Mendoza atrasa

"Seré curioso señor ministro,
                           ¿de qué se ríe?"
                                                   Mario Benedetti

Una advertencia inicial. Si usted no es mendocino o residente en la provincia, siga haciendo lo que estaba haciendo. Salga a caminar como todas las mañanas, bañe al perro, tómese ese café antes de que se le enfríe, arregle la cita con su amante. En fin, algo útil. O si prefiere, lea este textículo como un divertimento efímero en su vida y luego, olvídelo. Hecha la aclaración, ahora sí, pasen y huelan.

La ceremonia se llevó a cabo (como dicen los periodistas antiguos, que también atrasan) en la entrada de una mina abandonada, La Oscura, llamada así por obvias razones. Pero sé lo que allí pasó porque esa noche la luna, hermana milenaria de los pueblos antiguos, estuvo para contármelo.

Había que ungir al próximo gerente de la Empresa. Y esta vez los postulantes eran varios. Todos, o casi, ya eran funcionarios jerarquizados. Se los presento.

El Dr. Panza, viejo bebedor de vinos berretas; Don Ramón, el propietario del minimercado del barrio La Desfavorable; El Enano Fotoshop, conocido en la Empresa por despilfarrar guita en publicidad. Una especie de eyaculador precoz de la propaganda; el Eterno, participante consuetudinario, perdedor infatigable, pero el único que brilló a la luz de la luna (su calvicie prematura le ayudó esa noche, era un foco encendido iluminando el socavón); y, finalmente, él, el Dr. Gernos, personaje de perfil bajo, peinado con jopo (otra antigüedad), pulcro, impoluto, sagaz, zorruno.

La competencia para dirimir (y dale con el léxico decimonónico) el cargo consistió en cagar. Sí, en cagar a campo descubierto. La decisión la tomaron los Jefes, estacionados a mil metros, en un camión con trailer. Adentro del Ford F-350 (este pago también atrasa en términos de parque automotor, qué se le va a hacer) se desarrollaban dos orgías. Una era tecnológica. Con aparatos dispuestos para calibrar volumen y calidad de la mierda de los candidatos y otros de vigilancia, como es costumbre en estos casos. La otra orgía era convencional. Usted imagine, mi bella dama, pero siempre la realidad, también estos casos, superará su imaginación. Lo sé, la conozco pudorosa y comprometida con el género.

Fiscalizaron el concurso Jeremy Sogas, Charles, el Gladiolito y Andy Rafaelli, tres alcahuetes que se creían periodistas. Todos untados con dólares falsos. Los tres, bufones de las fiestas de la Empresa. Y de las privadas de sus patrones, también.

La cuestión es que, callando y cagando, ganó Gernos. Se le humedecieron los ojos (no se sabe si por el esfuerzo competitivo o por la devota emoción a sus superiores) y recordó, por un instante, sus inicios en aquel pueblito perdido entre otros cerros, en el norte de la infancia.
Olvidé contar que el Dr. Gernos, el cagacandidato ganador, el fecal premiado y ungido, se llama Francisco. Sus compañeritos de la primaria, haciendo gala de la crueldad que caracteriza a los niños, lo apodaron como es costumbre secular. Un verdadero caso de bullying, aunque en esa época todavía se llamaba cargada (una antigüedad más para la colección).

Su foto, su imagen sonriente ante las cámaras, contrastaba (término que esta vez no hace alusión al concurso) con la mejor cara de orto (esta vez sí) de los oponentes, que le cacheteaban los cachetes, en clara demostración de acatamiento, bajo la estricta y aparatosa vigilancia de Daniel, el Horrible, capo mayor. Salvo el Pelado quien, a partir de esa noche, pasó a ser conocido en la comarca como Seguíparticipando.

Me lo contó la luna, eterna hermana de los pueblos de esta ingrata región del globo sapiens, recostada en las espaldas pétreas de la madre montaña. Y así como ella me lo contó, se lo trasmito yo.

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22 de agosto de 2017 | 05:07
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