (si es que el cielo existe) ni que una persona mala se salve (si es que existe el infierno) por pedir perdón a tiempo al cura que le unta algo. Tampoco creo que sea correcto estar especulando con premios y castigos para hacer lo que está bien y no hacer lo que está mal. No creo que haya que actuar bien porque Dios me está mirando, y me parece de cuarta echarle mi culpa al Diablo que me está tentando. No me gusta esa burocrática y arbitraria penitencia de no comer carne los viernes, no me gusta discriminar a las mentiras en blancas y negras, no me gusta el escalafón de pecados veniales y capitales, no me gusta que haya padres en sotana pero no pueda haber madres, no me gusta susurrarle mis bajezas a un tribunal sin rostro sentado en una caja de madera, no me gusta pagar daños con avemarías y padrenuestros ni amortizar mis deudas de conciencia con donaciones, no me gusta que haya un limbo milenario y que de repente una comisión teológica lo clausure de un firmazo, no me gusta que se puedan cambiar buenas obras por menos días en el purgatorio, no me gusta que haya un purgatorio que es como una cola que da la vuelta a la manzana y se pierde entre las nubes (no sé si el purgatorio todavía existe y ahora que lo pienso no estoy segura si es lo mismo que el limbo y ni siquiera sé si el limbo era sólo para niños y el purgatorio para adultos, y no sé qué pasó con las almas de los niños que estaban en el limbo antes de su clausura: soy muy ignorante en lo que a zonificación celestial se refiere). Me parece que hace falta más fe para creer en todas estas cosas que para creer en Dios.

Pero en fin, tanta huecura mía (la palabra es oquedad -¡sí, sin h!- pero uso huecura porque suena más hueca) no implica que mi desorientado espíritu haya estado en pausa. Al contrario. He pensado mucho como todo el mundo. Aunque mi religiosidad es panda y topa en la realidad -para resumir en menduco-, trato de hacer lo que está bien según mi conciencia y me arrepiento mucho cuando hago algo malo. No he bautizado a mi hija y me niego a amenazarla con un monstruo subterráneo y a coimearla con la promesa de un tratamiento vip postmortem. Le digo que hay que hacer el bien porque es lo que corresponde a un buen ser humano y punto. Le enseño que tiene que preguntarse siempre si lo que va a hacer perjudica a alguien y si lo que va a hacer es justo. Le aviso que cuando no nos preguntamos esto a diario y aprovechamos para hacer cualquier cosa que no esté expresamente “prohibida” en algún texto, perdemos el buen rumbo. Pero ésta es sólo mi opinión y ya se está pareciendo a un sermón. Vuelvo al polémico ensayo.

Todavía no leo el libro de Luis Triviño (pero lo haré) y no sé si soy escéptica, agnóstica o teísta laica. Lo que se dice devota devota, seguro que no, y por cierto soy demasiado cobarde para declararme atea. De vez en cuando me pesco rogando por algo que deseo, o mirando al cielo en busca de ayuda, o pidiendo un milagro a un santo. Y muchas veces doy gracias ¿a Dios, al Destino, a la Suerte, al Diseñador Inteligente? No sé. Me encantaría pertenecer a una categoría y mostrarla como un carné, pero no puedo: desconfío de las clasificaciones, las instituciones, los clubes, las asociaciones, los partidos políticos, los equipos deportivos, los ejércitos, los gimnasios, la moda y hasta las peluquerías… En general, desconfío de todas las agrupaciones en que los integrantes son invitados a pensar o a hacer lo mismo o a comportarse de determinada manera. Quizás por eso, lo que menos me gusta de la religión son sus certezas colectivas, esas ideas que todos deben compartir, ese convencimiento epidémico de que los otros están equivocados y condenados, esa intolerancia para con los que dudan, ese enojo con los que no creen, esa rabia que tantas veces ha terminado en persecución o en guerra y, paradójicamente, en persecución o en guerra en nombre de Dios.

El señor Luis Triviño tiene el mismo derecho a escribir su ensayo El ateísmo que el señor Tomás de Aquino a escribir su Suma Teológica. Y los lectores enojados o elogiosos con el ensayo del señor Triviño tienen todo el derecho a mandar sus comentarios. Y yo tengo derecho a hacer una crítica a los comentarios de algunos lectores enojados: una cosa es no estar de acuerdo con Triviño y así indicarlo (preferentemente con buenas razones o por lo menos con razones razonables) y otra cosa es insultarlo desde el confortable anonimato del tomatazo virtual. “Eso -dirían las monjitas de mi escuela- no es cristiano”, y por si acaso no quedara claro, lo ilustrarían con la preinternética expresión “tirar la piedra y esconder la mano”.

Un libro, sobre el tema que sea, debería ser siempre bienvenido. Un libro significa que alguien tuvo la curiosidad y el interés necesarios para indagar sobre algo, significa que un ser humano se tomó el tiempo y el trabajo de escribirlo. Los que quieren pueden leerlo y los que no, no. Pero los que deciden leer un ensayo sobre el ateísmo deberían discutir sobre la calidad del ensayo como tal y no sobre si Dios existe o no existe. Es poco probable que los que creen en Dios y los que no creen en Dios se pongan de acuerdo sobre la existencia de lo que es objeto de fe para unos y objeto imaginario para otros. Pero ambos pueden tolerarse y respetarse.

Me parece que por el momento y por los siglos de los siglos, tendremos que conformarnos con dos respuestas posibles a la antigua discusión sobre la existencia de Dios en el muy actual y cuyano marco de la publicación de Luis Triviño: a) si Dios no existe, Triviño tiene razón pero no va a poder probarlo; y b) si Dios existe, seguramente no necesita que los lectores de MDZ Online lo defiendan del ensayo de Triviño: ya le ajustará cuentas Dios mismo al atrevido antropólogo, como amenazó un lector enojado (quien desgraciadamente tampoco podrá darse el gusto de presenciar el ejemplar castigo).

Si el pueblo se empeña en convertirse en portavoz de Dios, sólo estará contribuyendo a probar la verdad de uno de los asertos de Luis Triviño: el autoritarismo religioso. La voz del pueblo no es la voz de Dios. ¿O sí? Ojo, que si se responde a esta pregunta que sí (o “voto no negativo”, como diría Cobos en vez de “sí”), si se sostiene que la voz del pueblo es la voz de Dios, podría eventualmente comprobarse que Luis Triviño también es parte del pueblo, y ergo deducirse que su voz…¡Oh no! ¡Las consecuencias lógico-religiosas serían devastadoras!
Opiniones (6)
17 de enero de 2018 | 16:01
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ERROR
17 de enero de 2018 | 16:01
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. Dificil hablar de religion sin ofender, comparto bastante de tus ideas y sentimientos. En mi caso, mis padres no nos inculcaron religion alguna, pensaban que en todo caso nosotros elijieramos mas adelante Todavia no elijo ninguna y no creo que elija. No fue facil llevar esta situacion adelante cuando era chico, pero bueno eso es una etapa superada. Tambien me pasa de agradecerle y pedirle cosas a Dios. Que tengas mucha suerte. Manuel del campo
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  2. Me parece que va siendo hora de cambiar el lema que ampara los foros de este diario ya que en verdad si realmente sólo el lector es responsable de sus comentarios y no el diario, entonces ¿para qué hacerles un filtro a los comentarios? ¿Acaso quién dice que los que ustedes finalmente deciden publicar son los mejores? ¿Y cuándo dijeron cuáles eran los criterios con los que evaluaban/moderaban (censuraban, diría yo) los comentarios?
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  3. tu nota. Comparto 100% lo que decís, aunque yo me declaro abiertamente DEÍSTA.
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  4. Muy buena la nota, me gusto mucho. También el comentario de pedro zalazar donde dice: %u201CComo mínima diferencia, diría que no me preocupan los juicios externos, sino el juicio interno que parte de mi propia conciencia.%u201D Esta cita, que también es aplicable a la autora de la nota y a gustavoh, demarca que sos un tipo honesto y sincero en tus creencias, lo que habla bien de vos. Saludos.
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  5. LA LIBERTAD DE ELEGIR...
    Tanto la autora de la nota como el comentario de gustavoh, parten del respeto a la libertad de elegir del ser humano. Este valor inserto en algunas religiones y también en los no religiosos, es lo que permite ejercer otros valores como el respeto por los demás, la tolerancia, la solidaridad, la ética y la moral. Es destacable la nota porque reacciona ante la violencia de quienes piensan distinto a Luís Triviño y también valorable la forma en que mantiene su fe gustavoh, que es a través de los valores y no del dogma, porque al final de la historia y más allá de las modas y modismos, el ser humano termina siendo valorado por lo que fue y no por lo que aparentó. Como mínima diferencia, diría que no me preocupan los juicios externos, sino el juicio interno que parte de mi propia conciencia. Como dice el dicho: "Ser bueno es fácil, lo díficil es ser justo".
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  6. Yo también nací católico geográfico. La diferencia es que yo mismo hice la primera comunión (de grande, y por elección) y comencé a practicar la religión sin la mochila de una "educación religiosa" de chico. Te felicito por el artículo, creo que sos más cristiana que muchos que van a Misa, y me alegro que haya cambiado mucho la "educación" religiosa que tuviste que soportar. Educación deformante que es la culpable de muchos odios, rencores, y "anticatolicismos" originados en ella (si, culpo a los curas y monjas de esa época, o tal vez a la época, donde las ideologías y fanatismos ideológicos sectarios eran parte de la vida, no solo religiosa). Ser cristiano, católico por caso, tiene más que ver con lo que relatás como tu forma de pensar que con una cierta "burocracia espiritual". "Seremos juzgados por el amor" dice el Evangelio, y a eso me sostengo como náufrago en el agua. Un cordial saludo.
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