Nuestro cerebro y la mentira

¿Qué pasa en nuestro cerebro cuando mentimos? ¿Se puede hablar de un cerebro mentiroso? ¿Hay señales para saber si me están mintiendo? Leé la nota y contanos tus experiencias.

"¿Y cómo sabes que he dicho mentiras? Las mentiras, hijo mío, se conocen en seguida, porque las hay de dos clases: las mentiras que tienen las piernas cortas, y las que tienen la nariz larga. Las tuyas, por lo visto, son de las que tienen la nariz larga", Pinocho, Carlo Collodi.

No me digan que nunca mintieron, porque es difícil de creer. Todos, bajo alguna circunstancia, hemos recurrido a la mentirita, ¿no?

Y es que la mentira nos acompaña desde nuestros antepasados, los homínidos. Allá lejos y hace tiempo, ellos mentían como un medio de preservarse. Una hipótesis es que la mentira fue favorecida por selección natural para esconder la comida, así los animales dominantes no se la podían robar. Es decir, que mentir comenzó siendo una conducta adaptativa.

Luego, cuando empezamos a vivir en sociedad, se sancionó la mentira, ¿por qué? Porque se supone que si yo vivo en grupo, busco el bien para todos, entonces, no estaría bien visto que yo esconda comida (y engañe, por consiguiente) a mis compañeros.

Así, la moral y la religión se encargaron de prohibir la mentira, señalándola como pecado. El engaño intencional está censurado por todas las culturas.

Es normal que un niño de 3 a 5 años mienta. Porque todavía no distinguen claramente fantasía de realidad, entonces, para ellos, es posible que Pepa Pig los haya visitado, o que hayan visto a los reyes magos dejándoles los regalos. Además, todavía no han adquirido noción de las consecuencias de sus actos. Pero un niño de 5 ó 6 años, ya aprendió que sus conductas tienen efectos, entonces, si hice algo que no debía y sé que me van a castigar...¿qué pasará si cambio un poquito la versión de los hechos?

¿Por qué mentimos?

Como en toda conducta, se combinan causas personales y causas sociales (o culturales). Según Derek Wood, científico de Get Mental Help, las personan mienten: por miedo (para evitar un castigo) o para obtener lo que desean (poder, dinero, sexo). Desde lo social, este autor sostiene que mentimos para controlar las acciones de los otros (para no dañar sentimientos, para aparentar lo que no se es).

Por otro lado, el psicólogo Robert Feldman de la Universidad de Massachusetts (EEUU) justifica que las personas mienten cuando sienten amenazada su autoestima. Según él, hombres y mujeres mienten por igual, pero en general los hombres mienten para sentirse mejor con ellos mismos, mientras que las mujeres tienen tendencia a mentir para que otros se puedan sentir mejor.

Aunque no lo hayamos pensado, el mentir es un acto complejo que implica que muchas áreas cerebrales se activen y entren en contacto entre ellas, es decir que, cuando no decimos la verdad, nuestro cerebro trabaja extra, activando tres regiones: lóbulo frontal, lóbulo temporal (el que está por encima de sus orejas) y el sistema límbico (encargado, entre otras, de regular las emociones).

Seguramente a Ud. le pasó, las primeras mentiras se viven con culpa. Pero como nuestro cerebro es un órgano sumamente plástico, mientras más mentimos, más se adapta a ello, entonces, ya deja de generarnos angustia.

A través de un estudio en el que se sometió a personas a RMN (resonancia magnética nuclear) y se les pidió que mintieran, se vió que el cerebro se va desensibilizando en las personas mentirosas, o sea, que la práctica hace al monje y, mientras más se miente, menos emociones negativas (como culpa, vergüenza, angustia) se experimentan.

Pero la evolución también premió la detección de la mentira. Tenemos una especie de "mecanismo", que puede leer signos en el otro cuando está mintiendo y ayuda a "cazar" a quienes ponen en peligro la vida en grupo. Esto sería como decir que tenemos un entrenamiento innato para detectar señales que indican que el otro nos engaña. Los científicos han descubierto que cuando no decimos la verdad, se dilatan las pupilas, se acelera el ritmo cardíaco (lo que genera mayor impulso sanguíneo y, por lo tanto, enrojecimiento facial) y se evita el contacto ocular.

Obviamente, hay quienes son maestros en el arte de mentir y, desde luego, es imposible suponer que lo están haciendo.

Es necesario que aclaremos que no todas las mentiras son dañinas. Hay veces que mentir es la mejor estrategia para proteger nuestra intimidad de la maldad de los otros. Suele pasar cuando nos llaman por teléfono para ofrecernos algo y negamos ser nosotros.

La "mentira piadosa" (por ejemplo ante un problema médico), también es una excepción, y más si la persona afectada no está en condiciones de recibir la verdad. Solo está justificada en determinadas situaciones y pensando que las consecuencias provocarían un mal mayor. Muchas veces, mentimos también para proteger a nuestros hijos porque sabemos que aún no están en edad de manejar ciertas ideas ("Claro que existe Papá Noel, mi vida!").

También es cierto que existen patologías psíquicas en las que la mentira forma parte de la vida del sujeto, son síntomas nucleares en los trastornos de personalidad antisocial y límite, ludopatía, cleptomanía, adicciones y otros trastornos que requieren tratamiento psicológico y en algunos casos también médico. Pero eso será tema de otras notas.

Así, queridos lectores, la mentira nos acompaña desde que el hombre es hombre y desde que venimos al mundo. Nos guste o no, es parte de nuestras interacciones cotidianas. Y nuestro cerebro está preparado para mentir y para detectar mentiras.

El engaño preparado para embaucar al otro, el que lleva a ignorar los derechos del otro buscando sacar ventaja es dañino, porque viola la base fundamental de la vida en sociedad, que es buscar el bien de todos. Cuando caemos en esa, que el Universo nos ampare, vamos por un camino nefasto. Como dice Alexander Pope: "Con una mentira se puede llegar muy lejos, pero sin esperanzas de volver.