Los de afuera son de palo

Había que garantizar las propiedades intimidantes de la Bombonera, que ruge y vibra y tiembla y late, pero los de afuera son de palo.

Debía oler a domingo, oler a chori de dudosa procedencia, a la axila rompiente del cocacolero que se abre paso en la tribuna; debía oler a la pólvora del cohete, al "griten putos", olor a nervios, oler como los perros el miedo del visitante, aunque para oler así hubiese que incursionar en el campo rentado del aliento.

Había que garantizar las propiedades intimidantes de la Bombonera, que ruge y vibra y tiembla y late según la espesura de su gente; había que neutralizar la frialdad televisiva del partido para toda la familia, lo que el ambiente llama "el público de Selección", la colonización de la ola en las tribunas, la coreografía del Baila como el Papu.

Había que anticiparse o directamente erradicar la posibilidad de que el equipo no respondiera o tuviera la excusa de no dar respuestas a causa del silencio, ahogar con el fuego del ambiente el eventual murmullo del empate que no cede; había que ir ganando 1 a 0 antes del comienzo del partido.

Cuando la Selección salió al campo de juego, la espera matizada con Los Redondos o Los Piojos o la Voz del Estadio anunciando los pasos del equipo, "salió de la concentración", "llegó al estadio", esas cosas; con la liturgia del trapo ("El templo del fútbol mundial te alienta, el más sintético); con el duelo incipiente frente al grupo más que numeroso de peruanos allá arriba; la Bombonera era la caldera prometida.

La 12 (su sello en las banderas, en la ovación al Pipa Benedetto, en "ya lo veo/ ya lo veo/ esta noche/ alientan los bosteros", en "el que no salta/ se fue a la B" incentivados por la camiseta y los colores de los de enfrente y seguidos por la mayoría de los hinchas), la gente en general, con un despliegue alucinante de cotillón albiceleste y pirotecnia y carteles y globos y garganta, había cumplido hasta allí con su parte del contrato.

Quedaba ver, desde ese mismo instante, qué reacción tendría un equipo argentino cuestionado tal vez con exageración -y entre otras cosas- por cierta fragilidad frente a la tensión y en el nervio, las finales perdidas como bola de nieve, identificada con nombre y apellido en Higuaín, en Agüero, en el propio Di María, en la comparación Messi-Maradona.

Y también qué reacción tendrían los peruanos, atravesados ya la silbatina del precalentamiento y el temblor de los lockers del vestuario por el clima externo; si el mito y esta certeza en sus oídos y en sus cuerpos alcanzaban para hacer mella en su carácter colectivo.

Porque eso era el traslado de escenario. Esa era la necesidad del camino rumbo a Rusia, como si no hubiesen existido el caos dirigencial, los cambios de DT: predestinar el partido con el factor externo.

Y sin embargo no, no sucedió: alcanzaron unos pocos minutos para entender que al menos anoche, y en perspectiva las noches pasadas en estas Eliminatorias, era más importante el mensaje desde adentro que el mensaje desde afuera. No fue una de Halcones y Palomas sino un partido tenso, parejo, de final incierto.

Acaso haya sido condicionante la actitud de la Argentina, que resignó el vértigo habitual de Sampaoli para mostrar (o intentar mostrar) aplomo, dominio paciente, búsqueda estratégica. Pero, salvo el canto constante del centro de las cabeceras -casi un eco lejano-, los hinchas sólo intervinieron en masa y con un grito único y uniforme ante situaciones puntuales, como gestos espásticos al oler peligro.

Al oler peligro y no los choris, no el cocacolero, no la pólvora del cohete, evidencia de que el contagio debía venir del verde césped y de que en definitiva, como decía el Negro Jefe, los de afuera son de palo.

Julio Boccalatte (Télam)