¿Ciudad oasis? ¿Dónde?

Parece que este concepto que alguna vez fue propio de nuestra ciudad, hoy es una utopía sin remedio.

Vivo en un barrio pegado a la ciudad capital, el Barrio Barraquero, un barrio que en un tiempo no muy lejano disfrutó de un zanjón por donde corría el agua clara; el Tajamar a cielo abierto; donde los sauces llorones mojaban sus ramas y los pájaros se deleitaban.

Hace días que me despierto con el repiquetear de las sierras eléctricas, de las que venden en todos los supermercados.

Es una cuadrilla de al menos diez hombres pertenecientes a la Municipalidad de Godoy Cruz acompañados por un ingeniero, que brilla por su ausencia, los que sistemáticamente año a año se proponen, y admito que  lo logran; destruir nuestros árboles.



Alertada por el destrozo que estaban haciendo, llame a la Municipalidad. Cuando logré comunicarme, específicamente con arbolado público, para pedir que revean esta situación, me trataron de ignorante y apelando  a que el arbolado publico es propiedad de la Municipalidad, me dijeron que ellos podían hacer con el árbol lo que quisieran y que los vecinos no teníamos injerencia sobre el tema. Que a nuestro pedido,  y como concesión especial, el árbol de la puerta de mi casa no iba a ser mutilado.

¿Yo me pregunto si el arbolado público no es de la comunidad toda? ¿Quién disfruta de su sombra en verano? Quién lo riega para mantenerlo vivo?

Otra de las razones que adujo el ingeniero que me atendió, fue  que él personalmente recorrió el mundo, pareciendo que esto es  fuente de sabiduría instantánea. Yo me pregunto, ¿este señor habrá paseado por Champs Elysées? ¿Habrá visitado el borde del Central Park? ¿Habrá caminado por la Toscana, o simplemente paseado por nuestros carriles rurales donde los arboles forman un túnel verde cada verano?  Admito, no recorrí mucho mundo pero dudo que tal masacre sea lícita  al menos a los ojos de los humildes vecinos de Godoy Cruz.

Pido encarecidamente al gobierno nacional que cierre la importación de sierras eléctricas, al cielo que se rompan todas las que se vendieron en  Mendoza y a la Divinidad que nadie pueda  repararlas, porque cuando pasaban podando por mi barrio con una simple tijera y un serrucho, la poda era a conciencia. Los municipales que hacian el trabajo eran verdaderos podadores o jardineros; que no tenían la necesidad de ocultarse detrás de la figura del ingeniero, y las ramas que caían eran pocas, contadas con los dedos de las manos.

 Hoy nuestros árboles poseen formas monstruosas que convierten nuestra ciudad en un bosque encantado, donde pareciera que en cualquier momento va a  aparecer de entre los palos retorcidos un hechicero con una sierra eléctrica para saciar su sed de sangre.

Mi conciencia está tranquila. Año a año uno esfuerzos con mi familia para salvar de la mutilación al árbol que da sombra en la puerta de mi casa. Esto a costa de descréditos y risas de parte de la “cuadrilla”, pero nunca de agua corriendo por la acequia.

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20 de agosto de 2017 | 20:08
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